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Por Ricardo Alarcón de Quesada
"Porque no hay nada oculto que no haya de ser
manifestado; ni escondido, que no haya de salir
a luz". (S. Marcos, 4. 22)
No exagera un ápice Tom Crumpacker (*) al
comparar el Plan anexionista de Bush con el Mein
Kampf de Hitler. Son, efectivamente, los únicos
ejemplos disponibles de planes para subyugar a
una nación anunciados públicamente.
Coinciden, además, en su carácter genocida y
racista. En mi anterior artículo sobre este tema
recordaba que el Plan Bush, si fuera realizado,
liquidaría a Cuba, la nación, pero también
esclavizaría a los cubanos hasta el exterminio.
Esa fue la experiencia que sufrieron millones de
personas en los países europeos ocupados por las
hordas hitlerianas.
El bloqueo contra Cuba es, sin duda, un crimen
de genocidio. Ha sido eso desde el primer día y
lo es hoy. A esa definición corresponde
exactamente una política que se propone "causar
hambre y desesperación", como consta en
documentos oficiales de 1959 y 1960 finalmente
desclasificados. El Plan del 2004 y las medidas
adicionales que aprobó Bush el pasado 10 de
julio, tratan de aumentar el sufrimiento de
todos los cubanos. Pero aspiran a ir más allá.
El discípulo de Hitler, como su maestro, no
reconoce fronteras.
El bloqueo, concebido inicialmente y aplicado
así durante casi medio siglo, para afectar
gravemente a Cuba y a todos sus ciudadanos,
quiere desbordarse ahora para caer, como un
látigo, sobre cualquier otro país y sobre
cualquier otro pueblo del Tercer Mundo.
KATRINA PARA TODOS
Entre las nuevas medidas están las que buscan
dañar la colaboración médica cubana con otros
países. Quieren, específicamente, impedir los
servicios que aquí se ofrecen a miles de
pacientes que han sido curados de catarata u
otras afecciones oculares y han recuperado la
visión, o reciben esos beneficios en sus propios
países; tratan de frustrar la formación en Cuba
de miles de jóvenes que estudian Medicina y
otras carreras; y se empeñan igualmente para
sabotear las misiones que nuestros médicos,
técnicos y enfermeros realizan en el exterior.
Bush se imagina capaz de acabar con la Operación
Milagro, con la Brigada Internacionalista Henry
Reeve, con la ELAM (Escuela Latinoamericana de
Medicina).
Desde luego que "del dicho al hecho hay un gran
trecho". O adaptando para la ocasión otro refrán
popular, "una cosa piensa Bush y otra el
bodeguero". Pero, independientemente de que
pueda alcanzarlo o no, está entre las cosas que
él acaba de aprobar, entre las porquerías que
viene de anunciar.
Eso es lo que proclama, en las páginas 31 y 32,
del documento que aprobó el 10 de julio: "negar
toda exportación" relacionada con equipos
médicos que puedan ser usados en "programas
médicos en gran escala para pacientes
extranjeros" o en "instituciones de asistencia
extranjeras".
Tal propósito implica, irónicamente, el
reconocimiento de una realidad cada vez más
difícil de ocultar: el hermoso despliegue del
internacionalismo y la solidaridad humana del
que son testigos millones de personas desde
Paquistán e Indonesia, atravesando África y el
Caribe, hasta los Andes y Centro américa.
Ni el imperio arrogante, ni ninguno de sus
acólitos en otros países capitalistas, pueden
mostrar nada que se parezca, siquiera
remotamente, a ese ejemplo de genuina
cooperación internacional, de verdadera lucha
por la vida y los derechos más elementales de
millones de seres humanos. Ninguno de aquellos
es capaz de hacer lo que esta Isla pequeña,
agredida y hostigada.
Causa indignación que aún haya miles de víctimas
del huracán Katrina en Louisiana, Mississippi y
Alabama reclamando ayuda, no son pocos los que
fueron desplazados y viven como refugiados en su
propio país, muchos los que murieron sin
protección ni asistencia que Bush impidió se las
diera esa misma Brigada Henry Reeve que ahora
quiere destruir, miles los niños desaparecidos y
miles los padres que aún los buscan. Nueva
Orleans y el Katrina quedarán para siempre como
símbolos de la inhumanidad intrínseca al
capitalismo. El "recen y váyanse" de Bush,
resumen de su torpe insensibilidad, lo
perseguirá hasta el infierno.
Que Bush, como Hitler, desprecia a los pobres y
a los negros de Estados Unidos, que le importa
un bledo si mueren abandonados, eso ya se sabe.
Pero ahora sabemos también porque acaba de
reconocerlo abiertamente, que su odio alcanza
también a todos los pobres, a todos los indios,
a todos los negros y mestizos de este mundo.
Urge detenerlo y derrotarlo.
Crumpacker recuerda que cuando el Mein Kampf fue
publicado en 1924, muchos europeos sencillamente
lo ignoraron. Quince años después sobre ellos
cayó su peor tragedia.
La historia no debe repetirse.
La situación ahora es peor. Bush tiene armas que
no conoció su maestro. Cuando elaboró su infame
panfleto, Hitler estaba en prisión. Su pupilo,
anda suelto. No hay tiempo que perder.
13 de julio de 2006 |