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Cien Horas Con Fidel-Capítulo 05-El asalto al cuartel Moncada.

 

 

EL ASALTO AL CUARTEL MONCADA

 

PREPARACIÓN – LOS HOMBRES – LAS ARMAS – LA ESTRATEGIA –
LA GRANJITA DE SIBONEY – EL ATAQUE – LA RETIRADA

 

 

¿Cuándo decide usted atacar el cuartel Moncada?

Cuando yo advertí, porque sospechaba, tenía indicios, de que se iba a producir un golpe de Estado de Batista, se solicitó a algunos que investigaran y volvieron y le dijeron a la dirección del Partido Ortodoxo, de la cual yo no era miembro, que no había peligro, que todo estaba muy tranquilo. Ya le conté.

¿Cuándo decidimos atacar el Moncada? Cuando nos convencimos de que nadie haría nada, de que no habría lucha contra Batista, y de que un montón de grupos que existían —en los que había mucha gente que militaba en varios— no estaban preparados ni organizados para llevar a cabo la lucha armada.

Un profesor universitario, Rafael García Bárcena, por ejemplo, vino a hablar conmigo, porque quería atacar el cuartel Columbia de La Habana. Me dice: “Yo tengo gente dentro que apoya.” Le digo: “¿Usted quiere atacar Columbia, tomarlo, porque le van a franquear el camino? No hable entonces con ningún otro grupo, que nosotros tenemos los hombres suficientes.” ¡Ah!, hizo todo lo contrario, habló como con treinta organizaciones, y a los pocos días toda La Habana, incluso el Ejército, sabía lo que preparaba aquel profesor, un hombre bueno, decente, que daba algunas clases de esas que los militares con rango reciben como parte de su preparación. Bárcena era uno de esos profesores. Como era de esperar, todo el mundo cayó preso, incluido el profesor.

Ya desde antes del esperado desenlace, que se produce algunas semanas después de mi conversación con Bárcena, decidimos actuar con nuestra propia fuerza, que era superior en número, disciplina y entrenamiento a todas las demás juntas. Duele decirlo, pero era así. Entre aquellas organizaciones, una de las más serias y combativas era la Federación Estudiantil Universitaria. Pero sus más brillantes páginas, bajo la dirección de José Antonio Echeverría, recién ingresado a la Universidad, y del Directorio Revolucionario, estaban por escribir.

Analizamos la situación y elaboramos el plan. Hablamos escogido para iniciar la lucha a Santiago de Cuba. No volví a conversar con el profesor. Un día, cuando regresaba de un viaje por carretera a Santiago, escuché por radio la noticia de la captura de Bárcena y varios grupos de civiles en distintas esquinas alrededor de Columbia.

¿Cómo consigue usted reunir al grupo de militantes que van a atacar el Moncada?

Yo había hecho un trabajo de proselitismo y de prédica, porque tenía ya una concepción revolucionaria y el hábito de estudiar a cada combatiente que voluntariamente se ofrecía, calar bien sus motivaciones y esclarecerles normas de organización y de conducta, explicarle lo que podía y debía explicarles. Sin aquella concepción no se podía concebir el plan del Moncada. ¿Sobre la base de qué? ¿Con qué fuerzas vas a contar? ¿Un ejército de la nada? Si no cuentas con la clase obrera, los campesinos, el pueblo humilde, en un país terriblemente explotado y sufrido, todo carecería de sentido. No había una conciencia de clase; había sin embargo, lo que a veces yo calificaba como un instinto de clase, excepto en aquellos que eran miembros del Partido Socialista Popular [comunista] bastante instruidos políticamente. Hubo un Mella, líder universitario, joven, brillante, que junto a un luchador de la guerra de independencia había fundado en 1922 el Partido Comunista de Cuba. Pero en 1952 ese partido estaba aislado políticamente, en plena época de macartismo y bajo la influencia de una feroz campaña imperialista, con todos los medios a su alcance, contra todo lo que oliera a comunismo. La incultura política era enorme.

¿Tardó usted mucho en reunir a esos hombres?

Eso fue relativamente rápido. Me asombraba la rapidez con que, usando una argumentación adecuada y un número de ejemplos, tú persuades a alguien de que esa sociedad es absurda y que hay que cambiarla. Inicialmente comencé esta tarea con un puñado de cuadros. Había mucha gente que estaba contra el robo, la malversación, el desempleo, el abuso, la injusticia; pero creía que eso se debía a los malos políticos. No podían identificar el sistema que ocasionaba todo eso, Ya se sabe que las leyes del capitalismo, invisibles para el común de las gentes, actúan sobre el individuo sin que éste se percate. Existía en muchos la convicción de que si traían del cielo un arcángel, el más experto, y lo ponían a gobernar la República, con él vendría la honradez administrativa, se podrían adquirir más escuelas y nadie se robaría el dinero para la salud pública y otras apremiantes necesidades.

No podían comprender que el desempleo, la pobreza, la falta de tierras, todas las calamidades, el arcángel no podía resolverlas, porque aquellos enormes latifundios, aquel sistema de producción no admitía ponerle fin absolutamente a nada. Mi convicción total era que el sistema había que erradicarlo.

Aquellos muchachos eran ortodoxos, muy antibatistianos, muy sanos, pero no poseían educación política. Tenían instinto de clase, diría, mas no conciencia de clase.

Nosotros, como expliqué inicialmente, comenzamos a reclutar y entrenar los hombres para participar, corno algo que parecía elemental, junto con los demás, en una lucha por restablecer el status constitucional de 1952, cuando fue interrumpido, dos meses y 20 días antes de las colecciones, por Fulgencio Batista, un hombre que tenía gran influencia militar, y concibió el golpe de Estado a partir de su convicción de que no tenía posibilidad alguna de ganar las elecciones.

Nos organizamos como fuerza entrenada, repito, no para hacer una revolución, sino para unirnos a todas las demás fuerzas, porque después del golpe del 10 de marzo de 1952 era elemental que se unieran todas las fuerzas. Estaba el partido de gobierno, el Auténtico, bastante corrompido, pero Batista era peor.

Había una Constitución, había todo un proceso legal, y 80 días antes de las elecciones de junio, aquel 10 de marzo de 1952, Batista dio el golpe. Las elecciones iban a ser el 10 de junio. El era también candidato de su partido, pero las encuestas decían que él no tenía posibilidad alguna de ser elegido. Entonces cuando da el golpe, todo el mundo comienza a organizarse y hacer planes.

¿De qué fuerzas disponían ustedes?

Nosotros no teníamos ni un centavo, no teníamos nada. Yo lo que tenía eran relaciones con aquel partido, el Ortodoxo, que si tenía su juventud, todos muy antibatistianos, porque eran como la antítesis de Batista, no había ninguna otra organización comparable. Un buen nivel patriótico. No podía afirmarse que tenían, ya le expliqué, un nivel de conciencia política, revolucionaria, de clase, porque al fin y al cabo la dirección de aquel partido, como siempre, excepto en La Habana, donde había un grupo de intelectuales, iba cayendo en manos de ricos y de terratenientes.

Pero la masa de ese partido era buena, de pueblo trabajador y sano, incluidas capas medias, ni siquiera muy antiimperialista, porque eso era algo que no se discutía; lo discutían casi únicamente en los círculos del Partido Comunista.

¿A cuántos hombres entrenaron ustedes para el asalto?

Nosotros entrenamos a 1.200 jóvenes. Habíamos creado un pequeño ejército. Yo hablé con cada uno de ellos, trabajaba con bastante asiduidad y muchas horas. En unos meses habíamos reclutado a 1.200 hombres. ¡Cincuenta mil kilómetros recorrí en un auto!, que se fundió unos días antes del Moncada, un Chevrolet beige, que tenía chapa número 50315. Aún la recuerdo. Entonces cambié para otro carro alquilado.

Nosotros penetramos otras organizaciones. Había una que era del partido del corrompido gobierno derrocado que tenía armas de guerra en abundancia, tenía de todo, lo que no tenían eran hombres. Ex jefes militares de aquel gobierno estaban buscando y organizando fuerzas. Utilizando la personalidad, el dinamismo y la agilidad mental de Abel, logramos hacerles creer que podían contar con tres grupos de 120 combatientes cada uno, bien entrenados, que fueron inspeccionados por ellos en grupos de 40 en diversos puntos de la capital. Se impresionaron. No querían otra cosa. Pero era mucho. Fue demasiada nuestra ambición. Sospecharon y rompieron el contacto. Todos los jóvenes y jefes eran nuevos. Quizás adivinaron la maniobra y mi nombre no podía siquiera mencionarse. Había escrito varios artículos denunciando hechos sumamente graves e inmorales que el periódico de más circulación los publicó sucesivamente en la edición especial de los lunes con todas las pruebas pertinentes. Esto tuvo lugar varios meses después de la muerte de Chibás. Por ello me culpaban de haber socavado el Gobierno propiciando el golpe de Estado.

Nosotros reclutamos y entrenamos, ya le digo, en menos de un año a 1.200 jóvenes. Eran casi todos de la Juventud Ortodoxa y logramos una gran disciplina y unidad de criterio.

Y todos muy jovencitos entonces.

Todos, todos. Era gente joven, de 20, 22, 23, 24 años. De más de 30 años, quizás uno, Gildo Fleitas, que trabajaba en la oficina del Colegio de Belén, y yo lo conocía desde entonces, ya habían pasado siete años desde que me había graduado de bachiller en esa escuela el año 1945. Los otros eran de células que organizamos en los distintos municipios, con jóvenes destacados. De donde más llevamos fue de Artemisa, que pertenecía entonces a la provincia de Pinar del Río, un número que ascendía como a 20 ó 30, un grupo muy bueno, y también otros, de toda la capital y varios municipios de la antigua provincia de La Habana, que comprendía el territorio de lo que son hoy dos provincias.

En esa época había muchas organizaciones de distinto tipo, y había muchos jóvenes que estaban en una, en otra y en otra.

Yo había reclutado a algunos de esos que conocía, pero principalmente a muchos no los conocía, porque a los dirigentes oficiales del Partido Ortodoxo yo no los frecuentaba... Bueno, a algunos Sí, estaba Max Lesnick, Ribadulla, hasta un tal Orlando Castro que después se fue para Venezuela y se convirtió en millonario allí. Al principio muchos estaban girovagando, como se decía, y en la charlatanería política.

Yo use la oficina del Partido Ortodoxo de La Habana, porque allí iba cada día mucha gente a conversar e indagar noticias. Eso era útil. En un pequeño cuartico me reunía con pequeños grupos de a cinco, seis o siete jóvenes. Ya expliqué ese trabajo. La tarea que hacíamos era de persuasión y adoctrinamiento contra la corrupción. El Partido Ortodoxo era un partido de capas medias, de gente humilde, de trabajadores, empleados, profesionales, campesinos. Había también desempleados. Algunos trabajaban en tiendas, otros en fábricas, como Pedro Marrero, o por su cuenta, como Fernando Chenard, fotógrafo. Y, bueno, algunos, como los hermanos Gómez, cocineros del Colegio de Belén, que al igual que Gildo Fleitas conocí en aquella instalación, magnificas personas.

Recuerdo que los días subsiguientes al golpe de Estado del 10 de marzo de 1952, entre los primeros que recluté, bueno, que se unieron, estaban Jesús Montané  y Abel Santamaría. Yo organicé un circulito de estudio de marxismo en Guanabo, donde me prestaron una casa, y el material que use fue la biografía de Marx de Mehring, me gustaba aquel libro, que contiene una bella historia. Abel y Montané participaban en el curso. Descubrí una cosa: lo más fácil del mundo, en aquellas circunstancias, era convertir a alguien en marxista. Yo tengo un poco el hábito de la prédica.

Debe ser por su educación cristiana.

Quizá. Ya yo había rebasado mi etapa de comunista utópico, cuando no había leído a Mari ni a otros autores socialistas. Como le dije, en esa fase de mi opción política me sirvió mucho el lugar dónde nací y las peculiares experiencias que viví.

Aquella sociedad era caótica, carecía totalmente de racionalidad.

¿En esa época ya era usted abogado?

Yo fui el primer revolucionario profesional del movimiento, porque en mis condiciones, los militantes eran los que me sostenían. Ellos trabajaban, yo era el revolucionario profesional, porque yo, como abogado, defendía gente muy humilde, no cobraba y no tenía otro empleo.

Montané tenía hasta una cuentecita en el banco, no muy grande, pero con 2 mil ó 3 mil pesos, y un empleo remunerado, y Abel, por su parte, contaba con un salario bueno para esa época, disponía de un apartamento en un edificio del Vedado. Lo acompañaba su hermana Haydée. A los tres los conozco después del golpe de Estado de Batista.

Algunos historiadores han notado que muchos de los participantes en el asalto al Moncada eran hijos de españoles, y sobre todo hijos de gallegos. ¿Usted lo puede confirmar?

Sí, ese hecho me llamó la atención. Yo, un día, por casualidad, me puse a sacar la cuenta sobre los principales organizadores del Moncada, y me llamó la atención que muchos éramos hijos de españoles. Bueno, ya había el caso muy notable de José Martí, el héroe de nuestra independencia, que era hijo de padre y madre españoles. Y debo decir que en nuestras luchas históricas por la independencia participaron muchos españoles y gallegos. Creo que hubo un número de más de cien gallegos, y algunos de ellos destacados, que hicieron causa común con los cubanos.

En nuestro Movimiento para el 26 de julio, el segundo jefe, Abel Santamaría, un compañero valiente, extraordinario, era hijo de gallego también. Los dos primeros jefes éramos hijos de gallegos. Pero también estaba Raúl, que tuvo un papel muy destacado, y que, claro, es también hijo de gallego.

Otros dirigentes históricos del Movimiento 26 de Julio, corno Frank País y su hermano Josué País, eran asimismo hijos de gallegos. En nuestro proceso revolucionario, en la lucha en la Sierra Maestra se destacaron algunos jefes miliares que eran hijos de gallegos, o hijos de españoles, como el propio Camilo Cienfuegos.

¿Todos ustedes sentían simpatía por el marxismo?

Ya los principales dirigentes pensábamos así: Abel, Montané yo. Raúl no era todavía dirigente, porque era muy joven y era estudiante, llegado hacía poco a la Universidad. Hay un cuarto dirigente, Martinez Ararás, que era muy capaz, pero lo que le gustaba era la acción y no se preocupaba mucho por la teoría.

Si nosotros no hubiéramos estudiado marxismo —esa historia es más larga, pero solo le digo esto—, si no hubiéramos conocido en los libros la teoría política de Marx y si no hubiéramos estado inspirados en Martí, en Marx y en Lenin, no habríamos podido ni siquiera concebir la idea de una revolución en Cuba, porque con un grupo de hombres ninguno de los cuales paso por a academia militar no puede usted hacer una guerra contra un ejército bien organizado, bien armado e instruido militarmente, y obtener la victoria partiendo prácticamente de cero.

Su hermano Raúl estaba entonces en la Juventud Socialista, que era del Partido Comunista, ¿verdad?

Bueno, Raúl ya era bien de izquierda y, realmente, quien lo introdujo en las ideas marxistas-leninistas fui yo. El vino conmigo para La Habana, vivía conmigo en un penthouse chiquitico, frente a un cuartel, precisamente donde hoy está el famoso hotel Cohíba.

¿El hotel Meliá Cohíba?

El Meliá Cohíba, construido por Cuba con sus propios fondos, que opera Meliá bajo contrato de administración. Ahí había un cuartel que estaba delante, sus edificaciones eran de poca altura, no había ningún edificio alto cerca del mar. Raúl lo que hace es que, consecuente con lo que él interpretaba de la doctrina, ingresa en la Juventud del Partido Comunista.

¿Ingresa por su cuenta?

Sí, él siempre tuvo criterios muy propios.

¿Usted nunca estuvo en el Partido Comunista?

No. Y fue algo bien calculado y muy bien analizado. Pero ya eso es otra cosa. Puede llegar ese momento y se lo cuento.

¿Dónde se entrenaron para preparar el asalto?

En la Universidad fue donde nos entrenamos. Llegamos incluso a preparar grupos de comandos. Colaboró con nosotros un señor bien experto que merodeaba en tomo a los círculos revolucionarios y tan extraño que despertaba en nosotros más sospecha que entusiasmo. Pero no conocía nuestros planes ni vio nunca un arma de fuego. Parecía más bien una actividad deportiva.

¿En la Universidad de La Habana?

De La Habana. Allí estaba también Pedrito Miret, que era instructor.

¿Hicieron prácticas de tiro en la Universidad de La Habana?

No, no, eso lo organizamos en otro lugar. En la Universidad de La Habana fue el tiro en seco con Pedro Miret. En el Salón de los Mártires montó Pedrito su centro de entrenamiento. La autonomía universitaria era bastante fuerte y los estudiantes se movilizaban mucho. La Colina Universitaria tenía determinada impunidad hasta un momento, durante toda una primera etapa, y entonces allí es donde iban los que protestaban.

Miret era estudiante de ingeniería. Yo tenía muchos amigos y conocí a Miret. Entonces empecé a organizar grupos, células de lucha de 6, 8, 10 o 12 hombres y a entrenarlos; tenían sus jefes. Hice el trabajo político y de organización. A mí no se me veía la cara por aquellos lugares.

Miret ¿tenía una experiencia militar particular?

No, él no tenía ninguna, nadie había estudiado en escuelas militares. Ninguno de los que participó en esta lucha. Vaya, digamos, únicamente un soldado que teníamos reclutado y que estaba precisamente en un cuartel de La Habana... ¿Sabe dónde entrenamos para disparar con las escopetas?

¿En las afueras de La Habana?

No, en los clubes de tiro de La Habana. Nosotros disfrazamos a algunos de los nuestros de burgueses, de comerciantes, de todo, según su tipo, su estilo y sus habilidades. Algunos estaban inscritos en clubes de caza y nos invitaban a los clubes. En realidad, pudimos entrenar en plena legalidad a 1.200 hombres. No nos prestaban mucha atención, porque sabían que no teníamos un centavo, ni teníamos nada.

Los que tenían millones eran los del gobierno anterior, que tenían armas, las habían traído del exterior, tenían todos los recursos.

Usted ya se había entrenado militarmente durante el “bogotazo”.

Bueno, Sí, cuando yo estuve en el “bogotazo”, pero sobre todo en mi casa de Birán, desde que tenía 10 u 11 años yo siempre andaba con algún arma y tenía buena puntería.

También se había entrenado bastante en Cayó Confites, ¿no?

Sí, me entrené hasta en el disparo de morteros y otras armas. Es verdad que había estado casi en una guerra. Recuerde que ahí estaban muchos enemigos míos y a pesar de eso yo fui, simplemente porque era presidente del Comité Pro Democracia Dominicana. Ya habíamos algo de aquello. Eso tiene su historia, cómo se organizó aquella expedición, quiénes la organizaron y en qué momento se hace. Fue en 1947. Ya había concluido la Segunda Guerra Mundial, Trujillo llevaba mucho tiempo en el poder, tenía mucha antipatía entre los estudiantes cubanos.

¿Realmente usted sacó alguna experiencia militar de aquella aventura?

Aquello no tenía ni táctica ni estrategia.

Y, además, no funcionó.

Es una historia larga. ¿Cómo reclutaron más de mil hombres? Los recogieron en la calle.

¿Había un poco de lumpen?

Bueno, un lumpen bien preparado puede ser bueno. No lo he querido decir despectivamente. Pero carecían de preparación ideológica. Lo que más aprendí de aquello de Cayó Confites es cOmo no se debe organizar algo, cómo hay que escoger y seleccionar a la gente.

Eso le sirvió para evitar algunos errores.

Ya yo había pensado desde entonces en una guerra irregular, porque aquello era un ejército que no era ejercito. Tenían hasta aviones, y pensaban, sencillamente, desembarcar en las costas de Santo Domingo, e iban a chocar frontalmente con un ejército de miles de hombres organizado, entrenado y armado, que poseía además naves de guerra y aviación. Aquello era caótico. Se repartieron los mandos políticamente, cada personalidad cogió un mando. Entre ellos había un gran bandido, Rolando Masferrer, que en un tiempo había sido de izquierda, había sido comunista, había participado en la Guerra Civil española, y tenía cierta preparación intelectual. Fue luego uno de los peores esbirros de Batista, que organizó grupos paramilitares y cometió después numerosos crímenes. Bueno, seria cuestión de horas. Si le cuento la historia de esos procesos no acabamos nunca.

Hablemos del asalto al Moncada. ¿Considera usted que, en definitiva, ese ataque fue un fracaso?

El Moncada pudo haber sido tomado, y si hubiéramos tomado el Moncada derrocamos a Batista, sin discusión alguna. Nos hubiéramos apoderado de algunos miles de armas. Sorpresa total, astucia y engaño al enemigo. Todos fuimos vestidos de sargentos, simulando el antecedente del golpe de Estado de los sargentos, dirigido precisamente por Batista, en el año 1933. El no era el organizador principal, pero como tenía un poco más de preparación, era astuto y taquígrafo del Estado Mayor, se hace jefe del “golpe de los sargentos”. Les hubiera llevado horas reponerse del caos y la confusión que se generaría en sus filas, dándonos tiempo para los pasos subsiguientes.

¿Usted considera que el plan del ataque era bueno?

Si fuera de nuevo a organizar un plan de cómo tomar el Moncada, lo haría exactamente igual, no modifico nada. Lo que falló allí fue debido únicamente a no poseer suficiente experiencia. Después la fuimos adquiriendo.

El azar influyó también decisivamente en que un plan, que fue realmente meritorio en cuanto a concepción, organización, secreto y otros factores, fallara por un detalle que pudo ser superado simplemente. Si a mí me preguntaran hoy: ¿qué habría sido mejor?, yo hablaría de una formula alternativa, porque si triunfamos en el Moncada —debo añadir—, habríamos triunfado demasiado temprano. Aunque nada estaba calculado, después del triunfo de 1959 el apoyo de la URSS fue fundamental. No habría sido así en 1953. En la URSS prevalecía el espíritu y la política staliniana. Aunque en julio de 1953 Stalin había muerto unos meses antes, en marzo de 1953, era aún la época de Stalin. Y Stalin no era Jrushov.

En esa época yo aún no había leído sobre las operaciones audaces que se hicieron en la Segunda Guerra Mundial. SI había leído, en cambio, unas cuantas ya de nuestra propia historia. Le puedo decir los factores que influyeron en la guerrilla y los procedimientos empleados para nuestra lucha. Se va a asombrar de algunas cosas. Pero no había leído, por ejemplo, hechos como el rescate de Mussolini por Skorzeny cuando el régimen político fascista colapsa en Italia. De más está decirle que yo leí cuanto libro sobre la Segunda Guerra Mundial cayó en mis manos escrito por los soviéticos y por los alemanes, sobre todo después del triunfo de la Revolución. Le puedo decir también que había leído bastante, antes del Moncada y antes de la Sierra Maestra. Pero están las leyes de lo que se debe hacer cuando se producen determinadas situaciones. Superando de forma adecuada aquel pequeño obstáculo, el Moncada cae sin duda.

¿Ustedes atacaron solo el Moncada u otros objetivos al mismo tiempo?

Atacamos dos cuarteles: además del Moncada, el de Bayamo, como una avanzada para combatir el contraataque. Pensábamos volar o inutilizar el puente sobre el rió Cauto, a pocos kilómetros al norte de Bayamo, porque los primeros refuerzos podrían venir de Holguín y luego del resto del país. Por aire no tenían fuerzas suficientes, y la otra vía era el ferrocarril, que era mucho más fácil de defender. Tú descarrilas un tren o arrancas unos cuantos raíles. Es más fácil que neutralizar un sólido puente de acero u hormigón. Nosotros destinamos 40 hombres para tomar el cuartel de Bayamo, con el propósito de defendemos del previsible avance enemigo por la Carretera Central en un punto a más de 200 kilómetros de Santiago.

El contraataque iba a venir por tierra. Para prevenir los bombardeos por aire pensábamos abandonar rápidamente el cuartel y repartir todas las armas en distintos lugares de Santiago, para distribuirlas al pueblo, partiendo de su tradición, luchadora e independentista. La ciudad cuyo regimiento inicialmente no acató el golpe de Estado del 10 de marzo. Claro, termina acatándolo, pero el pueblo se movilizó hacia allí ese día y había un odio especial contra ese golpe.

Usted preparó muy minuciosamente ese asalto. La víspera del ataque todos los que iban a participar se fueron reuniendo en las afueras de Santiago, en la Granjita Siboney, de manera disimulada.

Todos llegamos el día antes, unas horas antes del ataque, organizado desde La Habana. De la Granjita salimos para el Moncada.

¿Cuando llegaron a la Granjita, la mayoría de sus hombres no sabían aún cuál era el objetivo?

Bueno, cuando se movieron desde La Habana hasta allá, cada grupo con su jefe, yo salgo al final, a las 2:40 de la madrugada del sábado 25, de modo que no dormí en absoluto durante 48 horas antes del ataque. Llegue de noche el mismo día 25 a la Granjita. Estaba Abel Santamaría esperándome, y los demás en las casas de huéspedes, y todo el mundo con sus carros para en el momento dado moverse. Nadie sabía de la Granjita, ese lugar solo lo conocían Abel, Renato Guitart y yo. Bueno, también Elpidio Sosa, y Melba y Haydée.

Esa granjita se alquila en abril del año 1953. Tres meses antes del ataque. Todas esas gestiones las hace Renato, joven santiaguero que era el único que conocía el objetivo, muy listo —él tenía un problema en la piel del rostro, como una mancha—, muy bueno, muy valiente y decidido. Conocía bien la ciudad de Santiago y sus alrededores. Fue guardián principal de un importante secreto.

De los que llegan de Occidente, Abel es el primero; luego llega Elpidio Sosa. Los combatientes estaban todos mentalmente preparados, se les avisaría y sería sorpresivo todo. Varias veces los habíamos movilizado para un lugar u otro, simulando una probable acción, y luego cada uno para su casa. Esa vez ya si fue con carácter definitivo. Ya los conocíamos mucho mejor a todos. Cada núcleo tenía su jefe. Se alquilaron los carros que los transportaron desde la capital, casi mil kilómetros.

¿En Santiago?

No, en La Habana, para recorrer casi mil kilómetros hasta Santiago. Nosotros nos trasladamos desde La Habana. Nosotros atacamos el 26 de julio por la mañana, y yo salí de La Habana en la madrugada del 25 a la hora que le dije. Pasé por Santa Clara. Allí compré unos espejuelos. Sí, porque yo tenía un poquito de miopía, la miopía va disminuyendo con la edad.

¿Usted había olvidado sus gafas?

No, no, yo no me había olvidado, era muy difícil olvidar los espejuelos, pero no recuerdo qué paso, si tenían algún problema, si quería dos u otra causa. La cuestión es que allí, en una óptica en Santa Clara, tuve necesidad de hacerlo. Sigo viaje, hice una escala en Bayamo, me detuve para ver a la gente que iba a atacar el cuartel de esa histórica ciudad, pare en Palma Soriano para ver a Aguilerita, otro oriental comprometido, y llegué al anochecer del 25 a la Granjita Siboney, en las afueras de Santiago. Apenas unas horas antes del ataque. Casi todos los demás viajaron en automóviles desde La Habana hasta Santiago por la Carretera Central. Había varios carros que llevaban una banderita de los batistianos, la del 4 de septiembre; yo no, porque yo era más conocido y el que me hubiera visto con una banderita del 4 de septiembre, se hubiera dicho: “¿Y esa historia?”

En fin, escogimos la Granjita Siboney porque era el lugar más estratégico. Nos parecía el más discreto y adecuado, entre los distintos lugares en que se podía concentrar a la gente. Por la carretera que pasa al frente de la granjita se va de Santiago al mar, precisamente al punto donde desembarcaron los norteamericanos en 1898: Siboney, y desde allí se sigue hoy hasta cerca de Guantánamo. Ese punto se prestaba, había árboles, entre ellos unos mangos frondosos. ACLI se simuló una granja avícola para producir pollos, con crías y todo. En un pozo contiguo a la vivienda guardamos parte de las armas. Pero la mayoría llegaron casi simultáneamente con nosotros. Ya le dije que nada más había un hombre de Santiago, Renato Guitart, toda la gente vino de Occidente para no despertar la menor sospecha.

Pero el que conducía su auto era de Santiago, ¿no?

No, el que conducía venia desde La Habana.

¿Cuando vino usted de La Habana?

SÍ, cuando yo vine de La Habana el conductor era Mitchel, Teodulio Mitchel. Bueno, llegamos a la Granjita al anochecer. Estaba anocheciendo cuando arribamos a la ciudad, hice contacto de inmediato con Abel Santamaría; cada grupo estaba en distintas casas donde fueron ubicándose a medida que fueron llegando. Había carnaval, escogido también el día por eso, porque estaba el bullicio, mucha gente venia a Santiago y toda la atmósfera de carnaval, que era famoso, nos convenía mucho, pero inesperadamente nos perjudicó; porque eso dio lugar a determinadas medidas en el cuartel que fueron la principal causa de ulteriores dificultades. De la Granjita saldríamos para llegar al cuartel en los carros, estaba todo preparado; se escondieron bien los carros en la granja.

¿Cómo disimularon los coches?

En una especie de galpones se situaron los carros, que no eran muchos. Eran 16 carros y habíamos sembrado plantas convenientemente para que nadie viera acumulación de automóviles. Cualquiera que pasaba por allí no veía nada más que las polleras.

¿Dónde escondieron las armas?

En un pozo aparentemente clausurado, con un arbolito encima. Ahí guardamos gran parte de las armas. Muchas llegaron a última hora. Hubo armas adquiridas el viernes en La Habana que llegaron varias horas antes. Cada detalle estaba previsto.

¿Para el ataque que iba a tener lugar el domingo 26?

Un número importante de armas que participaron en las acciones del domingo a las 5:15 de la mañana, fueron adquiridas la tarde del viernes 24. Compramos también en Santiago algunas, en comercios normales, en armerías donde estaban en venta libre, y ya cuando llegaron no era cuestión de guardarlas en el pozo, las que llegaron el sábado ya las trajeron para los cuartos y para otros puntos de la casa.

¿Eran esencialmente armas ligeras?

Voy a decirle. El arma mejor que teníamos era una escopeta de cacería, de fabricación belga; yo la conocía porque mi padre tenía una en casa, en Birán, ya le conté. Había un fusil ligero norteamericano semiautomático M-1, un Springfield de cerrojo, arma de fabricación también norteamericana, una Thompson, ametralladora de mano calibre 45, con un peine abajo y también podía utilizar una mazorca. El M-1 era el fusilito que le gustaba a todo el mundo, ligero, chiquito, eficaz, semiautomático. Pero las armas más eficientes para el tipo de acción a realizar eran las escopetas belgas de cacería calibre 12, con cartuchos que contenían nueve balines cada uno y podían disparar hasta cinco en cuestión de segundos. Yo llevaba una de ésas. En un combate a corta distancia, eran mucho más efectivas que una ametralladora, porque en un disparo tiran nueve proyectiles que podían ser mortíferos. De ésas teníamos unas cuantas decenas. No recortadas.

¿Tenían algunas con cañón recortado?

En la historia de los movimientos políticos, muchas veces, y en la propia Cuba, se usaba esa escopeta recortada en cualquier atentado. Pero nosotros no necesitábamos una escopeta recortada. Algunas tenían un solo proyectil, parece que es para cazar animales grandes, pero de ésas teníamos muy pocas.

También teníamos fusiles calibre 22. El fusil 22 era una buena arma en determinadas condiciones. Pero hay otras circunstancias en las que los fusiles 22 no tienen ventaja alguna frente a un fusil de guerra calibre 30,06 a distancia mayor de 150 metros.

Tienen poca eficacia.

Si el objetivo es realmente distante no son eficaces. Las escopetas tampoco servían en ese caso.

¿No tienen alcance suficiente?

Para un combate a un poco más de distancia se puede usar un fusil 22; pero para atacar el cuartel, el arma ideal era la escopeta. Y la ametralladora de mano, un arma automática, pero teníamos solo una, tal vez dos. El fusil 22 semiautomático tiene un buen alcance, podía usar balas metálicas. Tú adquirías más 0 menos las que pudieran ser más eficaces, y tenías que conformarte con lo que encontraras.

¿Cómo obtuvieron las armas?

Las escopetas semiautomáticas calibre 12 las compramos en las armerías. Todo siguió tan tranquilo aquí que hasta las armerías vendían armas. Yo me ocupé de organizar la compra de casi todas las armas, una por una, y de buscar fondos. Tuvimos que disfrazar gente de burgueses y deportistas, tuvimos que aplicar la astucia con los vendedores y aparentar operaciones completamente comerciales. Hasta en una armería de Santiago de Cuba, ya le dije, compramos.

¿Usted qué arma llevaba?

Yo llevaba una escopeta belga calibre 12. Es un arma que puede llevar un buen número de cartuchos con balines. Funcionaba bastante bien. El único M-1 que había era el de Pedrito Miret. Llevábamos una o dos ametralladoras Thompson, un Springfield y tres Máuser que tenían una tapa que se abría por el lado y que usaban el mismo calibre que el Springfield, eran balas 3 0,06. Los Máuser vinieron de la casa de Birán. En la casa de mis padres había escopetas, cuatro o cinco armas, que eran habituales allí. Yo sabía que estaban allí y al final, como había una escasez tremenda de armas, había que buscarlas donde fuera...

Su hermano Raúl dice que ustedes también tenían una ametralladora de mano marca Browning, calibre 45.

Eran una o dos Thompson, de ese calibre. Creo recordar que era solo una, que procedía de la Universidad. No había ninguna ametralladora Browning calibre 45. El fusil automático que recuerdo con esa denominación usaba peine, era también calibre 30,06. Ese lo tenían los soldados en el ejército. Nosotros ni uno solo.

En resumen, teníamos un M-l, una Thompson, un Springfield, tres Máuser. El resto eran fusiles calibre 22, semiautomáticos o de repetición, y escopetas calibre 12. Puede añadirles varias pistolas que individualmente llevábamos algunos. El arma más temible era la escopeta semiautomática calibre 12 con cuatro cartuchos de nueve balines cada uno en la recámara y uno en el cañón. Puedes disparar en cuestión de segundos 45 proyectiles que son mortíferos. Pones fuera de combate a cualquiera, en un combate casi cuerpo a cuerpo, que era el tipo de combate concebido, porque usted iba a estar dentro del cuartel con los soldados muy próximos. Un arma mortífera.

Mire, con lo que llevábamos se podía tomar el Moncada, no había ningún problema, hasta con menos gente que la que nosotros llevamos. Eso está claro por el cálculo que habíamos hecho. Se trataba de un regimiento de soldados y un escuadrón de la Guardia Rural: 1.500 hombres aproximadamente, cuyos puestos de mando y dormitorios serian tomados sorpresivamente al amanecer.

El fusilito 22 semiautomático es un arma de guerra a mediana distancia, para lo que buscábamos, que era dominar la guarnición y apoderarte de todas sus armas. Las armas de guerra las tenían ellos. La misión nuestra era ocupar las armas de guerra, si no, ¿para qué íbamos a atacar el cuartel? Porque una vez tomado el Moncada habríamos ocupado algunos miles de armas, ya que además de las armas de los soldados nos apoderaríamos de las armas de reserva y las de la Marina y la Policía, cuerpos mucho más débiles, que con seguridad no habrían podido resistir una vez puesto fuera de combate el Regimiento.

¿Que armas tenían los militares del Moncada?

De todo. Ellos las tenían de distintos tipos: Springfield de cinco balas, Garand y M-1 semiautomáticos, ametralladoras de mano Thompson, fusiles automáticos y ametralladoras trípode calibre 30,06 y calibre 50, morteros, etcétera.

¿Cuántos combatientes participan en el ataque?

Fueron 160 hombres. Cuarenta que empleamos en Bayamo para tomar el cuartel y prevenir el contraataque por la Carretera Central, y 120 para el asalto al Moncada. Yo entrarla con 90 hombres dentro del cuartel.

¿Todos armados?

Todos, todos.

¿Y uniformados?

Todo el mundo con uniforme del ejército de Batista y con el grado de sargento.

¿Cómo encontraron los uniformes?

Los fabricamos en La Habana, en casa de Melba Hernández, la compañera que está viva, y Yeyé [Haydée Santamaría], todos ayudaron allí. También teníamos, ya le dije, un hombre que estaba en el cuartel, uno nuestro que era soldado, infiltrado en el cuartel maestre de La Habana, y ese hombre compró los uniformes, que yo no me explico cómo se las arreglo, era muy bueno ese muchacho. Cuando tú te pones a buscar gente para una tarea determinada, la encuentras... Ese nos ayudó mucho a adquirir las gorras, las viseras, y un número de uniformes del ejército ya hechos.

¿Y cómo se iban a reconocer en medio de los soldados de la guarnición?

¿Sabe por lo que nos distinguíamos? Aparte del tipo de armas, por los zapatos. Los zapatos nuestros no eran militares. Todos teníamos zapaticos de corte bajo. Teníamos gorra y todo. Ya se imaginará la tarea de hacer los uniformes, gorras y todo eso. La familia de Melba Hernández nos ayudó mucho, y Yeyé, que era muy jovencita. Ellas no eran familia, eran amigas. Abel procedía del centro de la isla, de la provincia de Las Villas, y estaba con su hermana en La Habana porque era tenedor de libros de una de esas agendas que había aquí, que vendía automóviles. Su salario era por lo menos de 300 dólares ó trescientos y tantos. Montané tenía otro cargo similar.

¿En esa Granjita había espacio para que pudieran dormir 120 personas?

No, no, allí se concentraron, pero no tuvieron tiempo de dormir.

¿Dónde dormían?

Ellos, cuando llegaron, estaban en casas de huéspedes en la ciudad, previamente alquiladas. Todos esos detalles los organizó Abel. Eran dos o tres, tal y tal casa de huéspedes, y cada uno iba la que correspondía a su grupo. La coincidencia con los carnavales, que atraían a muchos visitantes, facilitaba el movimiento.

Ellos Ilegan, se movilizan de noche. Empiezan a llegar entre s 10:00 o las 11:00 de la noche a la granja. Porque el ataque iba a ser a las 5 de la mañana y no había por qué tenerlos allí. En la granjita recibieron las instrucciones.

Cuando usted liega a la Granjita Siboney es la hora de la verdad para sus compañeros. ¿Ellos conocían el objetivo?

Ellos estaban mentalmente preparados, ya le dije que los habíamos movilizado varias veces, para prácticas de tiro con rifle 22 u otros objetivos.

¿Pero sabían que iban a atacar el cuartel Moncada?

No. En la granjita es donde ellos se enteran cuál es el objetivo, porque ellos estaban educados en la idea de que no lo sabrían, y serian movilizados. Varias veces fueron movilizados para otras cosas.

Bueno, entonces surge un problema. Hay una célula de cinco estudiantes que eran “comecandelas”, les llamábamos así, porque eran los superguapos, se creían los más valientes, y cuando se enteran de que vamos a tomar el Moncada, se arrepienten. Invitarlos había sido casi una deferencia. Más bien que entrenados por nosotros, aquellos cinco eran estudiantes de la Universidad, porque Pedrito Miret había entrenado a varios cientos de estudiantes, y algunos se enteran allí de nuestra actividad. No eran de la organización principal de la Universidad, sino una especie de combatientes por la libre, pero muy exaltados, que se querían comer el mundo.

Se unieron y vinieron. Era como una especie de alianza o microalianza que teníamos con ese grupito... Eran activos enemigos de Batista y se mostraban deseosos de entrar en acción. Por eso vino ese grupito, chiquitico, de los más guapos, bueno, de los que aparentaban ser más guapos, porque los estudiantes en general eran muy valientes.

Y en la Granjita, cuando se enteran de que el objetivo es el asalto al cuartel, ¿ellos no van?

No. Ellos cuando yen todo aquello, yen una tropa que llega, porque llega la tropa nuestra, grupo tras grupo, en todo ese periodo, bien entrenados para el combate... Cuando en la madrugada saben por fin cuál es el plan, y distribuimos uniformes, armas y todo, se arrepienten... Ese grupo de muchachos muy exaltados, muy guapos... decide no participar.

Entonces yo les digo: “Bien, quédense atrás y vayan después de nosotros, al final de la caravana, y sígannos, no los vamos a obligar a ir al as alto.”

¿Cuál era el plan del ataque?

La misión de mi grupo era tomar la jefatura del cuartel y aquello hubiera sido fácil. Dondequiera que mandamos a la gente, se tomó todo por sorpresa, una sorpresa total. El día que habíamos escogido, el 26 de Julio, era el día más importante, porque las fiestas de Santiago son el 25 de julio. El día de carnaval.

Yo tenía 120 hombres, los divido en tres grupos, uno que iba delante a tomar el hospital al fondo del cuartel. Era el objetivo más seguro, y donde envié al segundo jefe de la organización, Abel, un muchacho excelente, muy inteligente, muy revolucionario. Con él estaban las muchachas, Haydée y Melba, y ahí también estaba el medico, el doctor Mario Muñoz, cuya misión era atender a nuestros heridos. Al fondo había un muro que era excelente para dominar la parte trasera de los dormitorios del cuartel.

El segundo grupo iba a tomar el edificio de la Audiencia, el Palacio de Justicia, de varios pisos, con un muchacho que iba de jefe. También con ellos estaba Raúl, mi hermano, lo habíamos reclutado e iba como combatiente de fila.

Yo, con el tercer grupo, 90 hombres, tenía la misión de tomar el Estado Mayor con siete hombres y el resto tomaría las barracas. Cuando yo me detuviera, se detendrían los demás carros frente a las barracas. Los soldados iban a estar durmiendo, y serian empujados hacia el patio trasero —el patio quedaba dominado por el edificio donde estaba Abel y por los que tomaron la Audiencia— desde las barracas. Los soldados iban a estar en calzoncillos, por lo menos, porque no habrían tenido tiempo ni de vestirse, ni para tomar las armas. Eso no tenía solución, y todos nosotros disfrazados de sargentos, que era nuestra insignia.

En teoría parecía sin gran peligro.

Abel allá, al fondo, aparentemente con menos peligro. Los que iban a la Audiencia tampoco debían tener problemas. Yo, consciente, como es lógico, de que Abel debía sustituirme en caso de muerte, lo envió para aquella posición. A Raúl, recién reclutado, lo envío con el grupo que debe cumplir una misión relativamente más peligrosa, importante, pero tampoco a mi juicio demasiado complicada. Sentía sobre mi conciencia todo el peso de la responsabilidad ante mis padres de incluirlo a su edad en aquella audaz y temeraria acción; yo, como era mi deber y una necesidad real, me autodesigno gustoso la misión más complicada, en compañía de Jesús Montané, Ramirito Valdés y varios del grupo de Artemisa que tomarían la entrada y quitarían las cadenas que bloqueaban la entrada de vehículos.

¿A qué hora salen ustedes de la granjita?

A las 4:45, aproximadamente.

¿Y a qué hora empieza el ataque?

A las 5:15 exacto atacamos, porque a esa hora los soldados tenían que estar durmiendo y debla ser antes de que se levantaran. Se necesitaba cierta cantidad de luz y, a la vez, hacerlo cuando todos los soldados estuvieran todavía dormidos.

¿Era de día ya?

Santiago está al Este del país, amanece alrededor de 20 minutos antes que en la capital. Ya había la claridad suficiente para poder atacar. Todo eso estaba calculado. De no ser así no podía intentarse tal acción. La tarea no era nada fácil con hombres que, aunque entrenados por pequeños grupos, nunca habían actuado juntos todos, buscar todos los pedazos, armar el rompecabezas y darle a cada uno su misión.

El ataque empieza a las 5:15. ¿Cómo se lleva a cabo?

En aquella operación yo tenía 120 hombres, como le dije, menos aquellos estudiantes que se arrepienten, y unos 16 autos. En cada carro íbamos por lo menos ocho. Con uno que se quedó y con otro carro que se descompone, tengo dos carros menos. Pero sigo, va delante el primer carro, el que va a tomar la posta de los centinelas de la entrada. Yo voy en el segundo, a una distancia de 100 metros, por la carretera aquella de Siboney a Santiago, estaba amaneciendo, y nosotros pensando en la sorpresa total, antes de la hora en que debían levantarse los soldados. Era julio, y el sol sale más temprano por allá en Oriente. Así que ya nosotros llegamos de día. Hubo que atravesar un puente estrechito ya entrando en la ciudad, en fila, uno por uno, cada carro, eso nos retrasó algo.

Varios cientos de metros más adelante, tal vez mil, habría que medirlo con precisión, el primer carro que avanza por la avenida Garzón, que conduce hacia las proximidades del cuartel, varias manzanas más adelante, dobla a la derecha, doblo yo, doblan otros carros; pero el carro en el que venían los que habían decidido no participar en el ataque en su nerviosismo se había metido por el medio, se había adelantado a otros carros, y algunos de estos —que llevaban armas eficaces—, en vez de doblar, siguen erróneamente detrás de ellos. Después se dieron cuenta, y vuelven. Naturalmente, yo no podía percatarme de este incidente que supe después.

Me aproximo al cuartel con 20 ó 30 hombres menos. Claro, cuento, además, con aquellos que envié al edificio que está detrás del objetivo, por lo menos 20 hombres. Están, además, los que salieron unos minutos antes para ocupar la Audiencia. Era fuerte el grupo que me seguía, porque la idea era tomar el Estado Mayor y penetrar en las barracas.

Va delante la gente de Ramirito Valdés, Jesús Montané, Renato Guitart y otros. Montané se había ofrecido para ir voluntario, en la misión de tomar la entrada. El carro de ellos va delante de mí, y yo voy como a 80 metros, el tiempo que ellos tardarían en dominar los centinelas de la entrada del cuartel y sacar las cadenas que impedían el paso de los carros hacia el interior de la instalación militar.

Ya ese primer carro, en la distancia correspondiente, se atrasa un poquito, se detiene al llegar al objetivo, bajándose los hombres para arrestar a los centinelas y quitarles las armas. Es entonces cuando veo, más o menos a 20 metros delante de mi carro, a una patrulla de dos soldados con ametralladoras Thompson, que venían para acá, por la acera de la izquierda, desde el cuartel hacia la avenida por la cual veníamos y de donde doblamos para tomar la calle que nos condujo directamente hacia la entrada del cuartel. Ellos se dan cuenta de que pasa algo ahí en la posta de los centinelas, y están como en posición de disparar sobre el grupo de Ramirito y Montané, que habían desarmado a la posta, o así me pareció.

En una fracción de segundo dos ideas me pasan por la mente: una muy correcta y otra nada correcta, y no debí haber intentado ninguna de las dos. Porque cuando veo que los soldados se viran hacia la entrada con sus dos ametralladoras, dándome la espalda, aminoro la velocidad del carro y me acerco para capturarlos. Yo voy manejando, llevaba la escopeta aquí [señala a la izquierda], una pistola aquí [señala al lado derecho de la cintura) y, además, conduciendo; entonces me les acerco buscando dos cosas: una, evitar que dispararan a la gente de Ramirito, Montané y Renato, es decir, el grupo que toma la entrada, y dieran la alarma, y otra, ocupar las dos ametralladoras Thompson.

Había otra forma de acción, que después comprendí perfectamente cuando tuve un poco más de lectura y conocimientos: lo que debí hacer fue olvidarlos y seguir. Si esos dos soldados veían otro carro y otro carro y otro carro, no disparaban. Pero lo cierto es que trato de proteger directamente a los compañeros, me les acerco, y ya me voy a bajar para sorprenderlos y capturarlos de espalda, pero en el momento en que estoy acercándome —estarla como a dos metros ya— ellos se percatan, yen mi carro, se viran y apuntan con sus armas. Entonces lo que hago, porque el carro todavía estaba en movimiento, es que se lo lanzo sobre la acera, arriba de los dos. Yo estaba ya hasta con la puerta abierta para bajarme, pistola en la mano derecha.

¿Qué ocurre? La gente que está conmigo se baja. El personal de los carros que vienen detrás hacen lo mismo. Ellos creen que están dentro del cuartel. Su misión es tomar las estaciones que tuviesen enfrente y empujar a los soldados hacia un patio, en calzoncillos porque iban a estar durmiendo, no había problemas; descalzos, en calzoncillos y sin armas, los haríamos prisioneros.

Mientras tanto, el Palacio de Justicia lo toma el grupo dos. Abel, con 20 hombres, las dos mujeres y el medico, ya había tomado la parte que mira hacia el cuartel del hospital civil “Saturnino Lora”. El era el segundo jefe, y estaba en el lugar de menos peligro porque era el sustituto. En caso de que yo cayera, debla asumir la dirección del Movimiento.

Como le digo, nosotros íbamos a empujar a los soldados a un patio, y Abel y el otro grupo iban a dominar todo porque estaban más altos; el hospital dominaba el patio y el Palacio de Justicia lo dominaba también, y el club de oficiales. Iban a estar dominados.

¿Qué es lo que no funciona entonces?

¿Dónde está la desgracia? En esa posta cosaca, esa patrulla de soldados con la cual no se contaba. Parece que los carnavales originaron esa medida que no conocíamos. No calculamos que, con motivo de que había tanta gente en la ciudad, fiestas y bastante bullicio, pusieron una posta cosaca que iba desde el lugar donde estaba la entrada hacia la avenida por donde nosotros doblamos en dirección a la entrada del cuartel Moncada, y esa patrulla volvía, y da la casualidad...

Ya Ramirito, Montané y los otros han tomado la posta de los centinelas, cuando llegan esos dos hombres con ametralladoras, que están de espaldas, están a punto de disparar allí, porque yen algo raro. Llega el segundo carro, que era el mío, cuya misión, como ya señalé, era ocupar el Estado Mayor, se me ocurre esa doble intención, una justificada: evitar que les tiraran a ellos, que estaban como a 80 metros, porque el carro que me precedía, el de Ramirito, iba como a 100 metros delante, tuvieron tiempo para bajarse, desarmar a los centinelas y cumplir su misión.

La situación es que los que van en los demás carros detrás de mí, al ocurrir el incidente se bajan, uno de los que va conmigo, al bajarse por la derecha hace un disparo, y todos los que van detrás de mi carro se bajan a cumplir la instrucción asignada la madrugada de ese día en Siboney. Entonces el tiroteo se generaliza.

Fue muy duro. Habíamos logrado la sorpresa total. Tres minutos después el puesto de mando y los principales puntos de la instalación habrían estado en nuestras manos. Habría podido lograrse aun con la mitad de los 90 hombres que partieron conmigo de Siboney. Lo creo firmemente cincuenta años después de los hechos.

¿Al primer disparo tenían que salir?

No, ese disparo es accidental, parece que como resultado de ver a los soldados con ametralladoras allí delante... Unos se bajan por la derecha, yo bajo por la izquierda, se bajan también los que están detrás, y todos los que están en los carros de atrás se bajan y penetran en una edificación relativamente grande y con la misma arquitectura que las demás edificaciones militares del cuartel. Era nada menos que el hospital militar y penetran en él confundiéndolo con el objetivo que debían ocupar. Cuando suena el primer disparo, y otro y otro, el grupo de Ramirito y Montané ya han tomado la posta, han quitado la cadena, entran en una de las barracas. Van hacia el depósito de armas. Cuando llegan, se encuentran con la banda de música del Ejército durmiendo allí. Parece que las armas las habían retirado en el cuartel maestre en ese momento, y ya la confusión...

Los de Abel toman el edificio que debían ocupar. Abel conocía bien el plan. El grupo en el que va Raúl ya ha tomado el Palacio de Justicia.

Entonces se produce el incidente de los soldados. Ahí es donde ellos, los grupos de Ramirito, de Abel y de Raúl, que ya han tomado sus objetivos, oyen el combate fuerte, pero no saben lo que está pasando. Escuchan simplemente un descomunal tiroteo. Todos los soldados, ya alertados, disparan en cualquier dirección. Fue un tiroteo que parecía la batalla de Verdún.

El problema es que el combate que tiene que darse dentro del cuartel, se produce friera del cuartel. Y en la confusión, unos toman un edificio que no era. Al bajarse de los carros la patrulla cosaca ha desaparecido. Alguien de los nuestros hace un disparo ensordecedor a pocas pulgadas de mi oído derecho. Estaba dirigido a alguien que abrió una ventana del edificio que teníamos delante, de aspecto militar. Entro de inmediato en el hospital para sacar al personal que equivocadamente ha penetrado en él.

¿Un edificio que no era un objetivo de ustedes?

No. Se toma por error. Saco a todos los compañeros que estaban en la parte de abajo. Logro hacerlo con bastante rapidez. Casi puedo organizar de nuevo la caravana con seis o siete autos, porque, a pesar de todo, la posta de los centinelas de la entrada estaba tomada.

Pero ya todos están disparando.

Bueno, en esos primeros momentos los soldados están todavía vistiéndose, poniéndose los zapatos, moviéndose y reorganizándose, bajando armas y qué sé yo lo que están haciendo, y están tirándole a la gente nuestra. La Guardia Rural dormía en una de aquellas barracas, también junto al regimiento del ejército. Ellos no dormían con los fusiles al lado, ni tenían mando en los primeros momentos, algunos jefes dormían en sus casas, ellos y la tropa en general no sabían lo que estaba pasando.

El combate se libra fuera del cuartel, la enorme y decisiva ventaja de la sorpresa se había perdido. Entro, como dije, en el edificio del hospital, logro sacar y montar otra vez un número reducido de compañeros en varios carros; cuando de repente un carro que viene de atrás nos pasa veloz por el lado, se acerca a la entrada del cuartel y choca con mi propio carro. Así como le cuento. Uno, por su propia iniciativa, en medio del tiroteo creciente, se adelanta, retrocede y choca con fuerza el carro mío. Entonces me bajo... No había manera. La gente en aquellas adversas e inesperadas circunstancias mostraba notable tenacidad y valentía. Se produjeron heroicas iniciativas individuales, pero ya no había forma de encontrar una solución a la situación creada. El combate andando y, bueno, una desorganización tremenda...

Hemos perdido el contacto con el grupo del carro que tomó la posta. Los de Abel y Raúl, con los cuales no tenemos comunicación, solo pueden guiarse por el ruido de los disparos, ya decreciente por nuestra parte, mientras el enemigo, recuperado de la sorpresa y organizado, defendía sus posiciones. Junto a un compañero llamado Gildo Fleitas, ya hablé de él, quien con gran serenidad estaba de pie en la esquina de un edificio próximo al punto donde chocamos con la patrulla cosaca, observaba la desesperada situación, comprendía perfectamente casi desde los primeros momentos que no había ya posibilidad alguna de alcanzar el objetivo. Tú puedes tomar un cuartel con un puñado de hombres si su guarnición está dormida, pero un cuartel con más de Mª soldados, despiertos y fuertemente armados, no era ya posible. Más que los disparos, recuerdo el ensordecedor y amargo ruido de las señales de alarma que dieron al traste con nuestro plan.

Eso es ya misión imposible.

Se podía haber tomado. Si fuera a hacer un plan de nuevo lo haría exactamente igual. Ahora, una sola cosa habría sido el cambio... Nosotros estábamos ansiosos de armas, es verdad, y la primera idea que tuve al ver la presencia sorpresiva de esa patrulla cosaca fue proteger a la gente, pero, además, de paso, arrebatarles a los guardias las dos ametralladoras. Nada, esas cosas pasan en fracción de segundos por la mente. La protección de los compañeros en peligro era la idea principal.

Si el carro mío pasa sin detenerse y después otro y después otro y otro, aquellos guardias se paralizan y no disparan. La forma de que no dispararan contra la gente de Ramirito, Montané y demás compañeros era ver pasar otro carro, y otro y otro, y otro, y la sorpresa de que llegamos nosotros. Les tomamos el cuartel pero muertos de risa. Si uno se baja vestido de sargento, con un arma en la mano y exclama: “¡Abajo todo el mundo!”, “¡Al suelo todo el mundo!”, se toma el puesto de mando. Abel y los otros ya habrían ocupado sus objetivos y habrían dominado los patios traseros de las barracas. Ese era el plan realmente.

¿Cuándo decide usted ordenar el repliegue?

El tiroteo continuaba fuertemente. Ya expliqué, con bastante detalle, lo ocurrido. Pero recordándolo todo francamente y con absoluta objetividad, pienso que no habían transcurrido más de 30 minutos y tal vez menos cuando me resigné a la realidad de que el objetivo era ya imposible. Yo conocía más que nadie todos los detalles y elementos de juicio. Había concebido y elaborado con todos sus detalles el plan.

Liega un momento en que ya comienzo a dar órdenes de retirada. ¿Qué hago? Me paro en el medio de la calle, tengo mi escopeta calibre 12, y en el techo de uno de los edificios del cuartel hay una ametralladora pesada calibre 50 que podía barrer la calle, porque apuntaba directamente a ese punto. Un hombre trataba de manipularla, estaba allí solo, parecía un monito con sus rápidos movimientos para utilizar el arma y disparar. Tuve que encargarme de él, mientras los hombres tomaban los carros y se retiraban. Cada vez que intentaba posesionarse del arma le disparaba. Bueno, yo estaba en un estado de ánimo también que usted podrá imaginarse.

Ya no se ye a nadie, ni un solo combatiente se ye, y en el último carro me monto, y después de estar dentro, a la derecha de la parte trasera, aparece un hombre de los nuestros allí, uno que ha llegado allí y que se va a quedar a pie. Entonces, me bajo y le doy mi puesto. Y le ordeno al carro que se retire.

Y me quede allí, en el medio de la calle, solo, solo, solo. Ocurren cosas inverosímiles en tales circunstancias. Allí estaba solo, en la calle, frente a la entrada del cuartel, es de suponer que en ese momento era absolutamente indiferente ante la muerte... A mí me rescata un automóvil al final. No se cómo ni por que, un carro viene en mi dirección, liega hasta donde estoy, y me recoge. Era un muchacho de Artemisa, que manejando un carro con varios compañeros entra donde yo estoy, y me rescata. No pude después, no me dio tiempo, preguntarle todos los detalles. Yo quise siempre conversar con ese hombre para saber cómo se metió en el infierno de la balacera que había allí. Pero como en otras muchas cosas, usted cree que tiene cien años para hacerlo... Y ese hombre desgraciadamente murió hace más de diez años.

¿Era del grupo de ustedes?

Sí, uno de los nuestros. Santana se llamaba, parece que él se percata de que yo me he quedado atrás y se acerca a buscarme. Era uno de los que ya había salido y parece que en un momento determinado se percató y viró para atrás para buscarme. Por ahí debe haber cosas escritas o testimonios sobre aquel episodio.

Yo estaba solito allí, lo que tenía era mi calibre 12, no sé qué guerra habría librado, o cuál serla el fin... Bueno, tal vez yo habría tratado de retirarme por alguna callejuela, digo yo.

¿Usted llego a disparar?

Sí, contra el hombre este que no tiraba, que intentaba disparar contra nosotros desde un techo con su ametralladora 50, y no llegó a tirar ni una sola vez.

¿Usted le impedía disparar?

Sí, él se movía e intentaba utilizar la ametralladora, yo le disparaba y él se lanzaba al suelo. Instantes después volvía otra vez el hombre a coger la ametralladora y yo hacía lo mismo. Varias veces él intentó hacerlo, y no sé, parece que se arrepintió y no la tomó, porque pasó todo esto que le estoy contando, y mientras estoy ocupándome del hombre con la ametralladora pesada los carros nuestros están retirándose, con el personal que me acompañó con la misión de penetrar en el cuartel y tomarlo.

En esas circunstancias la gente actúa casi por iniciativa propia. Este Santana que me viene después a buscar lo ha hecho con seguridad por iniciativa propia. Entra, viene y me recoge. El me monta. El carro lleno, le digo: “Vamos para El Caney.” Pero hay varios carros esperando en la avenida, a los que trasmitimos la instrucción. Uno que va delante no sabe dónde está El Caney y en vez de seguir recto hacia El Caney gira hacia la derecha en dirección a Siboney. Eran tres o cuatro carros, el que me recogió era el segundo o tercero de la pequeña caravana.

Yo conocía bien El Caney, que era un lugar donde hubo un combate importante al finalizar la segunda guerra de independencia en 1898. Había un cuartel allí relativamente pequeño. Mi idea era llegar por sorpresa y tomarlo, yo pensaba tomar aquello para apoyar a los de Bayamo. Yo no sabía lo que estaba pasando en Bayamo. Doy por supuesto que ellos han tomado aquel cuartel. Y era para mí en ese instante la preocupación principal. Pero ya nuestra gente ha sufrido un duro golpe y es difícil llevarla de nuevo a la acción.

¿Que hicieron los demás grupos?

Del grupo que iba conmigo, al retiramos no se ye a nadie más por ninguna parte. Después supimos que algunos, como Pedro Miret, se habían parapetado en algún punto y no se sabía ni había contacto con ellos.

El grupo que toma el edificio del Palacio de Justicia se percata de lo que ha ocurrido y el jefe baja con su patrullita, en la cual estaba Raúl. A la salida hay un sargento con varios hombres que los conmina a rendirse. El jefe del grupo entrega las armas y Raúl, que era soldado de fila, y los demás también las entregan; pero es en ese instante cuando Raúl salva a esta gente y se salva él. Actuó rápido, con mucha velocidad: ye que el sargento aquel anda con una pistola, temblando, entonces le arranca la pistola y hace prisioneros a los que los tenían prisioneros a ellos; y después se retiran. Estaban prisioneros y han capturado a los que los tenían prisioneros; de lo contrario, les habría pasado lo que a todos los  demás: tortura, y ejecución... Ellos, al retirarse, buscan por dónde llegar, cambiarse, moverse y después se dispersan.

¿Ustedes habían previsto eso?

No, nosotros no habíamos previsto aquello.

¿No habían previsto algo para una eventual retirada?

No, qué demonios vamos a prever algo. ¿Cómo se puede prever la retirada en una operación como aquella?

Pero si algo fracasaba, ¿no habían previsto una solución de retirada?

No, no. En un tipo de operación concebida como ya le expliqué, ¿cómo te vas retirar si estás dentro del cuartel y no logras dominar la guarnición? Ellos tienen postas por todas las entradas o salidas posibles, ¿por dónde te vas a retirar?

Se había logrado lo esencial, que era la sorpresa total hasta el choque imprevisible y casual con la posta cosaca, y uno se lamenta mucho de no saber lo que habría pasado; no tengo la menor duda de que los militares allí caen prisioneros completos y en cuestión de minutos, así, como le digo. La confusión en sus filas habría sido terrible, los uniformes contribuirían a la terrible confusión.

¿Los de Abel, al ver todo esto, tratan de huir?

No, se quedan allí como esperando, porque la gente del hospital trató de protegerlos. Todos los del hospital los apoyan, los disfrazan y tratan de protegerlos, cuando se hace evidente para ellos el fracaso y seguramente nos creían a todos muertos. Yo estaba tranquilo con relación a ellos, pues Abel conocía con toda precisión el plan. Mi preocupación instantánea cuando el carro llega a rescatarme fue cómo apoyar a la fuerza que atacó el cuartel de Bayamo.

Habría que hablar con Melba, que todavía se acuerda; y todo eso está escrito, solo excepcionalmente me pongo a hablar de esto. ¿Cómo se llama aquel historiador de los primeros tiempos? Tiene la historia, porque ése si interrogó a todo el mundo. ¿Cómo se llamaba?, aquel que escribió la historia, el francés.

Robert Merle. Hizo un libro magnifico. Pero me interesa su versión, la versión de usted personal.

Si. Nunca tuve oportunidad de explicarle a Merle lo que te estoy contando.

¿Cuántas bajas tuvieron ustedes?

Hubo cinco muertos en combate y otros 56 que fueron asesinados. Los cinco muertos en combate son Gildo Fleitas, Flores Betancourt, Carmelo Noa, Renato Guitart y Pedro Marrero. Fueron casi todos los que venían en el primer carro, los que se pusieron en la esquina aquella, y que tomaron la posta de la entrada. Bueno, Gildo no, porque Gildo estaba conmigo fuera mientras intentábamos poner de nuevo en marcha un grupo de carros para penetrar en el cuartel.

Estaría usted tremendamente abatido por esa situación.

En aquel momento sufrí un dolor terrible por lo que había pasado. Pero estaba dispuesto a proseguir la lucha. Digo: “Aquellos, en Bayamo, se van a quedar solos”, en el supuesto de que hayan tomado el cuartel. Entonces, como le dije, mi idea era ir en dirección del cuartel de El Caney para atacarlo, en apoyo de los de Bayamo, para crear una situación de combate en la zona de Santiago de Cuba. Sí, mi idea era tomar por una avenida que conduce directo a la carretera de El Caney, y éramos alrededor de 20 hombres. Pero el carro que va delante, le dije, se equivoca, toma en dirección de regreso por la carretera de Siboney, y ya no había manera de atajar al primero y hacer la operación de El Caney antes de que se dieran cuenta. Ya yo ahí no voy manejando, a mí me ha recogido otro carro.

¿Seguían ustedes con los uniformes?

Sí, con los uniformes.

¿Y con las armas?

Con las armas, todas, hasta el último minuto, hasta varios días después de esa historia.

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