|
EL ASALTO AL CUARTEL MONCADA
PREPARACIÓN – LOS HOMBRES – LAS ARMAS – LA ESTRATEGIA –
LA GRANJITA DE SIBONEY – EL ATAQUE – LA RETIRADA
¿Cuándo decide usted atacar el cuartel Moncada?
Cuando yo advertí, porque sospechaba, tenía
indicios, de que se iba a producir un golpe de
Estado de Batista, se solicitó a algunos que
investigaran y volvieron y le dijeron a la dirección
del Partido Ortodoxo, de la cual yo no era miembro,
que no había peligro, que todo estaba muy tranquilo.
Ya le conté.
¿Cuándo decidimos atacar el Moncada? Cuando nos
convencimos de que nadie haría nada, de que no
habría lucha contra Batista, y de que un montón de
grupos que existían —en los que había mucha gente
que militaba en varios— no estaban preparados ni
organizados para llevar a cabo la lucha armada.
Un profesor universitario, Rafael García Bárcena,
por ejemplo, vino a hablar conmigo, porque quería
atacar el cuartel Columbia de La Habana. Me dice:
“Yo tengo gente dentro que apoya.” Le digo: “¿Usted
quiere atacar Columbia, tomarlo, porque le van a
franquear el camino? No hable entonces con ningún
otro grupo, que nosotros tenemos los hombres
suficientes.” ¡Ah!, hizo todo lo contrario, habló
como con treinta organizaciones, y a los pocos días
toda La Habana, incluso el Ejército, sabía lo que
preparaba aquel profesor, un hombre bueno, decente,
que daba algunas clases de esas que los militares
con rango reciben como parte de su preparación.
Bárcena era uno de esos profesores. Como era de
esperar, todo el mundo cayó preso, incluido el
profesor.
Ya desde antes del esperado desenlace, que se
produce algunas semanas después de mi conversación
con Bárcena, decidimos actuar con nuestra propia
fuerza, que era superior
en número, disciplina y entrenamiento a todas las
demás juntas. Duele decirlo, pero era así. Entre
aquellas organizaciones, una de las más serias y
combativas era la Federación Estudiantil
Universitaria. Pero sus más brillantes páginas, bajo
la dirección de José Antonio Echeverría, recién
ingresado a la Universidad, y del Directorio
Revolucionario, estaban por escribir.
Analizamos la situación y elaboramos el plan.
Hablamos escogido para iniciar la lucha a Santiago
de Cuba. No volví a conversar con el profesor. Un
día, cuando regresaba de un viaje por carretera a
Santiago, escuché por radio la noticia de la captura
de Bárcena y varios grupos de civiles en distintas
esquinas alrededor de Columbia.
¿Cómo consigue usted reunir al grupo de militantes
que van a atacar el Moncada?
Yo había hecho un trabajo de proselitismo y de
prédica, porque tenía ya una concepción
revolucionaria y el hábito de estudiar a cada
combatiente que voluntariamente se ofrecía, calar
bien sus motivaciones y esclarecerles normas de
organización y de conducta, explicarle lo que podía
y debía explicarles. Sin aquella concepción no se
podía concebir el plan del Moncada. ¿Sobre la base
de qué? ¿Con qué fuerzas vas a contar? ¿Un ejército
de la nada? Si no cuentas con la clase obrera, los
campesinos, el pueblo humilde, en un país
terriblemente explotado y sufrido, todo carecería de
sentido. No había una conciencia de clase; había sin
embargo, lo que a veces yo calificaba como un
instinto de clase, excepto en aquellos que eran
miembros del Partido Socialista Popular [comunista]
bastante instruidos políticamente. Hubo un Mella,
líder universitario, joven, brillante, que junto a
un luchador de la guerra de independencia había
fundado en 1922 el Partido Comunista de Cuba. Pero
en 1952 ese partido estaba aislado políticamente, en
plena época de macartismo y bajo la influencia de
una feroz campaña imperialista, con todos los medios
a su alcance, contra todo lo que oliera a comunismo.
La incultura política era enorme.
¿Tardó usted mucho en reunir a esos hombres?
Eso fue relativamente rápido. Me asombraba la
rapidez con que, usando una argumentación adecuada y
un número de ejemplos, tú persuades a alguien
de que esa sociedad es absurda y que hay que
cambiarla. Inicialmente comencé esta tarea con un
puñado de cuadros. Había mucha gente que estaba
contra el robo, la malversación, el desempleo, el
abuso, la injusticia; pero creía que eso se debía a
los malos políticos. No podían identificar el
sistema que ocasionaba todo eso, Ya se sabe que las
leyes del capitalismo, invisibles para el común de
las gentes, actúan sobre el individuo sin que éste
se percate. Existía en muchos la convicción de que
si traían del cielo un arcángel, el más experto, y
lo ponían a gobernar la República, con él vendría la
honradez administrativa, se podrían adquirir más
escuelas y nadie se robaría el dinero para la salud
pública y otras apremiantes necesidades.
No podían comprender que el desempleo, la pobreza,
la falta de tierras, todas las calamidades, el
arcángel no podía resolverlas, porque aquellos
enormes latifundios, aquel sistema de producción no
admitía ponerle fin absolutamente a nada. Mi
convicción total era que el sistema había que
erradicarlo.
Aquellos muchachos eran ortodoxos, muy
antibatistianos, muy sanos, pero no poseían
educación política. Tenían instinto de clase, diría,
mas no conciencia de clase.
Nosotros, como expliqué inicialmente, comenzamos a
reclutar y entrenar los hombres para participar,
corno algo que parecía elemental, junto con los
demás, en una lucha por restablecer el status
constitucional de 1952, cuando fue interrumpido, dos
meses y 20 días antes de las colecciones, por
Fulgencio Batista, un hombre que tenía gran
influencia militar, y concibió el golpe de Estado a
partir de su convicción de que no tenía posibilidad
alguna de ganar las elecciones.
Nos organizamos como fuerza entrenada, repito, no
para hacer una revolución, sino para unirnos a todas
las demás fuerzas, porque después del golpe del 10
de marzo de 1952 era elemental que se unieran todas
las fuerzas. Estaba el partido de gobierno, el
Auténtico, bastante corrompido, pero Batista era
peor.
Había una Constitución, había todo un proceso legal,
y 80 días antes de las elecciones de junio, aquel 10
de marzo de 1952, Batista dio el golpe. Las
elecciones iban a ser el 10 de junio. El era también
candidato de su partido, pero las encuestas decían
que él no tenía posibilidad alguna de ser elegido.
Entonces cuando da el golpe, todo el mundo comienza
a organizarse y hacer planes.
¿De qué fuerzas disponían ustedes?
Nosotros no teníamos ni un centavo, no teníamos
nada. Yo lo que tenía eran relaciones con aquel
partido, el Ortodoxo, que si tenía su juventud,
todos muy antibatistianos, porque eran como la
antítesis de Batista, no había ninguna otra
organización comparable. Un buen nivel patriótico.
No podía afirmarse que tenían, ya le expliqué, un
nivel de conciencia política, revolucionaria, de
clase, porque al fin y al cabo la dirección de aquel
partido, como siempre, excepto en La Habana, donde
había un grupo de intelectuales, iba cayendo en
manos de ricos y de terratenientes.
Pero la masa de ese partido era buena, de pueblo
trabajador y sano, incluidas capas medias, ni
siquiera muy antiimperialista, porque eso era algo
que no se discutía; lo discutían casi únicamente en
los círculos del Partido Comunista.
¿A cuántos hombres entrenaron ustedes para el
asalto?
Nosotros entrenamos a 1.200 jóvenes. Habíamos creado
un pequeño ejército. Yo hablé con cada uno de ellos,
trabajaba con bastante asiduidad y muchas horas. En
unos meses habíamos reclutado a 1.200 hombres.
¡Cincuenta mil kilómetros recorrí en un auto!, que
se fundió unos días antes del Moncada, un Chevrolet
beige, que tenía chapa número 50315. Aún la
recuerdo. Entonces cambié para otro carro alquilado.
Nosotros penetramos otras organizaciones. Había una
que era del partido del corrompido gobierno
derrocado que tenía armas de guerra en abundancia,
tenía de todo, lo que no tenían eran hombres. Ex
jefes militares de aquel gobierno estaban buscando y
organizando fuerzas. Utilizando la personalidad, el
dinamismo y la agilidad mental de Abel, logramos
hacerles creer que podían contar con tres grupos de
120 combatientes cada uno, bien entrenados,
que fueron inspeccionados por ellos en grupos de 40
en diversos puntos de la capital. Se impresionaron.
No querían otra cosa. Pero era mucho. Fue demasiada
nuestra ambición. Sospecharon y rompieron el
contacto. Todos los jóvenes y jefes eran nuevos.
Quizás adivinaron la maniobra y mi nombre no podía
siquiera mencionarse. Había escrito varios artículos
denunciando hechos sumamente graves e inmorales que
el periódico de más circulación los publicó
sucesivamente en la edición especial de los lunes
con todas las pruebas pertinentes. Esto tuvo lugar
varios meses después de la muerte de Chibás. Por
ello me culpaban de haber socavado el Gobierno
propiciando el golpe de Estado.
Nosotros reclutamos y entrenamos, ya le digo, en
menos de un año a 1.200 jóvenes. Eran casi todos de
la Juventud Ortodoxa y logramos una gran disciplina
y unidad de criterio.
Y todos muy jovencitos entonces.
Todos, todos. Era gente joven, de 20, 22, 23, 24
años. De más de 30 años, quizás uno, Gildo Fleitas,
que trabajaba en la oficina del Colegio de Belén, y
yo lo conocía desde entonces, ya habían pasado siete
años desde que me había graduado de bachiller en esa
escuela el año 1945. Los otros eran de células que
organizamos en los distintos municipios, con jóvenes
destacados. De donde más llevamos fue de Artemisa,
que pertenecía entonces a la provincia de Pinar del
Río, un número que ascendía como a 20 ó 30, un grupo
muy bueno, y también otros, de toda la capital y
varios municipios de la antigua provincia de La
Habana, que comprendía el territorio de lo que son
hoy dos provincias.
En esa época había muchas organizaciones de distinto
tipo, y había muchos jóvenes que estaban en una, en
otra y en otra.
Yo había reclutado a algunos de esos que conocía,
pero principalmente a muchos no los conocía, porque
a los dirigentes oficiales del Partido Ortodoxo yo
no los frecuentaba... Bueno, a algunos Sí, estaba
Max Lesnick, Ribadulla, hasta un tal Orlando Castro
que después se fue para Venezuela y se convirtió en
millonario allí. Al principio muchos estaban
girovagando, como se decía, y en la charlatanería
política.
Yo use la oficina del Partido Ortodoxo de La Habana,
porque allí iba cada día mucha gente a conversar e
indagar noticias. Eso era útil. En un pequeño
cuartico me reunía con pequeños grupos de a cinco,
seis o siete jóvenes. Ya expliqué ese trabajo. La
tarea que hacíamos era de persuasión y
adoctrinamiento contra la corrupción. El Partido
Ortodoxo era un partido de capas medias, de gente
humilde, de trabajadores, empleados, profesionales,
campesinos. Había también desempleados. Algunos
trabajaban en tiendas, otros en fábricas, como Pedro
Marrero, o por su cuenta, como Fernando Chenard,
fotógrafo. Y, bueno, algunos, como los hermanos
Gómez, cocineros del Colegio de Belén, que al igual
que Gildo Fleitas conocí en aquella instalación,
magnificas personas.
Recuerdo que los días subsiguientes al golpe de
Estado del 10 de marzo de 1952, entre los primeros
que recluté, bueno, que se unieron, estaban Jesús
Montané y Abel Santamaría. Yo organicé un circulito
de estudio de marxismo en Guanabo, donde me
prestaron una casa, y el material que use fue la
biografía de Marx de Mehring, me gustaba aquel
libro, que contiene una bella historia. Abel y
Montané participaban en el curso. Descubrí una cosa:
lo más fácil del mundo, en aquellas circunstancias,
era convertir a alguien en marxista. Yo tengo un
poco el hábito de la prédica.
Debe ser por su educación cristiana.
Quizá. Ya yo había rebasado mi etapa de comunista
utópico, cuando no había leído a Mari ni a otros
autores socialistas. Como le dije, en esa fase de mi
opción política me sirvió mucho el lugar dónde nací
y las peculiares experiencias que viví.
Aquella sociedad era caótica, carecía totalmente de
racionalidad.
¿En esa época ya era usted abogado?
Yo fui el primer revolucionario profesional del
movimiento, porque en mis condiciones, los
militantes eran los que me sostenían. Ellos
trabajaban, yo era el revolucionario profesional,
porque yo, como abogado, defendía gente muy humilde,
no cobraba y no tenía otro empleo.
Montané tenía hasta una cuentecita en el banco, no
muy grande, pero con 2 mil ó 3 mil pesos, y un
empleo remunerado, y Abel, por su parte, contaba con
un salario bueno para esa época, disponía de un
apartamento en un edificio del Vedado. Lo acompañaba
su hermana Haydée. A los tres los conozco después
del golpe de Estado de Batista.
Algunos historiadores han notado que muchos de los
participantes en el asalto al Moncada eran hijos de
españoles, y sobre todo hijos de gallegos. ¿Usted lo
puede confirmar?
Sí, ese hecho me llamó la atención. Yo, un
día, por casualidad, me puse a sacar la cuenta sobre
los principales organizadores del Moncada, y me
llamó la atención que muchos éramos hijos de
españoles. Bueno, ya había el caso muy notable de
José Martí, el héroe de nuestra independencia, que
era hijo de padre y madre españoles. Y debo decir
que en nuestras luchas históricas por la
independencia participaron muchos españoles y
gallegos. Creo que hubo un número de más de cien
gallegos, y algunos de ellos destacados, que
hicieron causa común con los cubanos.
En nuestro Movimiento para el 26 de julio, el
segundo jefe, Abel Santamaría, un compañero
valiente, extraordinario, era hijo de gallego
también. Los dos primeros jefes éramos hijos de
gallegos. Pero también estaba Raúl, que tuvo un
papel muy destacado, y que, claro, es también hijo
de gallego.
Otros dirigentes históricos del Movimiento 26 de
Julio, corno Frank País y su hermano Josué País,
eran asimismo hijos de gallegos. En nuestro proceso
revolucionario, en la lucha en la Sierra Maestra se
destacaron algunos jefes miliares que eran hijos de
gallegos, o hijos de españoles, como el propio
Camilo Cienfuegos.
¿Todos ustedes sentían simpatía por el marxismo?
Ya los principales dirigentes pensábamos así: Abel,
Montané yo. Raúl no era todavía dirigente, porque
era muy joven y era estudiante, llegado hacía poco a
la Universidad. Hay un cuarto dirigente, Martinez
Ararás, que era muy capaz, pero lo que le gustaba
era la acción y no se preocupaba mucho por la
teoría.
Si nosotros no hubiéramos estudiado marxismo —esa
historia es más larga, pero solo le digo esto—, si
no hubiéramos conocido en los libros la teoría
política de Marx y si no hubiéramos estado
inspirados en Martí, en Marx y en Lenin, no
habríamos podido ni siquiera concebir la idea de una
revolución en Cuba, porque con un grupo de hombres
ninguno de los cuales paso por a academia militar no
puede usted hacer una guerra contra un ejército bien
organizado, bien armado e instruido militarmente, y
obtener la victoria partiendo prácticamente de cero.
Su hermano Raúl estaba entonces en la Juventud
Socialista, que era del Partido Comunista, ¿verdad?
Bueno, Raúl ya era bien de izquierda y, realmente,
quien lo introdujo en las ideas marxistas-leninistas
fui yo. El vino conmigo para La Habana, vivía
conmigo en un penthouse chiquitico, frente a un
cuartel, precisamente donde hoy está el famoso hotel
Cohíba.
¿El hotel Meliá Cohíba?
El Meliá Cohíba, construido por Cuba con sus propios
fondos, que opera Meliá bajo contrato de
administración. Ahí había un cuartel que estaba
delante, sus edificaciones eran de poca altura, no
había ningún edificio alto cerca del mar. Raúl lo
que hace es que, consecuente con lo que él
interpretaba de la doctrina, ingresa en la Juventud
del Partido Comunista.
¿Ingresa por su cuenta?
Sí, él siempre tuvo criterios muy propios.
¿Usted nunca estuvo en el Partido Comunista?
No. Y fue algo bien calculado y muy bien analizado.
Pero ya eso es otra cosa. Puede llegar ese momento y
se lo cuento.
¿Dónde se entrenaron para preparar el asalto?
En la Universidad fue donde nos entrenamos. Llegamos
incluso a preparar grupos de comandos. Colaboró con
nosotros un señor bien experto que merodeaba en tomo
a los círculos revolucionarios y tan extraño que
despertaba en nosotros más sospecha que entusiasmo.
Pero no conocía nuestros planes ni vio nunca un arma
de fuego. Parecía más bien una actividad deportiva.
¿En la Universidad de La Habana?
De La Habana. Allí estaba también Pedrito Miret, que
era instructor.
¿Hicieron prácticas de tiro en la Universidad de La
Habana?
No, no, eso lo organizamos en otro lugar. En la
Universidad de La Habana fue el tiro en seco con
Pedro Miret. En el Salón de los Mártires montó
Pedrito su centro de entrenamiento. La autonomía
universitaria era bastante fuerte y los estudiantes
se movilizaban mucho. La Colina Universitaria tenía
determinada impunidad hasta un momento, durante toda
una primera etapa, y entonces allí es donde iban los
que protestaban.
Miret era estudiante de ingeniería. Yo tenía muchos
amigos y conocí a Miret. Entonces empecé a organizar
grupos, células de lucha de 6, 8, 10 o 12 hombres y
a entrenarlos; tenían sus jefes. Hice el trabajo
político y de organización. A mí no se me veía la
cara por aquellos lugares.
Miret ¿tenía una experiencia militar particular?
No, él no tenía ninguna, nadie había estudiado en
escuelas militares. Ninguno de los que participó en
esta lucha. Vaya, digamos, únicamente un soldado que
teníamos reclutado y que estaba precisamente en un
cuartel de La Habana... ¿Sabe dónde entrenamos para
disparar con las escopetas?
¿En las afueras de La Habana?
No, en los clubes de tiro de La Habana. Nosotros
disfrazamos a algunos de los nuestros de burgueses,
de comerciantes, de todo, según su tipo, su estilo y
sus habilidades. Algunos estaban inscritos en clubes
de caza y nos invitaban a los clubes. En realidad,
pudimos entrenar en plena legalidad a 1.200 hombres.
No nos prestaban mucha atención, porque sabían que
no teníamos un centavo, ni teníamos nada.
Los que tenían millones eran los del gobierno
anterior, que tenían armas, las habían traído del
exterior, tenían todos los recursos.
Usted ya se había entrenado militarmente durante el
“bogotazo”.
Bueno, Sí, cuando yo estuve en el “bogotazo”, pero
sobre todo en mi casa de Birán, desde que tenía 10 u
11 años yo siempre andaba con algún arma y tenía
buena puntería.
También se había entrenado bastante en Cayó
Confites, ¿no?
Sí, me entrené hasta en el disparo de
morteros y otras armas. Es verdad que había estado
casi en una guerra. Recuerde que ahí estaban muchos
enemigos míos y a pesar de eso yo fui, simplemente
porque era presidente del Comité Pro Democracia
Dominicana. Ya habíamos algo de aquello. Eso tiene
su historia, cómo se organizó aquella expedición,
quiénes la organizaron y en qué momento se hace. Fue
en 1947. Ya había concluido la Segunda Guerra
Mundial, Trujillo llevaba mucho tiempo en el poder,
tenía mucha antipatía entre los estudiantes cubanos.
¿Realmente usted sacó alguna experiencia militar de
aquella aventura?
Aquello no tenía ni táctica ni estrategia.
Y, además, no funcionó.
Es una historia larga. ¿Cómo reclutaron más de mil
hombres? Los recogieron en la calle.
¿Había un poco de lumpen?
Bueno, un lumpen bien preparado puede ser bueno. No
lo he querido decir despectivamente. Pero carecían
de preparación ideológica. Lo que más aprendí de
aquello de Cayó Confites es cOmo no se debe
organizar algo, cómo hay que escoger y seleccionar a
la gente.
Eso le sirvió para evitar algunos errores.
Ya yo había pensado desde entonces en una guerra
irregular, porque aquello era un ejército que no era
ejercito. Tenían hasta aviones, y pensaban,
sencillamente, desembarcar en las costas de Santo
Domingo, e iban a chocar frontalmente con un
ejército de miles de hombres organizado, entrenado y
armado, que poseía además naves de guerra y
aviación. Aquello era caótico. Se repartieron los
mandos políticamente, cada personalidad cogió un
mando. Entre ellos había un gran bandido, Rolando
Masferrer, que en un tiempo había sido de izquierda,
había sido comunista, había participado en la Guerra
Civil española, y tenía cierta preparación
intelectual. Fue luego uno de los peores esbirros de
Batista, que organizó grupos paramilitares y cometió
después numerosos crímenes. Bueno, seria cuestión de
horas. Si le cuento la historia de esos procesos no
acabamos nunca.
Hablemos del asalto al Moncada. ¿Considera usted
que, en definitiva, ese ataque fue un fracaso?
El Moncada pudo haber sido tomado, y si hubiéramos
tomado el Moncada derrocamos a Batista, sin
discusión alguna. Nos hubiéramos apoderado de
algunos miles de armas. Sorpresa total, astucia y
engaño al enemigo. Todos fuimos vestidos de
sargentos, simulando el antecedente del golpe de
Estado de los sargentos, dirigido precisamente por
Batista, en el año 1933. El no era el
organizador principal, pero como tenía un poco más
de preparación, era astuto y taquígrafo del Estado
Mayor, se hace jefe del “golpe de los sargentos”.
Les hubiera llevado horas reponerse del caos y la
confusión que se generaría en sus filas, dándonos
tiempo para los pasos subsiguientes.
¿Usted considera que el plan del ataque era bueno?
Si fuera de nuevo a organizar un plan de cómo tomar
el Moncada, lo haría exactamente igual, no modifico
nada. Lo que falló allí fue debido únicamente a no
poseer suficiente experiencia. Después la fuimos
adquiriendo.
El azar influyó también decisivamente en que un
plan, que fue realmente meritorio en cuanto a
concepción, organización, secreto y otros factores,
fallara por un detalle que pudo ser superado
simplemente. Si a mí me preguntaran hoy: ¿qué habría
sido mejor?, yo hablaría de una formula alternativa,
porque si triunfamos en el Moncada —debo añadir—,
habríamos triunfado demasiado temprano. Aunque nada
estaba calculado, después del triunfo de 1959 el
apoyo de la URSS fue fundamental. No habría sido así
en 1953. En la URSS prevalecía el espíritu y la
política staliniana. Aunque en julio de 1953 Stalin
había muerto unos meses antes, en marzo de 1953, era
aún la época de Stalin. Y Stalin no era Jrushov.
En esa época yo aún no había leído sobre las
operaciones audaces que se hicieron en la Segunda
Guerra Mundial. SI había leído, en cambio, unas
cuantas ya de nuestra propia historia. Le puedo
decir los factores que influyeron en la guerrilla y
los procedimientos empleados para nuestra lucha. Se
va a asombrar de algunas cosas. Pero no había leído,
por ejemplo, hechos como el rescate de Mussolini por
Skorzeny cuando el régimen político fascista colapsa
en Italia. De más está decirle que yo leí cuanto
libro sobre la Segunda Guerra Mundial cayó en mis
manos escrito por los soviéticos y por los alemanes,
sobre todo después del triunfo de la Revolución. Le
puedo decir también que había leído bastante, antes
del Moncada y antes de la Sierra Maestra. Pero están
las leyes de lo que se debe hacer cuando se producen
determinadas situaciones. Superando de forma
adecuada aquel pequeño obstáculo, el Moncada cae sin
duda.
¿Ustedes atacaron solo el Moncada u otros objetivos
al mismo tiempo?
Atacamos dos cuarteles: además del Moncada, el de
Bayamo, como una avanzada para combatir el
contraataque. Pensábamos volar o inutilizar el
puente sobre el rió Cauto, a pocos kilómetros al
norte de Bayamo, porque los primeros refuerzos
podrían venir de Holguín y luego del resto del país.
Por aire no tenían fuerzas suficientes, y la otra
vía era el ferrocarril, que era mucho más fácil de
defender. Tú descarrilas un tren o arrancas unos
cuantos raíles. Es más fácil que neutralizar un
sólido puente de acero u hormigón. Nosotros
destinamos 40 hombres para tomar el cuartel de
Bayamo, con el propósito de defendemos del
previsible avance enemigo por la Carretera Central
en un punto a más de 200 kilómetros de Santiago.
El contraataque iba a venir por tierra. Para
prevenir los bombardeos por aire pensábamos
abandonar rápidamente el cuartel y repartir todas
las armas en distintos lugares de Santiago, para
distribuirlas al pueblo, partiendo de su tradición,
luchadora e independentista. La ciudad cuyo
regimiento inicialmente no acató el golpe de Estado
del 10 de marzo. Claro, termina acatándolo, pero el
pueblo se movilizó hacia allí ese día y había un
odio especial contra ese golpe.
Usted preparó muy minuciosamente ese asalto. La
víspera del ataque todos los que iban a participar
se fueron reuniendo en las afueras de Santiago, en
la Granjita Siboney, de manera disimulada.
Todos llegamos el día antes, unas horas antes del
ataque, organizado desde La Habana. De la Granjita
salimos para el Moncada.
¿Cuando llegaron a la Granjita, la mayoría de sus
hombres no sabían aún cuál era el objetivo?
Bueno, cuando se movieron desde La Habana hasta
allá, cada grupo con su jefe, yo salgo al final, a
las 2:40 de la madrugada del sábado 25, de modo que
no dormí en absoluto durante 48 horas antes del
ataque. Llegue de noche el mismo día 25 a la
Granjita. Estaba Abel Santamaría esperándome, y los
demás en las casas de huéspedes, y todo el mundo con
sus carros para en el momento dado moverse. Nadie
sabía de la Granjita, ese lugar solo lo conocían
Abel, Renato Guitart y yo. Bueno, también Elpidio
Sosa, y Melba y Haydée.
Esa granjita se alquila en abril del año 1953. Tres
meses antes del ataque. Todas esas gestiones las
hace Renato, joven santiaguero que era el único que
conocía el objetivo, muy listo —él tenía un problema
en la piel del rostro, como una mancha—, muy bueno,
muy valiente y decidido. Conocía bien la ciudad de
Santiago y sus alrededores. Fue guardián principal
de un importante secreto.
De los que llegan de Occidente, Abel es el
primero; luego llega Elpidio Sosa. Los combatientes
estaban todos mentalmente preparados, se les
avisaría y sería sorpresivo todo. Varias veces los
habíamos movilizado para un lugar u otro, simulando
una probable acción, y luego cada uno para su casa.
Esa vez ya si fue con carácter definitivo. Ya los
conocíamos mucho mejor a todos. Cada núcleo tenía su
jefe. Se alquilaron los carros que los transportaron
desde la capital, casi mil kilómetros.
¿En Santiago?
No, en La Habana, para recorrer casi mil kilómetros
hasta Santiago. Nosotros nos trasladamos desde La
Habana. Nosotros atacamos el 26 de julio por la
mañana, y yo salí de La Habana en la madrugada del
25 a la hora que le dije. Pasé por Santa Clara. Allí
compré unos espejuelos. Sí, porque yo tenía un
poquito de miopía, la miopía va disminuyendo con la
edad.
¿Usted había olvidado sus gafas?
No, no, yo no me había olvidado, era muy difícil
olvidar los espejuelos, pero no recuerdo qué paso,
si tenían algún problema, si quería dos u otra
causa. La cuestión es que allí, en una óptica en
Santa Clara, tuve necesidad de hacerlo. Sigo viaje,
hice una escala en Bayamo, me detuve para ver a la
gente que iba a atacar el cuartel de esa histórica
ciudad, pare en Palma Soriano para ver a Aguilerita,
otro oriental comprometido, y llegué al anochecer
del 25 a la Granjita Siboney, en las afueras de
Santiago. Apenas unas horas antes del ataque. Casi
todos los demás viajaron en automóviles desde La
Habana hasta Santiago por la Carretera Central.
Había varios carros que llevaban una banderita de
los batistianos, la del 4 de septiembre; yo no,
porque yo era más conocido y el que me hubiera visto
con una banderita del 4 de septiembre, se hubiera
dicho: “¿Y esa historia?”
En fin, escogimos la Granjita Siboney porque era el
lugar más estratégico. Nos parecía el más discreto y
adecuado, entre los distintos lugares en que se
podía concentrar a la gente. Por la carretera que
pasa al frente de la granjita se va de Santiago al
mar, precisamente al punto donde desembarcaron los
norteamericanos en 1898: Siboney, y desde allí se
sigue hoy hasta cerca de Guantánamo. Ese punto se
prestaba, había árboles, entre ellos unos mangos
frondosos. ACLI se simuló una granja avícola para
producir pollos, con crías y todo. En un pozo
contiguo a la vivienda guardamos parte de las armas.
Pero la mayoría llegaron casi simultáneamente con
nosotros. Ya le dije que nada más había un hombre de
Santiago, Renato Guitart, toda la gente vino de
Occidente para no despertar la menor sospecha.
Pero el que conducía su auto era de Santiago, ¿no?
No, el que conducía venia desde La Habana.
¿Cuando vino usted de La Habana?
SÍ, cuando yo vine de La Habana el conductor era
Mitchel, Teodulio Mitchel. Bueno, llegamos a la
Granjita al anochecer. Estaba anocheciendo cuando
arribamos a la ciudad, hice contacto de inmediato
con Abel Santamaría; cada grupo estaba en distintas
casas donde fueron ubicándose a medida que fueron
llegando. Había carnaval, escogido también el día
por eso, porque estaba el bullicio, mucha gente
venia a Santiago y toda la atmósfera de carnaval,
que era famoso, nos convenía mucho, pero
inesperadamente nos perjudicó; porque eso dio lugar
a determinadas medidas en el cuartel que fueron la
principal causa de ulteriores dificultades. De la
Granjita saldríamos para llegar al cuartel en los
carros, estaba todo preparado; se escondieron bien
los carros en la granja.
¿Cómo disimularon los coches?
En una especie de galpones se situaron los carros,
que no eran muchos. Eran 16 carros y habíamos
sembrado plantas convenientemente para que nadie
viera acumulación de automóviles. Cualquiera que
pasaba por allí no veía nada más que las polleras.
¿Dónde escondieron las armas?
En un pozo aparentemente clausurado, con un arbolito
encima. Ahí guardamos gran parte de las armas.
Muchas llegaron a última hora. Hubo armas adquiridas
el viernes en La Habana que llegaron varias horas
antes. Cada detalle estaba previsto.
¿Para el ataque que iba a tener lugar el domingo 26?
Un número importante de armas que participaron en
las acciones del domingo a las 5:15 de la
mañana, fueron adquiridas la tarde del viernes 24.
Compramos también en Santiago algunas, en comercios
normales, en armerías donde estaban en venta libre,
y ya cuando llegaron no era cuestión de guardarlas
en el pozo, las que llegaron el sábado ya las
trajeron para los cuartos y para otros puntos de la
casa.
¿Eran esencialmente armas ligeras?
Voy a decirle. El arma mejor que teníamos era una
escopeta de cacería, de fabricación belga; yo la
conocía porque mi padre tenía una en casa, en Birán,
ya le conté. Había un fusil ligero norteamericano
semiautomático M-1, un Springfield de cerrojo, arma
de fabricación también norteamericana, una Thompson,
ametralladora de mano calibre 45, con un peine abajo
y también podía utilizar una mazorca. El M-1 era el
fusilito que le gustaba a todo el mundo, ligero,
chiquito, eficaz, semiautomático. Pero las armas más
eficientes para el tipo de acción a realizar eran
las escopetas belgas de cacería calibre 12, con
cartuchos que contenían nueve balines cada uno y
podían disparar hasta cinco en cuestión de segundos.
Yo llevaba una de ésas. En un combate a corta
distancia, eran mucho más efectivas que una
ametralladora, porque en un disparo tiran nueve
proyectiles que podían ser mortíferos. De ésas
teníamos unas cuantas decenas. No recortadas.
¿Tenían algunas con cañón recortado?
En la historia de los movimientos políticos, muchas
veces, y en la propia Cuba, se usaba esa escopeta
recortada en cualquier atentado. Pero nosotros no
necesitábamos una escopeta recortada. Algunas tenían
un solo proyectil, parece que es para cazar animales
grandes, pero de ésas teníamos muy pocas.
También teníamos fusiles calibre 22. El fusil 22 era
una buena arma en determinadas condiciones. Pero hay
otras circunstancias en las que los fusiles 22 no
tienen ventaja alguna frente a un fusil de guerra
calibre 30,06 a distancia mayor de 150 metros.
Tienen poca eficacia.
Si el objetivo es realmente distante no son
eficaces. Las escopetas tampoco servían en ese caso.
¿No tienen alcance suficiente?
Para un combate a un poco más de distancia se puede
usar un fusil 22; pero para atacar el cuartel, el
arma ideal era la escopeta. Y la ametralladora de
mano, un arma automática, pero teníamos solo una,
tal vez dos. El fusil 22 semiautomático tiene un
buen alcance, podía usar balas metálicas. Tú
adquirías más 0 menos las que pudieran ser más
eficaces, y tenías que conformarte con lo que
encontraras.
¿Cómo obtuvieron las armas?
Las escopetas semiautomáticas calibre 12 las
compramos en las armerías. Todo siguió tan tranquilo
aquí que hasta las armerías vendían armas. Yo me
ocupé de organizar la compra de casi todas las
armas, una por una, y de buscar fondos. Tuvimos que
disfrazar gente de burgueses y deportistas, tuvimos
que aplicar la astucia con los vendedores y
aparentar operaciones completamente comerciales.
Hasta en una armería de Santiago de Cuba, ya le
dije, compramos.
¿Usted qué arma llevaba?
Yo llevaba una escopeta belga calibre 12. Es un arma
que puede llevar un buen número de cartuchos con
balines. Funcionaba bastante bien. El único M-1 que
había era el de Pedrito Miret. Llevábamos una o dos
ametralladoras Thompson, un Springfield y tres
Máuser que tenían una tapa que se abría por el lado
y que usaban el mismo calibre que el Springfield,
eran balas 3 0,06. Los Máuser vinieron de la casa de
Birán. En la casa de mis padres había escopetas,
cuatro o cinco armas, que eran habituales allí. Yo
sabía que estaban allí y al final, como había
una escasez tremenda de armas, había que buscarlas
donde fuera...
Su hermano Raúl dice que ustedes también tenían
una ametralladora de mano marca Browning,
calibre 45.
Eran una o dos Thompson, de ese calibre. Creo
recordar que era solo una, que procedía de la
Universidad. No había ninguna ametralladora Browning
calibre 45. El fusil automático que recuerdo
con esa denominación usaba peine, era también
calibre 30,06. Ese lo tenían los soldados en el
ejército. Nosotros ni uno solo.
En resumen, teníamos un M-l, una Thompson, un
Springfield, tres Máuser. El resto eran fusiles
calibre 22, semiautomáticos o de repetición, y
escopetas calibre 12. Puede añadirles varias
pistolas que individualmente llevábamos algunos. El
arma más temible era la escopeta semiautomática
calibre 12 con cuatro cartuchos de nueve balines
cada uno en la recámara y uno en el cañón. Puedes
disparar en cuestión de segundos 45
proyectiles que son mortíferos. Pones fuera de
combate a cualquiera, en un combate casi cuerpo a
cuerpo, que era el tipo de combate concebido, porque
usted iba a estar dentro del cuartel con los
soldados muy próximos. Un arma mortífera.
Mire, con lo que llevábamos se podía tomar el
Moncada, no había ningún problema, hasta con menos
gente que la que nosotros llevamos. Eso está claro
por el cálculo que habíamos hecho. Se trataba de un
regimiento de soldados y un escuadrón de la Guardia
Rural: 1.500 hombres aproximadamente, cuyos puestos
de mando y dormitorios serian tomados
sorpresivamente al amanecer.
El fusilito 22 semiautomático es un arma de guerra a
mediana distancia, para lo que buscábamos, que era
dominar la guarnición y apoderarte de todas sus
armas. Las armas de guerra las tenían ellos. La
misión nuestra era ocupar las armas de guerra, si
no, ¿para qué íbamos a atacar el cuartel? Porque una
vez tomado el Moncada habríamos ocupado algunos
miles de armas, ya que además de las armas de los
soldados nos apoderaríamos de las armas de reserva y
las de la Marina y la Policía, cuerpos mucho más
débiles, que con seguridad no habrían podido
resistir una vez puesto fuera de combate el
Regimiento.
¿Que armas tenían los militares del Moncada?
De todo. Ellos las tenían de distintos tipos:
Springfield de cinco balas, Garand y M-1
semiautomáticos, ametralladoras de mano Thompson,
fusiles automáticos y ametralladoras trípode calibre
30,06 y calibre 50, morteros, etcétera.
¿Cuántos combatientes participan en el ataque?
Fueron 160 hombres. Cuarenta que empleamos en Bayamo
para tomar el cuartel y prevenir el contraataque por
la Carretera Central, y 120 para el asalto al
Moncada. Yo entrarla con 90 hombres dentro del
cuartel.
¿Todos armados?
Todos, todos.
¿Y uniformados?
Todo el mundo con uniforme del ejército de Batista y
con el grado de sargento.
¿Cómo encontraron los uniformes?
Los fabricamos en La Habana, en casa de Melba
Hernández, la compañera que está viva, y Yeyé
[Haydée Santamaría], todos ayudaron allí. También
teníamos, ya le dije, un hombre que estaba en el
cuartel, uno nuestro que era soldado, infiltrado en
el cuartel maestre de La Habana, y ese hombre compró
los uniformes, que yo no me explico cómo se las
arreglo, era muy bueno ese muchacho. Cuando tú te
pones a buscar gente para una tarea determinada, la
encuentras... Ese nos ayudó mucho a adquirir las
gorras, las viseras, y un número de uniformes del
ejército ya hechos.
¿Y cómo se iban a reconocer en medio de los soldados
de la guarnición?
¿Sabe por lo que nos distinguíamos? Aparte del tipo
de armas, por los zapatos. Los zapatos nuestros no
eran militares. Todos teníamos zapaticos de corte
bajo. Teníamos gorra y todo. Ya se imaginará la
tarea de hacer los uniformes, gorras y todo eso. La
familia de Melba Hernández nos ayudó mucho, y Yeyé,
que era muy jovencita. Ellas no eran familia, eran
amigas. Abel procedía del centro de la isla, de la
provincia de Las Villas, y estaba con su hermana en
La Habana porque era tenedor de libros de una de
esas agendas que había aquí, que vendía automóviles.
Su salario era por lo menos de 300 dólares ó
trescientos y tantos. Montané tenía otro cargo
similar.
¿En esa Granjita había espacio para que
pudieran dormir 120 personas?
No, no, allí se concentraron, pero no tuvieron
tiempo de dormir.
¿Dónde dormían?
Ellos, cuando llegaron, estaban en casas de
huéspedes en la ciudad, previamente alquiladas.
Todos esos detalles los organizó Abel. Eran dos o
tres, tal y tal casa de huéspedes, y cada uno iba la
que correspondía a su grupo. La coincidencia con los
carnavales, que atraían a muchos visitantes,
facilitaba el movimiento.
Ellos Ilegan, se movilizan de noche. Empiezan a
llegar entre s 10:00 o las 11:00 de la noche a la
granja. Porque el ataque iba a ser a las 5 de la
mañana y no había por qué tenerlos allí. En la
granjita recibieron las instrucciones.
Cuando usted liega a la Granjita Siboney es la hora
de la verdad para sus compañeros. ¿Ellos conocían el
objetivo?
Ellos estaban mentalmente preparados, ya le dije que
los habíamos movilizado varias veces, para prácticas
de tiro con rifle 22 u otros objetivos.
¿Pero sabían que iban a atacar el cuartel Moncada?
No. En la granjita es donde ellos se enteran cuál es
el objetivo, porque ellos estaban educados en la
idea de que no lo sabrían, y serian movilizados.
Varias veces fueron movilizados para otras cosas.
Bueno, entonces surge un problema. Hay una célula de
cinco estudiantes que eran “comecandelas”, les
llamábamos así, porque eran los superguapos, se
creían los más valientes, y cuando se enteran de que
vamos a tomar el Moncada, se arrepienten. Invitarlos
había sido casi una deferencia. Más bien que
entrenados por nosotros, aquellos cinco eran
estudiantes de la Universidad, porque Pedrito Miret
había entrenado a varios cientos de estudiantes, y
algunos se enteran allí de nuestra actividad. No
eran de la organización principal de la Universidad,
sino una especie de combatientes por la libre, pero
muy exaltados, que se querían comer el mundo.
Se unieron y vinieron. Era como una especie de
alianza o microalianza que teníamos con ese
grupito... Eran activos enemigos de Batista y se
mostraban deseosos de entrar en acción. Por eso vino
ese grupito, chiquitico, de los más guapos, bueno,
de los que aparentaban ser más guapos, porque los
estudiantes en general eran muy valientes.
Y en la Granjita, cuando se enteran de que el
objetivo es el asalto al cuartel, ¿ellos no van?
No. Ellos cuando yen todo aquello, yen una tropa que
llega, porque llega la tropa nuestra, grupo tras
grupo, en todo ese periodo, bien entrenados para el
combate... Cuando en la madrugada saben por fin cuál
es el plan, y distribuimos uniformes, armas y todo,
se arrepienten... Ese grupo de muchachos muy
exaltados, muy guapos... decide no participar.
Entonces yo les digo: “Bien, quédense atrás y vayan
después de nosotros, al final de la caravana, y
sígannos, no los vamos a obligar a ir al as alto.”
¿Cuál era el plan del ataque?
La misión de mi grupo era tomar la jefatura del
cuartel y aquello hubiera sido fácil. Dondequiera
que mandamos a la gente, se tomó todo por sorpresa,
una sorpresa total. El día que habíamos escogido, el
26 de Julio, era el día más importante, porque las
fiestas de Santiago son el 25 de julio. El día de
carnaval.
Yo tenía 120 hombres, los divido en tres grupos, uno
que iba delante a tomar el hospital al fondo del
cuartel. Era el objetivo más seguro, y donde envié
al segundo jefe de la organización, Abel, un
muchacho excelente, muy inteligente, muy
revolucionario. Con él estaban las muchachas, Haydée
y Melba, y ahí también estaba el medico, el doctor
Mario Muñoz, cuya misión era atender a nuestros
heridos. Al fondo había un muro que era excelente
para dominar la parte trasera de los dormitorios del
cuartel.
El segundo grupo iba a tomar el edificio de la
Audiencia, el Palacio de Justicia, de varios pisos,
con un muchacho que iba de jefe. También con ellos
estaba Raúl, mi hermano, lo habíamos reclutado e iba
como combatiente de fila.
Yo, con el tercer grupo, 90 hombres, tenía la misión
de tomar el Estado Mayor con siete hombres y el
resto tomaría las barracas. Cuando yo me detuviera,
se detendrían los demás carros frente a las
barracas. Los soldados iban a estar durmiendo, y
serian empujados hacia el patio trasero —el patio
quedaba dominado por el edificio donde estaba Abel y
por los que tomaron la Audiencia— desde las
barracas. Los soldados iban a estar en calzoncillos,
por lo menos, porque no habrían tenido tiempo ni de
vestirse, ni para tomar las armas. Eso no tenía
solución, y todos nosotros disfrazados de sargentos,
que era nuestra insignia.
En teoría parecía sin gran peligro.
Abel allá, al fondo, aparentemente con menos
peligro. Los que iban a la Audiencia tampoco debían
tener problemas. Yo, consciente, como es lógico, de
que Abel debía sustituirme en caso de muerte, lo
envió para aquella posición. A Raúl, recién
reclutado, lo envío con el grupo que debe cumplir
una misión relativamente más peligrosa, importante,
pero tampoco a mi juicio demasiado complicada.
Sentía sobre mi conciencia todo el peso de la
responsabilidad ante mis padres de incluirlo a su
edad en aquella audaz y temeraria acción; yo, como
era mi deber y una necesidad real, me autodesigno
gustoso la misión más complicada, en compañía de
Jesús Montané, Ramirito Valdés y varios del grupo de
Artemisa que tomarían la entrada y quitarían las
cadenas que bloqueaban la entrada de vehículos.
¿A qué hora salen ustedes de la granjita?
A las 4:45, aproximadamente.
¿Y a qué hora empieza el ataque?
A las 5:15 exacto atacamos, porque a esa hora los
soldados tenían que estar durmiendo y debla ser
antes de que se levantaran. Se necesitaba cierta
cantidad de luz y, a la vez, hacerlo cuando todos
los soldados estuvieran todavía dormidos.
¿Era de día ya?
Santiago está al Este del país, amanece alrededor de
20 minutos antes que en la capital. Ya había la
claridad suficiente para poder atacar. Todo eso
estaba calculado. De no ser así no podía intentarse
tal acción. La tarea no era nada fácil con hombres
que, aunque entrenados por pequeños grupos, nunca
habían actuado juntos todos, buscar todos los
pedazos, armar el rompecabezas y darle a cada uno su
misión.
El ataque empieza a las 5:15. ¿Cómo se lleva a cabo?
En aquella operación yo tenía 120 hombres, como le
dije, menos aquellos estudiantes que se arrepienten,
y unos 16 autos. En cada carro íbamos por lo menos
ocho. Con uno que se quedó y con otro carro que se
descompone, tengo dos carros menos. Pero sigo, va
delante el primer carro, el que va a tomar la posta
de los centinelas de la entrada. Yo voy en el
segundo, a una distancia de 100 metros, por la
carretera aquella de Siboney a Santiago, estaba
amaneciendo, y nosotros pensando en la sorpresa
total, antes de la hora en que debían levantarse los
soldados. Era julio, y el sol sale más temprano por
allá en Oriente. Así que ya nosotros llegamos de
día. Hubo que atravesar un puente estrechito ya
entrando en la ciudad, en fila, uno por uno, cada
carro, eso nos retrasó algo.
Varios cientos de metros más adelante, tal vez mil,
habría que medirlo con precisión, el primer carro
que avanza por la avenida Garzón, que conduce hacia
las proximidades del cuartel, varias manzanas más
adelante, dobla a la derecha, doblo yo, doblan otros
carros; pero el carro en el que venían los que
habían decidido no participar en el ataque en su
nerviosismo se había metido por el medio, se había
adelantado a otros carros, y algunos de estos —que
llevaban armas eficaces—, en vez de doblar, siguen
erróneamente detrás de ellos. Después se dieron
cuenta, y vuelven. Naturalmente, yo no podía
percatarme de este incidente que supe después.
Me aproximo al cuartel con 20 ó 30 hombres menos.
Claro, cuento, además, con aquellos que envié al
edificio que está detrás del objetivo, por lo menos
20 hombres. Están, además, los que salieron unos
minutos antes para ocupar la Audiencia. Era fuerte
el grupo que me seguía, porque la idea era tomar el
Estado Mayor y penetrar en las barracas.
Va delante la gente de Ramirito Valdés, Jesús
Montané, Renato Guitart y otros. Montané se había
ofrecido para ir voluntario, en la misión de tomar
la entrada. El carro de ellos va delante de mí, y yo
voy como a 80 metros, el tiempo que ellos tardarían
en dominar los centinelas de la entrada del cuartel
y sacar las cadenas que impedían el paso de los
carros hacia el interior de la instalación militar.
Ya ese primer carro, en la distancia
correspondiente, se atrasa un poquito, se detiene al
llegar al objetivo, bajándose los hombres para
arrestar a los centinelas y quitarles las armas. Es
entonces cuando veo, más o menos a 20 metros delante
de mi carro, a una patrulla de dos soldados con
ametralladoras Thompson, que venían para acá, por la
acera de la izquierda, desde el cuartel hacia la
avenida por la cual veníamos y de donde doblamos
para tomar la calle que nos condujo directamente
hacia la entrada del cuartel. Ellos se dan cuenta de
que pasa algo ahí en la posta de los centinelas, y
están como en posición de disparar sobre el grupo de
Ramirito y Montané, que habían desarmado a la posta,
o así me pareció.
En una fracción de segundo dos ideas me pasan por la
mente: una muy correcta y otra nada correcta, y no
debí haber intentado ninguna de las dos. Porque
cuando veo que los soldados se viran hacia la
entrada con sus dos ametralladoras, dándome la
espalda, aminoro la velocidad del carro y me acerco
para capturarlos. Yo voy manejando, llevaba la
escopeta aquí [señala a la izquierda], una pistola
aquí [señala al lado derecho de la cintura) y,
además, conduciendo; entonces me les acerco buscando
dos cosas: una, evitar que dispararan a la gente de
Ramirito, Montané y Renato, es decir, el grupo que
toma la entrada, y dieran la alarma, y otra, ocupar
las dos ametralladoras Thompson.
Había otra forma de acción, que después comprendí
perfectamente cuando tuve un poco más de lectura y
conocimientos: lo que debí hacer fue olvidarlos y
seguir. Si esos dos soldados veían otro carro y otro
carro y otro carro, no disparaban. Pero lo cierto es
que trato de proteger directamente a los compañeros,
me les acerco, y ya me voy a bajar para
sorprenderlos y capturarlos de espalda, pero en el
momento en que estoy acercándome —estarla como a dos
metros ya— ellos se percatan, yen mi carro, se viran
y apuntan con sus armas. Entonces lo que hago,
porque el carro todavía estaba en movimiento, es que
se lo lanzo sobre la acera, arriba de los dos. Yo
estaba ya hasta con la puerta abierta para bajarme,
pistola en la mano derecha.
¿Qué ocurre? La gente que está conmigo se baja. El
personal de los carros que vienen detrás hacen lo
mismo. Ellos creen que están dentro del cuartel. Su
misión es tomar las estaciones que tuviesen enfrente
y empujar a los soldados hacia un patio, en
calzoncillos porque iban a estar durmiendo, no había
problemas; descalzos, en calzoncillos y sin armas,
los haríamos prisioneros.
Mientras tanto, el Palacio de Justicia lo toma el
grupo dos. Abel, con 20 hombres, las dos mujeres y
el medico, ya había tomado la parte que mira hacia
el cuartel del hospital civil “Saturnino Lora”. El
era el segundo jefe, y estaba en el lugar de menos
peligro porque era el sustituto. En caso de que yo
cayera, debla asumir la dirección del Movimiento.
Como le digo, nosotros íbamos a empujar a los
soldados a un patio, y Abel y el otro grupo iban a
dominar todo porque estaban más altos; el hospital
dominaba el patio y el Palacio de Justicia lo
dominaba también, y el club de oficiales. Iban a
estar dominados.
¿Qué es lo que no funciona entonces?
¿Dónde
está la desgracia? En esa posta cosaca, esa patrulla
de soldados con la cual no se contaba. Parece que
los carnavales originaron esa medida que no
conocíamos. No calculamos que, con motivo de que
había tanta gente en la ciudad, fiestas y bastante
bullicio, pusieron una posta cosaca que iba desde el
lugar donde estaba la entrada hacia la avenida por
donde nosotros doblamos en dirección a la entrada
del cuartel Moncada, y esa patrulla volvía, y da la
casualidad...
Ya Ramirito, Montané y los otros han tomado la posta
de los centinelas, cuando llegan esos dos hombres
con ametralladoras, que están de espaldas, están a
punto de disparar allí, porque yen algo raro. Llega
el segundo carro, que era el mío, cuya misión, como
ya señalé, era ocupar el Estado Mayor, se me ocurre
esa doble intención, una justificada: evitar que les
tiraran a ellos, que estaban como a 80 metros,
porque el carro que me precedía, el de Ramirito, iba
como a 100 metros delante, tuvieron tiempo para
bajarse, desarmar a los centinelas y cumplir su
misión.
La situación es que los que van en los demás carros
detrás de mí, al ocurrir el incidente se bajan, uno
de los que va conmigo, al bajarse por la derecha
hace un disparo, y todos los que van detrás de mi
carro se bajan a cumplir la instrucción asignada la
madrugada de ese día en Siboney. Entonces el tiroteo
se generaliza.
Fue muy duro. Habíamos logrado la sorpresa total.
Tres minutos después el puesto de mando y los
principales puntos de la instalación habrían estado
en nuestras manos. Habría podido lograrse aun con la
mitad de los 90 hombres que partieron conmigo de
Siboney. Lo creo firmemente cincuenta años después
de los hechos.
¿Al primer disparo tenían que salir?
No, ese disparo es accidental, parece que como
resultado de ver a los soldados con ametralladoras
allí delante... Unos se bajan por la derecha, yo
bajo por la izquierda, se bajan también los que
están detrás, y todos los que están en los carros de
atrás se bajan y penetran en una edificación
relativamente grande y con la misma arquitectura que
las demás edificaciones militares del cuartel. Era
nada menos que el hospital militar y penetran en él
confundiéndolo con el objetivo que debían ocupar.
Cuando suena el primer disparo, y otro y otro, el
grupo de Ramirito y Montané ya han tomado la posta,
han quitado la cadena, entran en una de las
barracas. Van hacia el depósito de armas. Cuando
llegan, se encuentran con la banda de música del
Ejército durmiendo allí. Parece que las armas las
habían retirado en el cuartel maestre en ese
momento, y ya la confusión...
Los de Abel toman el edificio que debían ocupar.
Abel conocía bien el plan. El grupo en el que va
Raúl ya ha tomado el Palacio de Justicia.
Entonces se produce el incidente de los soldados.
Ahí es donde ellos, los grupos de Ramirito, de Abel
y de Raúl, que ya han tomado sus objetivos, oyen el
combate fuerte, pero no saben lo que está pasando.
Escuchan simplemente un descomunal tiroteo. Todos
los soldados, ya alertados, disparan en cualquier
dirección. Fue un tiroteo que parecía la batalla de
Verdún.
El problema es que el combate que tiene que darse
dentro del cuartel, se produce friera del cuartel. Y
en la confusión, unos toman un edificio que no era.
Al bajarse de los carros la patrulla cosaca ha
desaparecido. Alguien de los nuestros hace un
disparo ensordecedor a pocas pulgadas de mi oído
derecho. Estaba dirigido a alguien que abrió una
ventana del edificio que teníamos delante, de
aspecto militar. Entro de inmediato en el hospital
para sacar al personal que equivocadamente ha
penetrado en él.
¿Un edificio que no era un objetivo de ustedes?
No. Se toma por error. Saco a todos los compañeros
que estaban en la parte de abajo. Logro hacerlo con
bastante rapidez. Casi puedo organizar de nuevo la
caravana con seis o siete autos, porque, a pesar de
todo, la posta de los centinelas de la entrada
estaba tomada.
Pero ya todos están disparando.
Bueno, en esos primeros momentos los soldados están
todavía vistiéndose, poniéndose los zapatos,
moviéndose y reorganizándose, bajando armas y qué sé
yo lo que están haciendo, y están tirándole a la
gente nuestra. La Guardia Rural dormía en una de
aquellas barracas, también junto al regimiento del
ejército. Ellos no dormían con los fusiles al lado,
ni tenían mando en los primeros momentos, algunos
jefes dormían en sus casas, ellos y la tropa en
general no sabían lo que estaba pasando.
El combate se libra fuera del cuartel, la enorme y
decisiva ventaja de la sorpresa se había perdido.
Entro, como dije, en el edificio del hospital, logro
sacar y montar otra vez un número reducido de
compañeros en varios carros; cuando de repente un
carro que viene de atrás nos pasa veloz por el lado,
se acerca a la entrada del cuartel y choca con mi
propio carro. Así como le cuento. Uno, por su propia
iniciativa, en medio del tiroteo creciente, se
adelanta, retrocede y choca con fuerza el carro mío.
Entonces me bajo... No había manera. La gente en
aquellas adversas e inesperadas circunstancias
mostraba notable tenacidad y valentía. Se produjeron
heroicas iniciativas individuales, pero ya no había
forma de encontrar una solución a la situación
creada. El combate andando y, bueno, una
desorganización tremenda...
Hemos perdido el contacto con el grupo del carro que
tomó la posta. Los de Abel y Raúl, con los cuales no
tenemos comunicación, solo pueden guiarse por el
ruido de los disparos, ya decreciente por nuestra
parte, mientras el enemigo, recuperado de la
sorpresa y organizado, defendía sus posiciones.
Junto a un compañero llamado Gildo Fleitas, ya hablé
de él, quien con gran serenidad estaba de pie en la
esquina de un edificio próximo al punto donde
chocamos con la patrulla cosaca, observaba la
desesperada situación, comprendía perfectamente casi
desde los primeros momentos que no había ya
posibilidad alguna de alcanzar el objetivo. Tú
puedes tomar un cuartel con un puñado de hombres si
su guarnición está dormida, pero un cuartel con más
de Mª soldados, despiertos y fuertemente armados, no
era ya posible. Más que los disparos, recuerdo el
ensordecedor y amargo ruido de las señales de alarma
que dieron al traste con nuestro plan.
Eso es ya misión imposible.
Se podía haber tomado. Si fuera a hacer un plan de
nuevo lo haría exactamente igual. Ahora, una sola
cosa habría sido el cambio... Nosotros estábamos
ansiosos de armas, es verdad, y la primera idea que
tuve al ver la presencia sorpresiva de esa patrulla
cosaca fue proteger a la gente, pero, además, de
paso, arrebatarles a los guardias las dos
ametralladoras. Nada, esas cosas pasan en fracción
de segundos por la mente. La protección de los
compañeros en peligro era la idea principal.
Si el carro mío pasa sin detenerse y después otro y
después otro y otro, aquellos guardias se paralizan
y no disparan. La forma de que no dispararan contra
la gente de Ramirito, Montané y demás compañeros era
ver pasar otro carro, y otro y otro, y otro, y la
sorpresa de que llegamos nosotros. Les tomamos el
cuartel pero muertos de risa. Si uno se baja vestido
de sargento, con un arma en la mano y exclama:
“¡Abajo todo el mundo!”, “¡Al suelo todo el mundo!”,
se toma el puesto de mando. Abel y los otros ya
habrían ocupado sus objetivos y habrían dominado los
patios traseros de las barracas. Ese era el plan
realmente.
¿Cuándo decide usted ordenar el repliegue?
El tiroteo continuaba fuertemente. Ya expliqué, con
bastante detalle, lo ocurrido. Pero recordándolo
todo francamente y con absoluta objetividad, pienso
que no habían transcurrido más de 30 minutos y tal
vez menos cuando me resigné a la realidad de que el
objetivo era ya imposible. Yo conocía más que nadie
todos los detalles y elementos de juicio. Había
concebido y elaborado con todos sus detalles el
plan.
Liega un momento en que ya comienzo a dar órdenes de
retirada. ¿Qué hago? Me paro en el medio de la
calle, tengo mi escopeta calibre 12, y en el techo
de uno de los edificios del cuartel hay una
ametralladora pesada calibre 50 que podía barrer la
calle, porque apuntaba directamente a ese punto. Un
hombre trataba de manipularla, estaba allí solo,
parecía un monito con sus rápidos movimientos para
utilizar el arma y disparar. Tuve que encargarme de
él, mientras los hombres tomaban los carros y se
retiraban. Cada vez que intentaba posesionarse del
arma le disparaba. Bueno, yo estaba en un estado de
ánimo también que usted podrá imaginarse.
Ya no se ye a nadie, ni un solo combatiente se ye, y
en el último carro me monto, y después de estar
dentro, a la derecha de la parte trasera, aparece un
hombre de los nuestros allí, uno que ha llegado allí
y que se va a quedar a pie. Entonces, me bajo y le
doy mi puesto. Y le ordeno al carro que se retire.
Y me quede allí, en el medio de la calle, solo,
solo, solo. Ocurren cosas inverosímiles en tales
circunstancias. Allí estaba solo, en la calle,
frente a la entrada del cuartel, es de suponer que
en ese momento era absolutamente indiferente ante la
muerte... A mí me rescata un automóvil al final. No
se cómo ni por que, un carro viene en mi dirección,
liega hasta donde estoy, y me recoge. Era un
muchacho de Artemisa, que manejando un carro con
varios compañeros entra donde yo estoy, y me
rescata. No pude después, no me dio tiempo,
preguntarle todos los detalles. Yo quise siempre
conversar con ese hombre para saber cómo se metió en
el infierno de la balacera que había allí. Pero como
en otras muchas cosas, usted cree que tiene cien
años para hacerlo... Y ese hombre desgraciadamente
murió hace más de diez años.
¿Era del grupo de ustedes?
Sí, uno de los nuestros. Santana se llamaba, parece
que él se percata de que yo me he quedado atrás y se
acerca a buscarme. Era uno de los que ya había
salido y parece que en un momento determinado se
percató y viró para atrás para buscarme. Por ahí
debe haber cosas escritas o testimonios sobre aquel
episodio.
Yo estaba solito allí, lo que tenía era mi calibre
12, no sé qué guerra habría librado, o cuál serla el
fin... Bueno, tal vez yo habría tratado de retirarme
por alguna callejuela, digo yo.
¿Usted llego a disparar?
Sí, contra el hombre este que no tiraba, que
intentaba disparar contra nosotros desde un techo
con su ametralladora 50, y no llegó a tirar ni una
sola vez.
¿Usted le impedía disparar?
Sí, él se movía e intentaba utilizar la
ametralladora, yo le disparaba y él se lanzaba al
suelo. Instantes después volvía otra vez el hombre a
coger la ametralladora y yo hacía lo mismo. Varias
veces él intentó hacerlo, y no sé, parece que se
arrepintió y no la tomó, porque pasó todo esto que
le estoy contando, y mientras estoy ocupándome del
hombre con la ametralladora pesada los carros
nuestros están retirándose, con el personal que me
acompañó con la misión de penetrar en el cuartel y
tomarlo.
En esas circunstancias la gente actúa casi por
iniciativa propia. Este Santana que me viene después
a buscar lo ha hecho con seguridad por iniciativa
propia. Entra, viene y me recoge. El me monta. El
carro lleno, le digo: “Vamos para El Caney.” Pero
hay varios carros esperando en la avenida, a los que
trasmitimos la instrucción. Uno que va delante no
sabe dónde está El Caney y en vez de seguir recto
hacia El Caney gira hacia la derecha en dirección a
Siboney. Eran tres o cuatro carros, el que me
recogió era el segundo o tercero de la pequeña
caravana.
Yo conocía bien El Caney, que era un lugar donde
hubo un combate importante al finalizar la segunda
guerra de independencia en 1898. Había un cuartel
allí relativamente pequeño. Mi idea era llegar por
sorpresa y tomarlo, yo pensaba tomar aquello para
apoyar a los de Bayamo. Yo no sabía lo que estaba
pasando en Bayamo. Doy por supuesto que ellos han
tomado aquel cuartel. Y era para mí en ese instante
la preocupación principal. Pero ya nuestra gente ha
sufrido un duro golpe y es difícil llevarla de nuevo
a la acción.
¿Que hicieron los demás grupos?
Del grupo que iba conmigo, al retiramos no se
ye a nadie más por ninguna parte. Después supimos
que algunos, como Pedro Miret, se habían parapetado
en algún punto y no se sabía ni había contacto con
ellos.
El grupo que toma el edificio del Palacio de
Justicia se percata de lo que ha ocurrido y el jefe
baja con su patrullita, en la cual estaba Raúl. A la
salida hay un sargento con varios hombres que los
conmina a rendirse. El jefe del grupo entrega las
armas y Raúl, que era soldado de fila, y los demás
también las entregan; pero es en ese instante cuando
Raúl salva a esta gente y se salva él. Actuó rápido,
con mucha velocidad: ye que el sargento aquel anda
con una pistola, temblando, entonces le arranca la
pistola y hace prisioneros a los que los tenían
prisioneros a ellos; y después se retiran. Estaban
prisioneros y han capturado a los que los tenían
prisioneros; de lo contrario, les habría pasado lo
que a todos los demás: tortura, y ejecución...
Ellos, al retirarse, buscan por dónde llegar,
cambiarse, moverse y después se dispersan.
¿Ustedes habían previsto eso?
No, nosotros no habíamos previsto aquello.
¿No habían previsto algo para una eventual retirada?
No, qué demonios vamos a prever algo. ¿Cómo se puede
prever la retirada en una operación como aquella?
Pero si algo fracasaba, ¿no habían previsto una
solución de retirada?
No, no. En un tipo de operación concebida como ya le
expliqué, ¿cómo te vas retirar si estás dentro del
cuartel y no logras dominar la guarnición? Ellos
tienen postas por todas las entradas o salidas
posibles, ¿por dónde te vas a retirar?
Se había logrado lo esencial, que era la sorpresa
total hasta el choque imprevisible y casual con la
posta cosaca, y uno se lamenta mucho de no saber lo
que habría pasado; no tengo la menor duda de que los
militares allí caen prisioneros completos y en
cuestión de minutos, así, como le digo. La confusión
en sus filas habría sido terrible, los uniformes
contribuirían a la terrible confusión.
¿Los de Abel, al ver todo esto, tratan de huir?
No, se quedan allí como esperando, porque la gente
del hospital trató de protegerlos. Todos los del
hospital los apoyan, los disfrazan y tratan de
protegerlos, cuando se hace evidente para ellos el
fracaso y seguramente nos creían a todos muertos. Yo
estaba tranquilo con relación a ellos, pues Abel
conocía con toda precisión el plan. Mi preocupación
instantánea cuando el carro llega a rescatarme fue
cómo apoyar a la fuerza que atacó el cuartel de
Bayamo.
Habría que hablar con Melba, que todavía se acuerda;
y todo eso está escrito, solo excepcionalmente me
pongo a hablar de esto. ¿Cómo se llama aquel
historiador de los primeros tiempos? Tiene la
historia, porque ése si interrogó a todo el mundo.
¿Cómo se llamaba?, aquel que escribió la historia,
el francés.
Robert Merle. Hizo un libro magnifico. Pero me
interesa su versión, la versión de usted personal.
Si. Nunca tuve oportunidad de explicarle a Merle lo
que te estoy contando.
¿Cuántas bajas tuvieron ustedes?
Hubo cinco muertos en combate y otros 56 que fueron
asesinados. Los cinco muertos en combate son Gildo
Fleitas, Flores Betancourt, Carmelo Noa, Renato
Guitart y Pedro Marrero. Fueron casi todos los que
venían en el primer carro, los que se pusieron en la
esquina aquella, y que tomaron la posta de la
entrada. Bueno, Gildo no, porque Gildo estaba
conmigo fuera mientras intentábamos poner de nuevo
en marcha un grupo de carros para penetrar en el
cuartel.
Estaría usted tremendamente abatido por esa
situación.
En aquel momento sufrí un dolor terrible por lo que
había pasado. Pero estaba dispuesto a proseguir la
lucha. Digo: “Aquellos, en Bayamo, se van a quedar
solos”, en el supuesto de que hayan tomado el
cuartel. Entonces, como le dije, mi idea era ir en
dirección del cuartel de El Caney para atacarlo, en
apoyo de los de Bayamo, para crear una situación de
combate en la zona de Santiago de Cuba. Sí, mi idea
era tomar por una avenida que conduce directo a la
carretera de El Caney, y éramos alrededor de 20
hombres. Pero el carro que va delante, le dije, se
equivoca, toma en dirección de regreso por la
carretera de Siboney, y ya no había manera de atajar
al primero y hacer la operación de El Caney antes de
que se dieran cuenta. Ya yo ahí no voy manejando, a
mí me ha recogido otro carro.
¿Seguían ustedes con los uniformes?
Sí, con los uniformes.
¿Y con las armas?
Con las armas, todas, hasta el último minuto, hasta
varios días después de esa historia.
< |