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17 de octubre de 2005
Sr. Director General
de la FAO
Excelencias:
Al agradecerle, a
nombre de la República de Cuba, la oportunidad de
participar en esta importante celebración, deseo, en
primer lugar, expresar nuestro sincero reconocimiento a
la Organización de las Naciones Unidas para la
Agricultura y la Alimentación, cuyo 60 aniversario
conmemoramos hoy.
Desde su constitución
en 1945, la FAO no ha cejado en sus empeños de promover
la seguridad alimentaria para todos y la cooperación
internacional para solucionar los acuciantes problemas
de la agricultura y la alimentación, a la par que ha
brindado y coordinado asistencia internacional de
incalculable valor para el desarrollo agrícola del
Tercer Mundo.
Si hoy la situación
de la agricultura y la alimentación en parte importante
del planeta, en la que viven miles de millones de
personas, sigue siendo crítica, no debemos culpar a la
FAO, sino al injusto orden internacional que ha sido
impuesto al mundo, con su secuela de egoísmo,
indiferencia, falta de sensibilidad, ansias de
dominación y afán de obtener riquezas, aun a costa de
la salud y la vida de poblaciones enteras, y a las
enormes distorsiones que existen y se multiplican en la
esfera del comercio agrícola.
El mundo cuenta con
los recursos y el potencial tecnológico y humano para
reducir dramáticamente el hambre, como fuera
comprometido por los líderes mundiales en la Cumbre
Mundial de la Alimentación en 1996.
Sin embargo, casi 10
años después, más de 852 millones de personas sufren
hambre en el mundo, entre ellos, 300 millones de niños;
cerca de 2,000 millones de personas tienen deficiencias
crónicas nutricionales; cada 4 segundos una persona
muere de hambre, la mayoría niños menores de cinco
años; y casi la tercera parte de los niños en el Tercer
Mundo sufren retraso en el crecimiento y tienen
estatura y peso inferiores a lo normal debido a la
desnutrición.
Crece la desigualdad.
Mientras que en los países desarrollados menos del 5%
de los niños menores de cinco años sufre de
malnutrición, en las naciones subdesarrolladas la
proporción se eleva hasta el 50%. La propia FAO ha
calculado que un niño en un país industrializado
consumirá en toda su vida lo que consumen 50 niños en
un país del Tercer Mundo.
Pero esta situación
alimentaria es sólo parte de un panorama más amplio y
dramático, en el que la brecha entre ricos y pobres
alcanza magnitudes de vergüenza.
En 1960, el ingreso
promedio de los 20 países más ricos del planeta era 37
veces mayor que el de los 20 países más pobres. Hoy es
de 74 veces. En la actualidad, el 1% más rico de la
población mundial recibe tantos ingresos como el 57%
más pobre.
Esta dramática
situación contrasta con las alucinantes cifras que el
mundo gasta cada año en armamentos, que ascienden a más
de un millón de millones de dólares, la mitad de ellos
sólo en Estados Unidos.
Con los recursos que
hoy se dedican a armamentos se podría alimentar por un
año a los 852 millones de personas que padecen hambre
en el mundo o se podría dotar de medicamentos
antiretrovirales durante 40 años a los 38 millones de
personas afectadas por la epidemia de VIH/SIDA.
La Cumbre del
Milenio, cuya evaluación fue un rotundo fracaso hace
pocas semanas en Nueva York, aprobó tibias e
insuficientes metas de desarrollo, entre ellas la
reducción del número de hambrientos en el mundo a la
mitad para el año 2015.
Según los cálculos de
la FAO, de mantenerse los ritmos actuales, tal meta
sólo se cumpliría en el año 2150 y, aun así, todavía
quedarían más de 400 millones de hambrientos sobre la
faz de la Tierra.
Esta aberrante situación sólo puede solucionarse por la
vía de la cooperación internacional, cuyos recursos,
además de ser insuficientes y reducirse en términos
reales, se ven sometidos a condicionamientos
discriminatorios y en ocasiones ofensivos. En el año
2004, los países del Norte sólo destinaron el 0,23% de
su Producto Nacional Bruto a la Asistencia Oficial al
Desarrollo y el más poderoso de todos sólo dedica el
0,11%.
Si los países
industrializados cumplieran su compromiso, que ya data
de 35 años, incrementarían su Ayuda Oficial al
Desarrollo a unos 170 mil millones de dólares. Según la
FAO, para cumplir la meta planteada por la Cumbre del
Milenio se necesitarían inversiones públicas por 24 mil
millones de dólares al año.
Ahora bien, el
incremento de la ayuda no bastaría mientras existan los
subsidios a las producciones agrícolas en países
industrializados, que hoy ascienden a 300 mil millones
de dólares por año, y arruinan a las economías de
muchos países del Tercer Mundo.
No habrá solución
mientras los efectos de la deuda externa sigan
golpeando a las sociedades subdesarrolladas. No la
habrá mientras se mantengan las condiciones en que los
países del Tercer Mundo pagaron en el año 2004 por
servicio de la deuda 5 veces lo que recibieron como
Ayuda Oficial al Desarrollo.
Tampoco se resolverá
el problema, e incluso se agravará, mientras el medio
ambiente del planeta se siga deteriorando, con las
inevitables consecuencias que ello acarrea y acarreará
a la producción de alimentos y a la agricultura en
general, sobre todo en el Tercer Mundo.
Un millón de millones
de dólares se dilapida cada año en publicidad
comercial, mientras se estimula un consumismo
desenfrenado e irracional, inalcanzable por demás para
las tres cuartas partes de la población del planeta, e
insostenible ante el agotamiento inexorable de los
recursos naturales.
Estas prácticas
consumistas del Norte opulento y derrochador destruyen
progresivamente nuestro medio ambiente, envenenan las
aguas, contaminan los mares, provocan la deforestación,
destruyen la diversidad biológica, y ponen a nuestro
planeta en peligro de perecer por los propios excesos
de la especie humana.
Señor Director
General:
Cuba, un país pequeño
y pobre, que ha estado sometido durante 45 años al
bloqueo más brutal y despiadado que ha sufrido nación
alguna, se esfuerza para hacer posible a su pueblo los
derechos que la FAO defiende.
El porcentaje de
niños menores de 5 años con peso insuficiente moderado
y severo respecto a su edad es sólo del 2%, cifra entre
las más bajas del Tercer Mundo, según el Informe de
Desarrollo Humano 2004 del PNUD. La tasa de mortalidad
infantil de 5,8 por cada mil nacidos vivos en el año
2004 y la esperanza de vida en 77 años, nos prueban que
avanzamos por el camino correcto.
Finalmente, deseo también reconocer el excelente
trabajo del Director General, el Excmo. Sr. Jacques
Diouf, quien, con su empeño personal, su talento y su
dedicación, ha llevado a la Organización de las
Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación a
un nuevo estadío en su desarrollo y a una comprensión
cabal de los problemas que vive el mundo, sus causas y
sus consecuencias.
Muchas Gracias
(Minrex)
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