Intervención de Hugo Chávez Frías, Presidente de la
República Bolivariana de Venezuela, en la firma de acuerdos
entre los gobiernos de la República de Cuba y la República
Bolivariana de Venezuela, como parte de la Alternativa
Bolivariana para las Américas, efectuada en el salón Sierra
Maestra del hotel Meliá-Santiago. Santiago de Cuba, 22 de
diciembre de 2007, "Año 49 de la Revolución".
(Versiones
Taquigráficas –Consejo de Estado)
Yo no sé ni qué voy a decir, de tantas cosas que quisiera
decir.
Primero que todo, pues, muy buenas tardes; buenas noches,
querido Comandante Raúl, Presidente —¿cómo fue que te dije
anoche?— encargado (Raúl aclara que le dijo otra cosa).
Querido Comandante en Jefe Fidel, desde aquí un saludo a
Fidel que, como decía Carlos Lage, anda por todo esto y
andará siempre por todo esto; demás compañeros, compañeras,
camaradas, amigas y amigos:
En verdad, yo estoy ahora mismo desbordado de sentimientos,
inundado, estoy como inundado, como un embalse así, cuando
está desbordado, y por eso no sé por dónde comenzar a hilar;
pero, primero que todo, muchas gracias, muchas gracias a
Cuba, y en este caso, especialmente, muchas gracias a
Santiago de Cuba. Llegó el día, llegó el día de llegar a
Santiago.
Hacía tiempo que estábamos hablando de venir a Santiago.
Siempre me decía Germán, señor embajador y amigo, aquí y en
Caracas; Fidel me lo dijo varias veces, me lo ha dicho,
Carlos: "Tienes que ir a Santiago, la cuna de la Revolución,
la Ciudad Héroe, y alguien me decía esta mañana allá, cuando
nos bajamos, que yo me aguanté la presión del afecto, y le
dije a Raúl: "Raúl, si no paras el carro, yo me voy a lanzar
por la puerta; me lanzo, yo tengo que caminar aunque sea una
cuadra, una calle, una esquina", al final caminamos unos
metros nada más y la avalancha de pueblo, de gente;
avalancha de amor, porque es amor, es amor, amor del bueno,
como dice la canción. Y me comentaba alguien, algún
compañero me comentaba que el que no viene a Santiago no
conoce a Cuba, expresión profunda, de orgullo, de los
santiagueros y las santiagueras. Y yo recordaba algo que oí
por allá, por el corazón de Persia —Alí, tú debes recordar
cuando fuimos a Isfahan, una bella ciudad al sur de Teherán,
el corazón de esa inmensa nación persa, Irán—, expresión que,
según me explicaron, tiene muchos años, miles de años: "Quien
no conoce a Isfahan" —dicen los persas— "no conoce la mitad
del mundo." Habrá que decir: "Quien no conoce a Santiago de
Cuba, no conoce la mitad del mundo." He conocido hoy la otra
mitad del mundo (Aplausos).
Bueno, Raúl, Carlos, Misael, Yadira, Rolando, Felipe, Marta,
María del Carmen, Alfonso, Germán; señoras, señores del
Partido e instituciones de la provincia de Santiago;
compatriotas, compañeros y compatriotas venezolanos,
Canciller, ministros, ministras, embajadores y demás
compañeros; amigas y amigos; señores de los medios de
comunicación, que transmiten en vivo en todas partes, uno
está hablando cualquier cosa y están transmitiendo, de ahí
que Fidel, que nos anda vigilando... Fidel nos anda
vigilando, él está pendiente de todo lo que pasa y de lo que
no pasa, y llama cada 10 minutos.
Yo estoy, además, muy emocionado al recibir la Réplica del
Machete del Titán de Bronce, Antonio Maceo, y mientras leías
tú esas generosas palabras, más bien poema profundo,
recordaba —porque es pura patria esto, es patria pura— la
generosidad de la presidenta argentina, la presidenta
Cristina Fernández, hace apenas unos días, la víspera de la
toma de posesión en Buenos Aires, cuando firmamos el Banco
del Sur, después de casi 10 años de estar luchando por esa
idea, y, por fin siete presidentes firmamos la creación del
Banco del Sur; también hemos creado el Banco del ALBA.
Ella tomó la palabra, su esposo —el Presidente que entregaba
al día siguiente— le pide que hable, y ella, en unas muy
generosas palabras, que encendieron unas luces en
Washington, porque el imperio venía jugando, muy
inteligentemente, a que con el cambio de gobierno en Buenos
Aires iba a comenzar un distanciamiento entre Caracas y
Buenos Aires; pero cuando oyen a la Presidenta electa,
apenas a unas horas de asumir, decir lo que dijo, de manera
tan generosa, tan firme, tan clara, cuando refiriéndose a
este soldado, que es lo que yo soy, dijo: "Usted, presidente
Chávez" —algo así dijo—, "es un soldado, es un patriota"...
Y en verdad, Cristina Fernández tiene razón, yo lo que soy
es un soldado patriota, de las huestes de Antonio Maceo, de
Simón Bolívar, de esos grandes titanes, de oro, de bronce,
de granito, de Miranda, de Sucre, ellos son.
Soldado me siento, decía esta mañana, y en verdad lo siento,
no crean que es búsqueda de retórica para adornar una
palabra o una respuesta a alguien, no. Yo veía la Sierra
Maestra, le dije a Nicolás, veníamos aterrizando: "Nicolás,
¡mira la Sierra Maestra!" Y uno hubiese querido ser soldado
raso de la Sierra Maestra, de las tropas de Fidel Castro, de
la guerrilla revolucionaria de Fidel (Aplausos).
Ahora me entregan ustedes la Réplica del Machete de Antonio
Maceo, y cuando tú leías recordaba yo a Cristina Fernández y
recordaba lo que soy, yendo a mis raíces, como nos
recomienda siempre Martí; siempre las raíces. Seamos
radicales, porque siempre debemos estar ahí, en nuestras
raíces y volver sobre ellas. Y esa es quizás mi raíz
existencial esencial, soy un soldado patriota.
Recordaba a Cristina y recordaba a otro soldado, del cual
ahora casi no hablo, quizás por las dinámicas en las que uno
entra; pero durante muchos años hablé de él, convertido en
poesía, y fue instrumento de batalla revolucionaria en los
cuarteles de Venezuela.
Anoche, Felipe, después de la cena allá en Cienfuegos,
después del bufé —como tú bien corregiste— y aquellas
conversaciones tan bonitas en aquel balcón, fresco, mirando
la bahía; después de la jornada de ayer, dura, hermosa;
después de la refinería Petrocaribe, Felipe, cuando nos
vamos despidiendo, entramos al salón donde estaba lo bueno,
y yo me quejé y dije: Bueno, Raúl nos tenía allá en un
balcón, pero mirando la luna y mirando todo; pero aquí
estaba la música y estaba cantando Omara, y Omara me invita,
yo voy a darle un beso a Omara, cómo no le voy a dar un beso
yo. Estábamos en el balcón y se oía, y yo digo: "¿Quién
canta? ¿Es en vivo?" Y me dice Raúl algo impresionante: "Esa
mujer tiene no sé cuántos años." No digamos los años.
(Raúl
expresa que fue elogiándola por la voz tan bonita que tiene.)
Claro, pero por eso, elogiándola; tiene no sé cuántos años
pero oye la voz, una voz de muchacha. Después llegué hasta
allá, donde estaba el conjunto, y ella me invita a cantar y
yo canto muy mal, Fidel canta mejor que yo (Risas). Fidel
canta mejor que yo, yo lo que hago es hacer bulla. Pero ella
me dice: "No, yo a usted lo he oído, ¿qué cantamos?" Y me
puso a cantar, cantamos una canción de amor ahí.
Luego Felipe se me acerca, ya cuando me despedía, y me dice:
"Oye, declama Maisanta." Como Maisanta es un poema muy largo
y ahí estaban bailando, y había como otro ambiente, así lo
percibí, le dije: "Felipe, otro día, porque es largo ese
poema y la gente seguramente quiere seguir bailando y
disfrutando, mejor uno se va."
Me dio pena, porque Felipe me ha oído y ha vibrado con ese
poema que uno carga por dentro, y durante muchos años, en
alguna época, incluso, mis compañeros en el ejército me
decían Maisanta, hasta los superiores, y no había fiesta en
un cuartel donde yo estuviera en que no terminara declamando
el poema que escribió Andrés Eloy Blanco, otro gran poeta
venezolano. Le escribió a mi abuelo ese poema, uno corrido
de caballería. Yo no lo voy a declamar completo aquí, no;
pero se lo dedico a Felipe Pérez Roque, que anoche me lo
solicitaba, y le dedico uno o dos versos nada más al Titán
de Bronce, Antonio Maceo, y a su machete libertario, y a
Santiago de Cuba, a las santiagueras, a los santiagueros (Aplausos),
porque fueron los últimos hombres de a caballo. Así se llama
una novela escrita sobre la vida de mi abuelo, por un digno
barinés, llanero, de Barinas, de mi tierra chica —que murió
hace poco, por cierto, y no pude ir a despedirlo físicamente;
yo lo quise mucho y lo querré mucho siempre—, que era médico,
de esos médicos que no les cobraban a los pobres, Raúl. Un
día me enteré: Hay un médico aquí en Barinas que no les
cobra a los pobres; y quise conocerlo, yo era subteniente, y
fui a conocer al doctor José León Tapia, médico, pero
hurgador de la historia y de las conciencias. Escribió
muchos libros, novelas, producto de sus investigaciones
históricas, de lo que él llamaba la historia popular, la que
se consigue allá en los caminos, allá en los campos, en la
memoria del pueblo; él recogió la memoria del pueblo y
escribió, entre otros, aquel hermoso libro Por aquí pasó
Zamora, y el otro Maisanta, el último hombre a
caballo.
Pero en alguna ocasión, pensando y pensando y dándome cuenta
de la historia, debo decirte, Raúl, que yo cuando niño tenía
como un complejo; porque una vez oí, detrás de la pared de
caña brava de la cocina grande de la bisabuela Martha Frías,
que en paz descanse, a Martha Frías regañando a mi madre —éramos
niños de andar jugando con un caballito de palo, corriendo
por allá, o tumbando mangos y mamones en el patio de los
rastrojos, allá, al sur de Venezuela, entre los montes donde
nacimos y crecimos, entre maizales, topochales, pobreza y
miseria, pero grandeza de un pueblo heroico, el venezolano,
igual que el cubano.
Yo oí un día que la abuela Martha, abuela de mi madre Elena,
le dijo, regañándola por alguna discusión en la cocina —mi
madre era muy joven, tendría unos 25, menos de 30 años tenía
en ese tiempo, casi 30 años seguramente—, yo tendría unos 8
ó 9, y andaba con Adán jugando y otros primos, muchos niños
jugando, corriendo, y lo oí clarito: "Tú eres así, alzada,
porque tú estás enrazada" —enrazada, dijo— "de ese asesino.
Ese, el abuelo tuyo, era un asesino", y ella hablaba, y otra
que acuñaba: "Sí, es verdad: mató a un tal Palacio, lo
amarró a la pata de un mango y lo fusiló", un niño, yo me
estremecía, un abuelo asesino. "Por allá llegó y macheteó a
20." "¡Uh, macheteó a veinte, Adán!" "Les cortó el cuello a
no sé cuántos en Puerto Nutrias, que asaltaron Puerto
Nutrias." Y en la casa no se hablaba de aquel señor, no se
hablaba, era como prohibido hablar de aquel señor. Pero a mí
me quedó la semilla de la duda.
Ya hombre, ya soldado, pero todavía adolescente, empiezo a
darme cuenta de cosas, y es cuando José León saca el libro,
y yo ya, devorador de libros, impulsado entre otros por mi
maestro, aquel que está allá, mi general Jacinto Pérez Arcay,
bolivariano hasta la médula, patriota hasta la médula,
forjador de generaciones de soldados revolucionarios en
Venezuela (Aplausos); empujado por lo que una vez me dijo mi
general, me consiguió buscando libros y yo le pregunto —usted
no era general todavía, era coronel—, me dio no sé cuántos
libros, 10, 20 libros, y todavía me da 10, 20 libros; libro
que sale, me lo busca. Me dijo esa vez mi General: "Te ha
pasado algo muy bueno, Chávez, te invadió la ansiedad del
conocimiento y esa nunca te va a abandonar; déjate llevar
por ella, la ansiedad de conocer."
Por ahí es que uno consigue, a través del conocimiento y la
búsqueda, la conciencia, porque la conciencia no es sino el
conocimiento, y en este caso de la historia, de la verdadera
historia de nuestros pueblos.
Así que sale José León Tapia y escribe El último hombre a
caballo, por allá por 1975; sale Cristóbal Jiménez, uno
de nuestros cantores, y graba un corrido, un corrido sobre
la vida de aquel abuelo, un corrido de arpa, cuatro y
maracas, fundamentándose en la novela de El último hombre
a caballo, y el corrido se llama así.
Yo veo el libro y veo las fotos, y recuerdo que en alguna
ocasión vi una vieja foto de otro primo hermano mío, Fortul,
a quien yo veía de cuando en cuando, que vivía en Guanare,
pero una vez él llevó una foto del abuelo y me la mostró así:
"Pero no hablemos de él", me decía. Él tenía algún problema,
porque le daban epilepsias, pero iba de vez en cuando a
Sabaneta; era descendiente de Maisanta por vía de padres, no
por vía de madres, "primo lejano", decían, pero yo quise
mucho a Fortul. Él desvariaba, pero me hablaba mucho, ya era
un hombre, yo era un niño adolescente, y él me dijo: "Mira,
aquí está."
Un día me dijo Fortul —que de repente más nunca regresó y yo
pregunté: "¿Y Fortul?", parece que lo mató un carro, porque
él se iba de la casa, caminaba, desvariaba, tenía algún
problema mental, pero era muy inteligente Fortul, más nunca
volvió— , me dijo: "Ven acá, Huguito, yo veo que tú lees, tú
andas pendiente: Mira, este es el abuelo; no era asesino, no
era ningún asesino; pero chito, que no oigan las mujeres. No
era asesino."
Cuando yo leo ese libro, me voy a Barinas y busco a mi madre
y le digo: "Mamá, ¿este era tu abuelo?", y le muestro el
libro y las fotos, se puso a llorar mi madre Elena, y
entonces me contó algunas cosas. Pero ella también tenía una
gran confusión. "No, era un bandolero."
Entonces, Raúl, yo dije: "Yo voy a investigar quién era este
hombre." Y yo estuve hasta preso en Colombia; siendo militar
hasta Colombia fui a parar investigando, entrevistando
viejitos, sobre todo, y viejitas, hombres de aquella época,
y orientado por José León, que me orientaba, porque yo
quería investigar mucho más a fondo la historia y me consigo
un paso caliente todavía, una huella viva todavía, una
revolución viva todavía, y conseguí el poema de Andrés Eloy
Blanco, porque Andrés Eloy estuvo preso.
Andrés Eloy era poeta como Martí, no fue soldado, mi abuelo
soldado; pero coincidieron en las prisiones de Gómez.
Entonces yo comencé a entender lo que había pasado y a
entender al último hombre a caballo; pero que no fue el
último hombre a caballo, fueron los últimos hombres de a
caballo, entre ellos Antonio Maceo (Aplausos). Los últimos
hombres de a caballo, entre ellos José Martí, que sin ser
soldado, soldado, murió como soldado, ¡a caballo, a caballo,
con un machete en la mano! (Aplausos.)
Entre ellos, un poquito después, pero en la misma época,
terminaba el siglo XIX —siglo tormentoso, siglo de grandes
esperanzas; pero, al mismo tiempo, de grandes frustraciones—,
comenzaba el siglo XX, un poquito, un poquitico después:
Emiliano Zapata, Francisco Villa, fueron los últimos hombres
a caballo; un poquito después, Augusto César Sandino. Los
últimos hombres a caballo fueron ellos.
Este machete me recuerda a Maisanta. Yo cargo aquí su
escapulario, el mismo que usó (Lo muestra). Este escapulario
tiene más de 100 años, bordado de la mano de su madre que,
cuando él a los 15 años se fue a la guerra, se lo hizo para
que lo protegiera, la Virgen del Carmen, virgen de los
soldados, según la leyenda; murió con él, murió preso.
Cuentan que cuando sentía que moría, se quitó el escapulario
que lo acompañó toda su vida, lo lanzó contra la pared de la
celda del Castillo Libertador, ahí en Puerto Cabello y dijo:
"¡Maisanta pudo más, Gómez!", Gómez el traidor; Gómez, el
que entregó la patria a los gringos.
Son procesos simultáneos los nuestros: 1902, comentábamos
allá, frente a las cenizas sagradas de Martí; 1902 aquí,
intervención; 1902 allá, aquí mismo, en el Caribe,
Venezuela, Venezuela bloqueada, intervención de los gringos
con los europeos; 1908, la otra intervención; 1908, allá,
derrocan a Castro.
Mi abuelo era castrista, y Gómez, vicepresidente, traiciona
a Castro, da un golpe de Estado apoyado por los gringos. A
los dos días llegan unos barcos gringos a las costas
venezolanas, y al mes siguiente, Juan Vicente Gómez firmó lo
que no quiso firmar Cipriano Castro durante nueve años, en
los cuales le hicieron guerra interna, bloqueo, sabotaje;
las concesiones petroleras, Alí, por 50 años, y Juan Vicente
Gómez le entregó el petróleo al imperio norteamericano, y
con el petróleo la vida del país, el alma del país, desde
1908 hasta 1998 cuando llegó, por elecciones, vía no clásica,
pero vía válida también, el impulso revolucionario a
Venezuela. ¡Noventa años como colonia petrolera, colonia
económica, colonial cultural!
¡Cómo
nos ha costado y nos costará salir definitivamente del
coloniaje, pero lo haremos y, ahora, además, con el machete
de Antonio Maceo! (Aplausos.)
Este poema puede ser para Maceo también. Es para todos ellos,
y ellas, porque también, por supuesto, las mujeres. Rindo
tributo a las mujeres santiagueras; rindo tributo a Vilma
Espín, heroína de esta Revolución (Aplausos), y a todas las
mujeres que con ella, y como ustedes, hicieron este portento
de Revolución, Raúl, Fidel (Aplausos).
Unos lo llaman Maisanta y otros el Americano... Le decían el
Americano, porque era un hombre alto —así lo dice el poema—,
blanco; catire decimos en Venezuela.
Unos lo llaman Maisanta y otros el Americano,/Americano lo
mientan porque es buen mozo el catire/entre bayo y alazano./Salió
de la Chiricoa —estos son puntos del llano— con 40 de a
caballo/rumbeando hacia Menoreña va Pedro Pérez Delgado —ese
era su nombre—,/en fila india por la oscura sabana,/meciendo
el frío en chinchorros/de canta va la guerrilla
revolucionaria.
Imagínense ustedes al subteniente Hugo Chávez declamando
esto delante de 100 soldados, de 500 soldados, de 20
subtenientes y tenientes, y yo le ponía picante además. Eso
fue un instrumento revolucionario, ese poema.
En fila india por la oscura sabana,/meciendo el frío en
chinchorros/de canta va la guerrilla revolucionaria,/con el
cogollo, la manta,/cobija con pelo’ eguama, 45 y canana./Nube
de tabaco y nube,/relincho y susto de garza/madrugadita de
leche bajo la noche ordeñada./Llanero alza’o, canto,
silencio y canto/el guerrillero va delante cantando/rumbo de
asombro los 40 caballos/cabalga al frente Pedro Pérez
Delgado/unos lo llaman Maisanta y otros el Americano./No hay
quien le pique adelante,/no hay quien le aguante la carga,/no
hay guerrillero en Los Llanos que le eche la colcha al agua./Catire
con dientes de oro y con espuelas de planta,/bueno de cola y
de soga,/bueno de tierra y de agua,/escapulario cocido con
una virgen pintada/pelo’ eguama con borlitas/flequillo en
las alpargatas/y al hombro una manta azul/con la vuelta
colorada.
Ahora les contaré por qué lo llaman Maisanta. ¿Por qué lo
llaman Maisanta, Raúl? Porque cuando pelea Pedro Pérez
Delgado, en el momento de trabar la pelea y antes de que
salga de la funda el machete, arma los aires con su grito de
guerra, y así en la carga va gritando el guerrillero: "Maisanta,
virgen del Socorro de Valencia" —madre Santa, dice la gente—;
pero Maisanta dice: ‘Maisanta’ y las maneras de los hombres
los hombres deben respetarlas."
Ya Pedro Pérez Delgado no tiene madre ni patria, ni un
retrato de la madre, ni un retrato de la patria; lo cruzan
madres con sed, lo surca una patria tostada, pero tiene el
corazón como tapiz de sabana y junta madre con virgen, y
junta virgen con patria, y cuando va a la pelea pone a las
tres en el anca.
El Socorro de Valencia la llaman los que la llaman, Valencia
la del Socorro, Valencia de las naranjas. Cuando el plomo
está cerrado y es pareja la batalla, y unos van que a que te
mato y otros que a no que me matas.
Hay un momento de pronto en que se arrugan las almas, con un
rumor de joropo viene llegando la carga, tendido en el
paraulato un jinete la comanda, y cuando llega el enemigo en
los estribos se alza. Tiene la melena rubia entre baya y
alazana y un grito que es un machete con filo punta y tarama,
y es Pedro Pérez Delgado que va gritando: ¡Maisanta!
El grito del guerrillero se lo sabe la sabana, no hay quien
no lo haya escucha’o en la noche o la mañana. Corre, corre,
corre el río hasta que le suda el agua, y grita: Corran
lagunas, que está cargando Maisanta. Y la Virgen del Socorro
viene con él en el anca con espinas de limón y palabras de
naranjas.
Hay un verso que habla, precisamente, de la carga de
caballería, ese que dice: "Unos van que a que te mato y
otros que a que no me matas. Con un rumor de joropo viene
llegando la carga. De los turbios horizontes brotan muertes
ensilladas, vienen 40 jinetes con muertes desenvainadas."
Más allá de una narración en poema sobre la leyenda de la
Virgen del Socorro, al final, el poeta vuelve sobre el
guerrillero y dice: "Ya Pedro Pérez Delgado no tiene madre
ni patria, ni un retrato de la madre, ni un retrato de la
patria. Lo cruzan madres con sed, lo cruza una patria
tostada; pero siente el paraulato aquel viejo caballo metido
entre sus batatas y empina su viejo grito en los estribos
del alma, y su grito es un machete con filo punta y tarama y
es Pedro Pérez Delgado que aún muriendo sigue gritando: ¡Maisanta!"
—estaba en prisión ya—, "el grito del guerrillero sobre la
muerte resbala y salta del calabozo y navega y desembarca y
se encabrita en los riscos del cerro de Guacamaya. Toda la
sed de esta tierra se va en una fuga espantada, la laguna de
Valencia se esconde bajo su falda.
"Corre,
corre, corre el río hasta que le suda el agua y grita:
Corran lagunas, que está muriendo Maisanta y la Virgen del
Socorro se va con él en el anca, con espinas de limón y
palabras de naranja."
Y
ya saben, compañeros, cómo fue que se murió Maisanta.
¡Qué
viva Antonio Maceo! (Exclamaciones de: "¡Viva!")
¡Qué
vivan los últimos hombres de a caballo! (Exclamaciones de:
"¡Viva!")
Gral.
de Ejército Raúl Castro.—¡Qué
viva Maisanta!
Recuerda que tiene filo (Se refiere a la Réplica del Machete
de Antonio Maceo que le fue entregada).
Hugo
Chávez.—Tiene
filo de verdad, no se equivoque nadie conmigo, no crean que
esto es un cuentico aquí (Risas).
¡Qué
viva Maisanta! (Aplausos y exclamaciones de: "¡Viva!")
Ahora, vean ustedes, yo ando... Yo no sé cuánto tiempo voy a
hablar aquí; además, como Raúl me recomendó que hablara
desde aquí, porque tengo muchos papeles...
Gral.
de Ejército Raúl Castro.—Hoy
puedes hablar lo que quieras. ¿Están de acuerdo ustedes? (Exclamaciones
de: "¡Sí!") ¿Mañana no es domingo? (Exclamaciones de: "¡Sí!")
Pues que hable hasta mañana (Risas).
Hugo
Chávez.—Tengo
tantas cosas en el alma, en verdad, muchas, muchas cosas; y,
además, lo que aquí ha ocurrido esta tarde... Bueno, ese
recibimiento esta mañana, lo de ayer en Cienfuegos; pero lo
de esta mañana fue una cosa apoteósica, de verdad lo que
provoca es lanzarse del vehículo y caminar y abrazar y
llorar y reír y cantar por estas calles de la Ciudad Heroica,
con este pueblo heroico.
Yo le decía a Raúl: "Raúl, me faltan ojos, me faltan manos",
porque uno quisiera ver a cada uno, a cada uno, y uno se da
cuenta de que no vio allá a un grupo y voltea y quiere
alargar la mano para pasársela por aquí aunque fuera.
Recordé, ¿sabes a quién?, a Eduardo Galeano, en uno de sus
cuentos. Dice Galeano que un padre se llevó a su hijo hacia
el mar —el niño no conocía el mar— y caminaron, caminaron y
después de una loma llegan a la loma y ven el mar y el niño
se queda mudo, estupefacto, y el padre lo abraza y lo
levanta, y lo único que dice el niño es: "¡Padre, ayúdame a
mirar!"
Así me provocó decirte a ti, bueno, te dije: "Raúl, ayúdame
a mirar", ayúdame a mirar ese recibimiento, ese contacto de
amor atómico —se me ocurrió decir por ahí—, un amor atómico
es esto; quizás atómico —no se asusten los gringos—, amor
atómico, porque uno habla de atómico y se asustan, empiezan
a temblar; amor atómico, porque ese amor sale y llega hasta
el último átomo de todas las células. Es atómico el amor
entre nosotros.
Y
luego el homenaje a José Martí allí donde reposan sus restos,
y a todos los mártires de la Revolución Cubana, desde Martí
hasta Frank País, y oír de los cuentos del propio Raúl.
Me hiciste recordar esta mañana una leyenda, una historia,
una anécdota —como se quiera llamar—, cuando te oía contando
a ti mismo, allá en la Granjita Siboney, o allá en el
Moncada me contaste, cuando entraste, que te llevaron preso,
hasta dónde llegó el ataque, después te trajeron preso, y
cinco años, cinco meses y cinco días después entraste a
rendir al coronel y a hablarles a las tropas.
Mirando el escenario y oyendo al mismísimo Raúl contándolo,
recordé, mi general, la anécdota aquella del campo de
Carabobo. Años después de Carabobo, del 24 de junio de 1821,
volvieron a Carabobo a firmar un acuerdo de paz para poner
fin a la guerra federal; la guerra federal que reventó en
Venezuela casi 30 años después de muerto Bolívar y muerto el
sueño con él y enterrado el proyecto de unión, y traicionado
el pueblo que durante más de 15 años se fue desde el Caribe
hasta la Patagonia casi, a pie, a caballo, con sus machetes
y sus viejos fusiles, a romper las cadenas del imperio
español de 300 años. Y después de todo aquello, como dijo
Bolívar, hemos arado en el mar, un nuevo coloniaje legaremos
a la posteridad.
Y
Bolívar murió en Santa Marta, Raúl, según cuenta, con
magistral y profunda idea, el Gabo García Márquez en El
general en su laberinto; pero es cierto, Bolívar murió
en la hacienda de un español oyendo el salve cantado por los
esclavos. Imagínate, después de tantos años, morir en una
hacienda esclavista. ¿Cómo se sentiría aquel hombre?
Un día yo le leía a Fidel por teléfono... Veníamos de África,
Felipe nos acompañaba, y estábamos estrenando el avión nuevo
nuestro, que ya no es tan nuevo, el Airbus, que tiene
teléfono, y le digo yo a Felipe: "Felipe, vamos a llamar a
Fidel." Veníamos hablando allí y leyendo unas cosas, y cayó
la llamada: "¡Aquí está Fidel!"; veníamos no sé a cuántos
miles de pies de altura cruzando el Atlántico, y Fidel nos
pregunta: "¿Dónde están ustedes?" "En el avión." "¡Cómo!",
me dice. "Aquí, estamos volando, vamos para allá" —él no
sabía que veníamos para acá. "Espéranos, llegaremos a tal
hora." Entonces me dice: "Solo Bush y tú tienen ese
privilegio de tener..." Le dije: "Mira, no me ofendas, no te
pases" (Risas). "No es para tanto." "Solo tú y Bush tienen
ese privilegio de llamar por teléfono." Pero luego
comenzamos a conversar y a preguntarnos: cómo era el avión,
cuánto medía, a qué velocidad iba, cuál seguridad teníamos,
quién nos cuidaba en el aire. De todo nos preguntó.
Entonces, le digo: "Fidel, oye esta carta de Bolívar."
Bolívar pocos días antes de morir escribe las últimas cartas,
y, entre otras cosas, dice: Muero proscrito, no tengo
patria, mis enemigos me quitaron la patria, no tengo patria
a la cual hacer el sacrificio. ¡Qué puede un solo y pobre
hombre contra el mundo!
Ese es Bolívar. Fidel me oía en silencio, oyendo la lectura,
y después que termino, él se queda como unos segundos y me
dice: "Chávez, eso es muy duro, eso es muy duro, yo no pensé
que Bolívar había escrito eso alguna vez, o alguien." Le
dije: "Sí, Bolívar, Fidel." Él no conocía la carta, después
yo le mandé ese libro, que son los libros que la oligarquía
escondió, son los documentos que la oligarquía escondió y
ahora están brotando, la verdad histórica está brotando.
Ahora, Fidel me dijo aquel día, Raúl, algo que se convierte
para nosotros en un reto. Me dice Fidel: "Chávez, eso es muy
duro, como murió Bolívar." Pero entonces me dice: "Chávez,
ni tú ni yo moriremos así. Nosotros moriremos vencedores
cuando nos toque morir" (Aplausos). Y así, moriremos cuando
nos toque morir: vencedores, Fidel. Venceremos, Fidel,
cuéstenos lo que nos cueste, con el machete de Maceo o con
lo que haya que luchar, nosotros venceremos (Aplausos). Ten
la seguridad, Fidel, que venceremos y que no moriremos, como
murió Bolívar, sin patria y oyendo el canto de los esclavos.
¡Llorando murió Bolívar! (Aplausos.)
Cuando yo oía a Lage ahora con su discurso memorable,
profundo, encendido, también me llegaron a la mente muchas
cosas, y ahora con el cuadro que me han regalado de Frometa,
el pintor Frometa, tres ojos, una misma mirada. Ahí está la
explicación, Frometa, ¿de dónde viene este amor atómico?
Claro, ya sé de dónde viene.
Anoche yo recordaba este discurso y hoy me lo consiguieron
los muchachos. Me llegó por dos vías: la ayudantía mía y la
ayudantía de Fidel, que es la misma de Raúl. Me llegó: "Aquí
está el discurso que usted anoche estaba recordando". Sí,
fue un 28 de octubre en 1893, un homenaje a Bolívar en la
Sociedad Literaria Hispanoamericana en Nueva York, allá
estaba José Martí; 1893, es decir, Martí ya estaría haciendo
equipo para venirse, al poco tiempo se vino para acá, o sea
que ya andaba, como estuvo toda su vida, estuvo todo su vida
encendido de patria José Martí; pero estaba a punto de
venirse, porque él murió en 1895. Es decir, año y medio
después; esto fue 28 de octubre, que es el día de San Simón,
y entonces ese día le hicieron el homenaje.
El discurso es largo como el poema o más que el poema, pero
hay aquí unas frases que son memorables. ¿Y saben qué? Yo me
conseguí este discurso hace muchos años, de antes de ser
soldado, en la biblioteca de un buen amigo comunista —murió
también hace poco—, camarada José Esteban Ruiz Guevara.
Estuvo también en la montaña en los años sesenta, Alí lo
conoció muy bien, Douglas Bravo, la guerrilla venezolana de
los sesenta. Fue Ruiz Guevara un patriota, un intelectual,
un investigador. En su biblioteca yo conseguí un día un
libro, él me lo prestó, Discursos de José Martí, uno
de tantos libros que se han editado, y yo conseguí ahí este
discurso de Martí.
"Señoras, señores...", y lo leímos, y lo leíamos en los
cuarteles, y hay que seguirlo leyendo. Creo, incluso, que
habrá que editar por millones este discurso de José Martí, y
que lo lean y lo leamos con nuestros hijos, nuestros nietos,
en las escuelas, los pioneros, los precursores, los
trabajadores, las mujeres, todos, los obreros, los
indígenas, los soldados.
"Señoras, señores:
"Con la frente contrita de los americanos que no han podido
entrar aún en América; con el sereno conocimiento del puesto
y valer reales del gran caraqueño en la obra espontánea y
múltiple de la emancipación americana; con el asombro y
reverencia de quien ve aún ante sí, demandándole la cuota, a
aquel que fue como el samán de sus llanuras, en la pompa y
generosidad, y como los ríos que caen atormentados de las
cumbres, y como los peñascos que vienen ardiendo, con luz y
fragor, de las entrañas de la Tierra, traigo el homenaje
infeliz de mis palabras, menos profundo y elocuente que el
de mi silencio, al que desclavó del Cuzco el gonfalón de
Pizarro."
Porque sí, Bolívar llegó hasta el Cuzco y allá le entregaron
como trofeo el gonfalón de Francisco Pizarro.
Sigo leyendo: "Por sobre tachas y cargos, por sobre la
pasión del elogio y la del denuesto, por sobre las flaquezas
mismas, ápice negro en el plumón del cóndor, de aquel
príncipe de la libertad, surge radioso el hombre verdadero.
Quema, y arroba. Pensar en él, asomarse a su vida, leerle
una arenga, verlo deshecho y jadeante en una carta de
amores, es como sentirse orlado de oro el pensamiento. Su
ardor fue el de nuestra redención, su lenguaje fue el de
nuestra naturaleza, su cúspide fue la de nuestro continente:
su caída, para el corazón. Dícese Bolívar, y ya se ve
delante el monte a que, más que la nieve, sirve el
encapotado jinete de corona, ya el pantano en que se
revuelven, con tres repúblicas en el morral, los
libertadores que van a rematar la redención de un mundo.
¡Oh, no! En calma no se puede hablar de aquel que no vivió
jamás en ella: ¡de Bolívar se puede hablar con una montaña
por tribuna, o entre relámpagos y rayos, o con un manojo de
pueblos libres en el puño, y la tiranía descabezada a los
pies...!".
José Martí, vean. De aquí viene todo este amor entre estos
dos pueblos nuestros, que en el fondo somos uno solo, el de
Martí, el de Bolívar, el de Maceo, el de Maisanta, somos el
mismo pueblo, somos el mismito pueblo (Aplausos).
Más adelante dice —pasando párrafos y parándome en algunos—:
"...Hombre fue aquel en realidad extraordinario. Vivió como
entre llamas, y lo era. Ama, y lo que dice es como florón de
fuego. Amigo. Se le muere el hombre honrado a quien quería y
manda a que todo cese a su alrededor. Enclenque, en lo que
anda el posta más ligero barre con un ejército naciente todo
lo que hay de Tenerife a Cúcuta. Pelea, y en lo más afligido
del combate, cuando se le vuelven suplicantes todos los
ojos, manda que le desensillen el caballo. Escribe, y es
como cuando en lo alto de una cordillera se coge y cierra de
súbito la tormenta, y es bruma y es lobreguez el valle todo;
y a tajos abre la luz celeste la cerrazón, y cuelgan de un
lado y otro las nubes por los picos, mientras en lo hondo
luce el valle fresco con el primor de todos sus colores.
Como los montes era él ancho en la base, con las raíces en
las del mundo, y por la cumbre enhiesto y afilado, como para
penetrar mejor en el cielo rebelde. Se le ve golpeando, con
el sable de puño de oro, en las puertas de la gloria. Cree
en el cielo, en los dioses, en los inmortales, en el Dios de
Colombia, en el genio de América, y en su destino. Su gloria
lo circunda, inflama y arrebata. Vencer ¿no es el sello de
la divinidad? ¿vencer a los hombres, a los ríos hinchados, a
los volcanes, a los siglos, a la naturaleza? Siglos. ¿cómo
los desharía, si no pudiera hacerlos? ¿No desata razas, no
desencanta el continente, no evoca pueblos, no ha recorrido
con las banderas de la redención más mundos que ningún
conquistador con las de la tiranía, no habla desde el
Chimborazo con la eternidad y tiene a sus plantas en el
Potosí, bajo el pabellón de Colombia picado de cóndores, una
de las obras más bárbaras y tenaces de la historia humana?
¿no le acatan las ciudades, y los poderes de esta vida, y
los émulos enamorados o sumisos, y los genios del orbe
nuevo, y las hermosuras? Como el sol llega a creerse, por lo
que deshiela y fecunda, y por lo que ilumina y abrasa. Hay
senado en el cielo, y él será, sin duda, de él. Ya ve el
mundo allá arriba, áureo de sol cuajado, y los asientos de
la roca de la creación, y el piso de las nubes y el techo de
centellas que le recuerden, en el cruzarse y chispear, los
reflejos del mediodía de Apure en los rejones de sus lanzas:
y descienden de aquella altura, como dispensación paterna,
la dicha y el orden sobre los humanos".
Y
más adelante lanza la frase de la que hablábamos allá, Raúl,
la que yo me aprendí de memoria y recitaba un día en un
discurso un 17 de diciembre, esta:
"¡Pero así está Bolívar en el cielo de América, vigilante y
ceñudo, sentado aún en la roca de crear, con el inca al lado
y el haz de banderas a los pies; así está él, calzadas aún
las botas de campaña, porque lo que él no dejó hecho, sin
hacer está hasta hoy: porque Bolívar tiene que hacer en
América todavía!" (Aplausos).
Esto es, como alguien dijo, demasiado bello, demasiada luz
que ciega, demasiado bello que estremece, como cuando uno
lee Los Miserables, o aquel buen libro que tú me
regalaste, La guerra y la paz, demasiado bello.
"América hervía" —sigue diciendo—, "a principios del siglo,
y él fue como su horno. Aún cabecea y fermenta, como los
gusanos bajo la costra de las viejas raíces, la América de
entonces, larva enorme y confusa. Bajo las sotanas de los
canónigos y en la mente de los viajeros próceres venía de
Francia y de Norteamérica el libro revolucionario, a avivar
el descontento del criollo de decoro y letras, mandando
desde allende a horca y tributo; y esta revolución de lo
alto, más la levadura rebelde y en cierto modo democrática
del español segundón y desheredado, iba a la par creciendo,
con la cólera baja, la del gaucho y el roto y el cholo y el
llanero, todos tocados en su punto de hombre: en el sordo
oleaje, surcado de lágrimas el rostro inerme, vagaban con el
consuelo de la guerra por el bosque las majadas de
indígenas, como fuegos errantes sobre una colosal
sepultura".
¡Como fuegos errantes sobre una colosal sepultura! Hoy creo
que está ocurriendo lo mismo, 200 años después América
hierve a principios de este siglo y él sigue siendo el
horno, como Martí. Estamos de nuevo en la hora de los hornos
(Aplausos).
Vamos a ver cómo termina, debe terminar sublime. Así
termina:
"El Potosí aparece al fin, roído y ensangrentado: los cinco
pabellones de los pueblos nuevos, con verdaderas llamas,
flameaban en la cúspide de la América resucitada: estallan
los morteros a anunciar al héroe, y sobre las cabezas,
descubiertas de respeto y espanto, rodó por largo tiempo el
estampido con que de cumbre en cumbre respondían,
saludándolo, los montes. ¡Así" —así termina—, "de hijo en
hijo" —así, de hijo en hijo—, "mientras la América viva, el
eco de su nombre resonará en lo más viril y honrado de
nuestras entrañas!"
¡Viva Bolívar! (Exclamaciones de: "¡Viva!")
¡Viva Martí! (Exclamaciones de: "¡Viva!")
De ahí venimos, Lage, de ahí es que venimos. Yo creo que no
hay explicación mejor para conseguir que esta; para
explicar, valga la redundancia, o para entender esto que hoy
está pasando, el amor atómico: Santiago de Cuba, Cienfuegos;
y entender, además, el amor que ustedes saben siente el
pueblo venezolano por el pueblo cubano, el amor infinito,
atómico, que siente nuestro pueblo por Fidel, por todos
ustedes, Raúl; pero, bueno, especialmente Fidel encarna a
todos ustedes. Porque esa es la explicación también, lo dijo
Martí igual: "Hay hombres que resumen en sí el decoro de
muchos hombres". Y uno pudiera decir con Martí: Hay hombres
que encarnan en su simple carne, en sus simples huesos, la
patria de millones de hombres, de millones de mujeres.
Fidel, tú nos encarnas a nosotros, tus hijos (Aplausos).
Lage dijo que Fidel estuvo aquí y es verdad, está y estará
siempre; sin embargo, uno no deja de añorar la presencia
física de Fidel, ¿verdad?, no deja uno de añorarla, todos
nosotros. Yo no pierdo la esperanza, así lo digo aquí en
Santiago.
Fidel, tú que estás allá vigilándonos... ¿Cómo es la cosa
del fusil, que tú preguntaste? Y Fidel está cazándonos allá
cualquier cosa, está cazándonos allá.
Gral.
de Ejército Raúl Castro.—Pregunté
en el museo del Moncada: "¿No le han mostrado al presidente
Chávez el fusil de Fidel?". Y él lo vio, yo no sé si por
Venezolana, que estaba transmitiendo en vivo.
Hugo
Chávez.—Están
transmitiendo todo en vivo, lo que uno habla por ahí; es
peligroso, le transmiten a uno todo.
Gral.
de Ejército Raúl Castro.—Y
empezó a indagar que por qué no le mostraron el fusil; pero
el fusil está ahí, como está presente Fidel, como dijo
Chávez y como dijo Lage. Al final de tus palabras, no
importa cuánto sea, porque es muy interesante lo que estás
diciendo, te lo mostraremos; no te lo podré regalar, pero te
regalo el símbolo que representa ese fusil. No hubo combate
en la Sierra Maestra importante o batalla decisiva, como la
derrota de la ofensiva de verano de la tiranía de Batista,
que no empezara con un disparo de ese fusil, porque era el
primero en abrir fuego.
Hugo
Chávez.—La
bala trazadora.
Gral.
de Ejército Raúl Castro.—Trazadora
o normal.
Hugo
Chávez.—Me
contó una vez eso, de cómo él dirigía con el fuego, la
disciplina de fuego; porque no había mucha munición, además.
Y así debe ser la guerrilla, ¿no? Si alguna fuerza requiere
mucha disciplina para ser victoriosa es una guerrilla.
Ahora, yo decía que recordaba hace un rato, oyendo tus
explicaciones en el Moncada, por dónde te trajeron preso,
por dónde volviste cinco años, cinco meses y cinco días
después a rendir al coronel aquel, que después nombraron
ustedes jefe del ejército un tiempo (Rego Rubido, aclara
Raúl), que fue a la montaña a hablar con Fidel, y que
estaban los soldados en el patio y tú les hablabas a capela,
no había micrófonos, en pleno proceso, en plena
efervescencia, el pueblo en las calles, Primero de Enero, ¿a
qué hora en la mañana? Amaneciste aquí (Le dice que fue por
la tarde). Por la tarde.
Lo que iba a decir lo voy a terminar, recordando los fines
de la guerra federal. Cuando fueron al campo de Carabobo, 34
años después de muerto Bolívar, a firmar el fin de la
guerra, un representante de las fuerzas federales rebeldes y
el mismísimo José Antonio Páez, que era el jefe caudillo que
entregó al país a las fuerzas conservadoras, traicionando a
Bolívar. Hay que decirlo con dolor, porque fue Páez, sin
duda, uno de los más grandes guerreros; y, por cierto, Páez
era uno de los que Bolívar tenía misionado para venir aquí a
liberar a Cuba, junto al pueblo cubano, del imperio español,
porque Páez era un gran guerrero, yo me quito el sombrero.
Pablo Morillo, el mejor general español que a Venezuela vino
o que a Suramérica vino, el mismo Rey lo envió, porque Pablo
Morillo tenía experiencia en las luchas contra Napoleón y
había salido victorioso en las luchas contra los franceses,
lo mandaron con el ejército "pacificador" de Suramérica; no
pudo pacificar nada, pero fue un ejército, el más armado, el
más equipado, el más moderno y el más disciplinado que
arribó a Venezuela, por allá, por 1816, estaba el país
encendido en la guerra —pacificador llamaban a Pablo
Morillo, el Pacificador—, un gran general español. Al final,
después de seis años de guerra, Morillo acepta entrevistarse
con Bolívar —en 1820, el abrazo de Bolívar y Morillo, se
entrevistan—, y Morillo, además, escribía mucho —escribía
cartas, memorias, al Rey—, era un buen escritor; además,
buen narrador.
Hay una batalla donde los llaneros de Páez lo acosan, lo
acosan y lo acosan, y le prendieron candela a la sabana y lo
llevaron contra un río, y muchos morían ahogados y los
hostigaban, y Morillo le escribe al Rey una carta, después
de la batalla, lo derrotaron; eso fue allá en las sabanas de
Apure —Páez era el caudillo de los llaneros. Bolívar decía:
"Ellos son nuestros cosacos". Y Páez: "cosacos", las tropas
de caballería de Páez, los bravos de Páez o los bravos de
Apure—, entonces, Morillo escribe aquella carta memorable y
le dice al Rey: "Catorce cargas de caballería consecutivas
sobre mis cansados batallones me demostraron que estos
hombres están resueltos a ser libres".
Páez, además, una astucia: Las Queseras del Medio. Bolívar
estaba allá dirigiendo la guerra en Apure y ve el río Arauca
crecido y los españoles al otro lado, y Bolívar pregunta:
"¿Quién tuviera una caballería de agua?". Y Páez le dice:
"¿Usted quiere, quiere verla?", porque Bolívar era
caraqueño, buen jinete y buen guerrero, pero no había
peleado en el llano como peleaban los llaneros.
Escoge Páez 150 hombres, se lanzan al Arauca, río que hoy
día yo lo conozco bastante, lleno de pirañas, de caimanes y
con una fuerza el Arauca vibrador, Alma llanera, "yo nací en
esta ribera del Arauca vibrador", el Arauca, legendario ese
río. Bueno, cruzaron a caballo el río, atacaron al puesto de
comando del mismísimo Morillo, que nunca se lo esperaban,
ellos se sentían protegidos por el río; le destrozaron la
artillería.
Páez mandó a hacer —es famoso en la historia de la guerra en
los llanos— la lanza apureña, porque era una lanza larga,
una lanza muy larga, y eran unos maestros manejando la
lanza. Dice Morillo que Páez les calculó el tiempo en que
ellos tardaban en recargar los cañones y de repente les
ponía caballerías en las matas, los hacía disparar, y por un
flanco venían unos caballos, como demonios, con unas lanzas
largas y, antes de que tuvieran tiempo de recargar los
cañones, ya los caballos les pasaban por encima y las lanzas
y destrozaban la artillería.
Dice Morillo, "cuando estábamos toda la noche en vela,
porque creíamos que nos iban a atacar, silencio; cuando
dormíamos pensando que estaban lejos, la carga de caballería
a medianoche", la emboscada, la guerra asimétrica. Era un
maestro de la guerra José Antonio Páez.
Pues Morillo cuenta en sus memorias que cuando llegó a
España, después del abrazo con Bolívar y firmó el
armisticio, el Rey le reclama y lo llama a presencia y le
dice: "Explíqueme cómo es que usted, que triunfó contra los
franceses, contra las tropas de Napoleón Bonaparte, llega
aquí derrotado por unos salvajes". Y es famosa la frase de
Morillo: "Su Majestad, si usted me da un Páez y 100 000
llaneros de Apure, le pongo toda Europa a sus pies". Fue la
frase de Morillo: Toda Europa se la pongo a sus pies, con un
Páez y 100 000 llaneros de aquellos de allá. Él se vino
admirándolo, pues, admirándolo, Pablo Morillo.
Pero Páez es el ejemplo del buen soldado sin conciencia
patriota, y mucho más allá, conciencia revolucionaria,
conciencia social, y terminó enriquecido, se lo ganó la
oligarquía: aprendió a tomar buen vino; aprendió a tocar
piano —cosa que no es mala, pero se oligarquizó—, violín;
aprendió el inglés, how are you?; lo rodeó la
oligarquía de Valencia, los ricos. Y mientras Bolívar se fue
al Potosí, como lo dice aquí el inmortal Martí, Páez se alió
con la oligarquía. ¡Qué tragedia!
Lo mismo hizo Santander en Bogotá. Peor Santander, porque
Páez no quiso matar a Bolívar o mandarlo a matar; se lo
propusieron.
Cuando Bolívar volvió, en 1827, por última vez a Caracas, a
tratar de salvar la unión, incluso le regaló su espada a
Páez tratando de ganarse al Centauro —así lo llamaban— o al
Taita, era el caudillo ya de Venezuela.
A
Páez le proponen fusilar a Bolívar, acusarlo de traidor. Lo
acusan de que tiene un proyecto para coronarse rey y para
traer un príncipe europeo y que eso era traición, por lo
cual había que fusilarlo. Inventaron hasta un documento
falso.
El decreto de fusilamiento de Bolívar quedó redactado, Páez
no se atrevió a tanto y dijo: "Lo prefiero en el exilio". Y
así terminó Bolívar, exiliado y con prohibición de regresar
a Venezuela. Por eso es que él escribe aquella carta que yo
le leí a Fidel desde el avión: "No tengo patria, mis
enemigos me quitaron mi patria. ¿Qué puede un pobre y solo
hombre contra el mundo?". Lo obligaron a licenciar al
Ejército Libertador, a sus soldados, lo obligaron por una
ley.
En Bogotá, Santander llegó a más: Santander lo mandó a matar
la noche aquella de septiembre de 1828. Llegaron a la
puerta, mataron al edecán, hirieron a los soldados; salió
Manuela Sáenz espada en mano, coronela como era, ascendida
como ella dijo un día en una carta memorable: "No
ascendí...". No, fue Bolívar quien lo dijo, porque cuando
Manuela Sáenz asciende o es ascendida a coronela, ella era
capitana del ejército de San Martín, ya tenía el título de
capitana.
Recordé esta mañana a Manuela, cuando tú me contabas y
nuestro historiador... ¿Cómo se llama el amigo historiador?
(Le dicen algo). No, allá, en el monumento a Martí, el
historiador.
Gral.
de Ejército Raúl Castro.—El
de la ciudad.
Hugo
Chávez.—El
conservador de la ciudad, Omar, que está por ahí a lo mejor.
Omar, cuando tú estabas hablándonos de Martí, cuando se fue
a caballo, que el joven aquel no pudo retenerlo, De la
guardia, recordé a Manuela, aun cuando Manuela no tuvo el
triste final, aun cuando morir por la patria es vivir; pero
no murió ella ahí en ese momento.
Quizás fue más triste después lo que le tocó vivir a
Manuela. Sí; mejor es morir en batalla, sin duda, que ver
morir la patria, sin duda.
Manuela, en Ayacucho; Bolívar estaba en Lima, ya en
conflictos con Santander, que era el vicepresidente en
Bogotá de la Gran Colombia, y Bolívar, presidente, pero en
campaña y estaba por allá liberando a otros pueblos.
Hasta los argentinos le mandaron a Bolívar unos emisarios al
Perú a pedirle protección, porque Brasil estaba invadiendo a
Argentina. Era Brasil un imperio, recordemos.
A
Bolívar lo llaman y lo nombran, desde Buenos Aires,
Protector de las provincias del Río de la Plata. Casi que
Bolívar llega al mismísimo Buenos Aires; un poquito más, no
lo dejaron llegar. Santander elabora una ley, y el Congreso
la aprueba, ordenándole a Bolívar que no podía seguir
comandando ejércitos extranjeros, y es cuando Bolívar se ve
obligado a entregarle el mando a Sucre.
Por eso es que Bolívar no está en Ayacucho, él se queda en
Lima; pero es Sucre entonces quien toma el mando y se llena
de gloria con aquel pueblo unido, hecho Ejército Libertador,
en la pampa de la Quinuaya, a 3 000 metros sobre el nivel
del mar, en un cerro que se llama Condorcunca o Rincón de
los Muertos.
Santander comienza a frenar el impulso de Bolívar, le niega
tropas. Bolívar pide más tropas, Santander empieza a decir
que no hay recursos, que no alcanzan los recursos, que
Colombia es pobre, que cómo él va a seguir yendo a otros
mundos.
Santander, cuando Bolívar envía las cartas ordenando desde
aquí, desde el Perú, desde Bolivia, la liberación de Cuba,
una expedición sobre Cuba, sobre Puerto Rico, ¿y saben algo
más?, ustedes lo deben saber. Incluso, dijo Bolívar: "Hasta
la misma España llegaremos nosotros con nuestras tropas". No
tenía límites aquel hombre, en sus sueños, en su impulso
libertario: "Si hubiera que llegar hasta la misma España, a
la misma España llegaremos".
Entonces, él comienza a emitir órdenes, a Páez que se
prepare y dice: "Páez con Sucre irían a Cuba". Empieza él a
elaborar y a organizar ya el futuro ejército caribeño a
Puerto Rico, a Dominicana, y ordena empezar a construir
barcos, caballos y a ir haciendo las provisiones, la
logística; pero cuando él regresa ya, estaba partida la
patria. Se vino abajo el piso, las columnas centrales y
terminó expulsado.
Ahora, ¿Páez? Páez fue, sí, el gran guerrero; pero murió
anciano en Nueva York. Después de la guerra federal, Páez
sigue combatiendo y va al terreno, va a la batalla, a
defender ahora a la oligarquía. ¿Y quiénes estaban allá, en
el otro bando contrario? Muchos de los mismos que lo
siguieron en la guerra de independencia, las guerras
civiles, pues. La tragedia de Venezuela, la tragedia de
todos nuestros pueblos.
Al final el ejército de Páez, la oligarquía es derrotada en
la guerra federal, aun cuando tampoco hubo después una
revolución, porque quizás el único líder verdaderamente
revolucionario de los federales fue asesinado en plena
guerra: el gran Zamora, Ezequiel Zamora, aquel que gritaba,
cantaba: "¡Tierras y hombres libres; elecciones populares y
horror a la oligarquía!". Y donde llegaba, ciudad que tomaba
Zamora —era 1859, 1860, lo mataron el 10 de enero,
comenzando el año 1860—, una de las primeras cosas que
mandaba a hacer era quemar los títulos de tierra, porque él
decía: "Esos títulos todos son forjados después que murió
Bolívar", y se repartieron las tierras, les negaron las
tierras a los pobres; los esclavos seguían siendo esclavos.
Nada, en verdad, había cambiado.
De ahí que nace la guerra federal, los pobres contra los
ricos, la lucha de clases.
En el campo de Carabobo entonces se ven el enviado de
Falcón, que era el jefe revolucionario —después llegó a
presidente, no hizo ninguna revolución, pero, bueno,
hicieron la guerra federal, al menos mantuvieron la llama de
la revolución encendida, y relanzaron la idea de Bolívar,
sobre todo Zamora—; manda Falcón, o no sé si el mismo Falcón
estaba en Carabobo, pero Páez estaba y un enviado de los
revolucionarios, uno de los generales revolucionarios, y
andaba con ellos un historiador que tomaba notas, los
escribanos aquellos, Eduardo Blanco, que era un jovencito
—Eduardo Blanco, historiador, después escribió aquel libro
La Venezuela heroica. Eduardo Blanco recoge aquello y
narra, así en ese mismo estilo heroico, parecido al de
Martí, a ese estilo, dice y narra que estaban en el campo de
Carabobo y cabalgaba Páez, canoso ya, y Falcón —no estoy
seguro de si era Falcón; era Falcón mi General, Juan
Crisóstomo Falcón, que era cuñado de Zamora, ya a Zamora lo
habían matado, era el vencedor—, van al pasitrote,
conversando, van a acordar el armisticio, la paz, el fin de
la guerra, y Páez acepta la derrota; claro, pone
condiciones.
Cuenta Eduardo Blanco que de repente, como invadido por un
espíritu extraño, a Páez —Páez era epiléptico—, en plena
batalla de Carabobo le da un ataque. Fue decisiva la acción
de Páez y los llaneros en Carabobo, la caballería. Cuentan
que fue un soldado español el que le salvó la vida, lo
recogió, lo lleva y lo coloca en una piedra por allá. Al
poco rato se paró y continuó; Bolívar lo ascendió a general
en jefe en el mismo campo de batalla, fue decisiva su
acción.
Después los españoles se fueron a Puerto Cabello, a la
orilla del mar, y se atrincheraron en el Castillo
Libertador, donde murió Maisanta 100 años después, a casi
100 años exactos muere después Maisanta en el Castillo
Libertador.
Los españoles se hacen fuertes, y ahí pasaron varios años.
Los últimos reductos españoles se negaban a reconocer la
derrota, hasta que el propio Páez —ya Bolívar en el sur, por
allá en Ecuador, en el Perú, porque fue en 1823, el 8 de
noviembre—, con sus tropas de caballería, aprovechó la baja
de la marea, audaz, y metió caballos por el mar, mientras
sitiaba Puerto Cabello y entró a caballo a aquel castillo,
por el agua. Era un hombre demasiado astuto, rompía
cualquier patrón de guerra. El típico guerrillero, pues.
Bueno, cuenta entonces Eduardo Blanco —era 1863 ya, 33 años
después de muerto Bolívar— que Páez, de repente es invadido,
qué sé yo, por un sentimiento, una fuerza y pica espuelas,
sale al galope, y detrás se le pegan los demás, porque, a
pesar del enemigo, el respeto a uno de los libertadores de
Venezuela, general en jefe y presidente muchos años había
sido Páez, y de repente Páez va galopando y va diciendo,
pero como desbordado por un espíritu extraño, dice: "¡Allá
cayó el Negro Primero!", y galopa y galopa y galopa: "¡Allá
cayó Manuel Cedeño!", y galopa y galopa: "¡Por allá entró mi
caballería!", y galopa y galopa. Y de repente se para en
seco y dice: "¡Y allá, allá, en aquel cerro estaba el
Libertador! Y se quitan el sombrero y se quedan en
silencio".
Páez se va del país, le hacen honores en Nueva York cuando
llega, tropas norteamericanas le hacen honores, calle de
honor. Hay grabados de la época, Páez entrando a Nueva York.
Porque, realmente, ya el imperio estaba naciendo.
Como Fidel lo dice, Bolívar presintió el imperio y Martí lo
señaló con más precisión, pero fue Bolívar el primero que
nos habla en la historia sobre el imperio de Estados Unidos.
Ahí está aquella frase memorable, pero son muchas otras, y
no solo frases, acciones, cartas, elaboraciones, análisis.
"Los Estados Unidos de Norteamérica parecen destinados por
la Providencia para plagar la América de miserias a nombre
de la libertad". Que eso lo haya escrito alguien en 1825
apenas, lo que dice es la visión, la inteligencia
extraordinaria de aquel hombre, Bolívar.
Y
chocó Bolívar con Estados Unidos, y recomiendo siempre el
libro de Francisco Pi Vidal, rindo honor a su memoria aquí
en Cuba, ese gran escritor cubano: Bolívar, pensamiento
precursor del antimperialismo.
Ahí hay elementos como para, incluso, continuar la
investigación, cartas de los enviados plenipotenciarios de
Estados Unidos por Suramérica, enviadas al Departamento de
Estado, donde es evidente la conspiración contra Bolívar; es
evidente que están lanzándoles puentes a los demás líderes,
a Páez, a Santander; es evidente que están haciendo guerra
psicológica, rumores, campañas de rumores buscando
desprestigiar a Bolívar. En alguna carta, uno de esos
enviados gringos al Departamento de Estado, dice: "Este
peligroso loco del Sur" —Simón Bolívar—, "si sus proyectos
cristalizaran sería peligroso para nuestros intereses. No
deben cristalizar". Le hacen contrainteligencia, le
interceptan cartas, se valen de las cartas para sembrar
intriga en otros jefes; se valen de sus cartas para elaborar
proyectos imposibles de que Bolívar los haya ni siquiera
pensado.
Entonces por eso Páez se va a Estados Unidos, le rinden
honores, y allá murió anciano, años después; pero en sus
memorias, que yo leí en un invierno largo allá en Apure,
estudiando esa historia, entendiéndola mejor, buscándola
mejor —era yo capitán—, y es impresionante, son unas
memorias largas, de varios tomos; Páez fue un autodidacto,
estudió, aprendió muchas cosas, pero nunca tuvo la
conciencia social, la conciencia revolucionaria; pero en sus
memorias, en las últimas páginas él dice, como despidiéndose
de la vida: Yo, José Antonio Páez, de los libertadores de
Venezuela, General en Jefe, tal y tal, nacido en Curpa,
provincia de Barinas en Los Llanos de Venezuela, declaro que
hubiera sido mejor morir en un campo de batalla. "Hubiera
sido mejor morir en un campo de batalla".
Pues yo recordaba hoy, viéndote, Raúl, esa anécdota, cuando
tú nos contabas allá en la Granjita, a pesar del apuro, del
poco tiempo, nos contabas ahí en el cuartel Moncada, la
frase que lanzó alguien en Carabobo en esa ocasión, cuando
Páez contaba, allá, aquí y allá, y allá estaba el
Libertador, alguien dijo: "Oigan a Aquiles contando sus
hazañas". Yo pensé esta mañana en eso: Oigan a Aquiles
contando sus hazañas, al propio Aquiles contando sus hazañas
(Aplausos). Y oírte, Raúl, es oír a Fidel, ciertamente, oír
a Fidel y oír a los que ya no pueden hablar físicamente
entre nosotros, que se fueron; los oímos a todos ellos y nos
los llevamos aún más profundamente en el alma, en la
conciencia.
Ciertamente, Fidel, tú tienes razón: Todo este esfuerzo,
tantos mártires, no puede ser de nuevo en vano. ¡Nosotros no
podemos fallar ahora! ¡No podemos fallarle a nuestra
historia, a nuestros mártires, a nuestros pueblos, a nuestro
futuro, a nuestra esperanza, no podemos! (Aplausos). No
podemos ni vamos, Fidel, a fallar.
Esta reunión, estos días en Cuba, nosotros partimos a
Caracas ahora mismo y estos días han sido..., hemos pasado
nosotros desde el primer día de nuestra llegada a Cuba...
Ese muchacho que tú me preguntaste, que es viceministro,
presidente del BANDEC, Isea, teniente, de los muchachos del
4 de febrero, que igual que ustedes, quijotes nos fuimos.
Ustedes asaltaron el Moncada con escopetas de matar
pajaritos, dijo Fidel, y lo dice también Galeano por ahí.
Nosotros, a pesar de que salimos de dentro del ejército y
teníamos una fuerza considerable en varias ciudades, en
varios cuarteles; sin embargo, en la probabilidad esa que
uno se imagina era muy baja la probabilidad de victoria.
Alí Rodríguez, recuerdo aquellos días; porque nosotros
durante muchos años trabajamos para la insurrección general,
no para un movimiento militar, no; pero no pudo funcionar y
salió, digamos, el ala militar, por decirlo así, y
representantes del ala popular revolucionaria, Alí
Rodríguez; pero, bueno, nos quedamos físicamente sin pueblo
ese día, tú recuerdas, Alí. ¿Tú recuerdas el santo y seña,
por cierto? El santo y seña yo se lo di a Alí Rodríguez:
"Páez, patria", por cierto, para que él hiciera contacto con
las tropas nuestras; fue el 4 de febrero que tú recordabas.
Pero, ciertamente, del Moncada al 4 de febrero, del 26 de
julio al 4 de febrero nos hemos conseguido, de Dos Ríos a
Santa Marta, a Carabobo, de Maceo a Maisanta, y ahora no
podrán con nosotros, porque estamos juntos y estaremos
juntos para siempre, Raúl (Aplausos).
¡Patria, Socialismo o Muerte!
¡Venceremos!
¡Feliz año nuevo para Cuba, para el pueblo cubano, que el
año 2008 sea año de avances, de batallas y de nuevas
victorias!
¡Viva Fidel, carajo! (Exclamaciones de: "¡Viva!")
(Ovación).