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Discurso
del compañero Felipe Pérez Roque, ministro de
Relaciones Exteriores de la República de Cuba, en el
debate general del 60 período ordinario de sesiones de
la Asamblea General de las Naciones Unidas. Nueva York,
19 de septiembre de 2005
Señor
Presidente:
En
realidad, no tenemos un solo motivo para celebrar los
60 años de las Naciones Unidas. El mundo caótico,
desigual e inseguro en que hoy vivimos no es
precisamente un homenaje a los que se reunieron el 26
de junio de 1945, en San Francisco, para fundar la
Organización de Naciones Unidas.
Desde que
concluyó la Cumbre del Milenio, en el año 2000, hasta
hoy han muerto de enfermedades prevenibles en el mundo
más niños que todas las víctimas de la Segunda Guerra
Mundial.
La agresión
contra Iraq se lanzó no sólo a pesar, sino en contra de
la opinión de la comunidad internacional. Ello ocurrió
solo dos años y medio después de haber proclamado
solemnemente en la Cumbre del Milenio que: "Estamos
decididos a establecer una paz justa y duradera en todo
el mundo, de conformidad con los propósitos y
principios de la Carta". La Asamblea General ni
siquiera pudo reunirse para discutirlo. El Consejo de
Seguridad fue ignorado y asistió después a la
humillación de aceptar dócilmente una guerra de rapiña
a la que antes se habían opuesto la mayoría de sus
miembros.
Hay una
clara explicación para este estado de cosas: y es que
el orden plasmado en la Carta obedecía a un mundo
bipolar y a un balance de fuerzas que hoy no existen.
"Nosotros, los pueblos" —como dice la Carta—,
sufrimos un mundo unipolar, en el que una única
superpotencia impone sus caprichos y sus egoístas
intereses a las Naciones Unidas y a la comunidad
internacional.
Por lo
tanto, pretender que las Naciones Unidas funcionen de
acuerdo con los principios y propósitos consagrados en
la Carta es una quimera. No es posible. Y no lo será
mientras los países del Tercer Mundo, la mayoría, no
nos unamos y luchemos juntos por nuestros derechos.
Si el
Gobierno de Estados Unidos cumpliera con la resolución
1373, aprobada el 28 de septiembre del 2001 por el
Consejo de Seguridad, y con los convenios
internacionales en materia de terrorismo, extraditaría
al terrorista Luis Posada Carriles a Venezuela y
pondría en libertad a los Cinco jóvenes luchadores
antiterroristas cubanos, a los que mantiene desde hace
7 años sufriendo cruel e injusta prisión.
Si el
Gobierno de Estados Unidos le permitiera a las Naciones
Unidas actuar según la Carta, el pueblo iraquí no
habría sido invadido para robarle su petróleo, el
pueblo palestino ejercería su soberanía en el
territorio que le pertenece y Cuba no estaría todavía
bloqueada. No habría tampoco mil millones de
analfabetos ni 900 millones de hambrientos en el mundo.
Esto
explica el fracaso de la Cumbre de la pasada semana,
que se convocó para evaluar el cumplimiento de los
modestos compromisos asumidos en las Metas de
Desarrollo del Milenio y terminó siendo un lastimoso
remedo de lo que debió ser un debate serio y
comprometido con los graves problemas que hoy sufre la
Humanidad. Fue una farsa completa. No interesaba a los
poderosos. Sus intereses egoístas y hegemónicos son
contrarios a la aspiración de un mundo más justo y
mejor para todos.
Las
escandalosas presiones y chantajes sobre los países
miembros, después de que el Embajador de Estados Unidos
blandiera el garrote y tratara de imponer 750
enmiendas, pasarán a la historia como la prueba más
elocuente de que hay que construir un nuevo mundo y
unas nuevas Naciones Unidas, con respeto y
reconocimiento al derecho a la paz, la soberanía y el
desarrollo para todos, sin guerras genocidas, ni
bloqueos, ni injusticias. Las negociaciones finales, de
las que fue excluida la mayor parte de los miembros de
las Naciones Unidas, y el documento final aprobado, en
el que se omiten temas vitales para nuestros pueblos,
son un vívido testimonio de cuanto decimos.
Mientras
llegue el momento en que ese nuevo mundo y esas nuevas
Naciones Unidas sean posibles, "nosotros, los
pueblos", seguiremos luchando y conquistaremos con
nuestra resistencia, otra vez, los derechos que ahora
nos son conculcados.
Los
poderosos sólo hablan de intervenciones y guerras
preventivas, de imponer leoninas condiciones, de las
formas más eficaces de controlar a la ONU, a la vez que
pretenden legitimar conceptos como la llamada
"responsabilidad de proteger", que podrían emplearse un
día para justificar agresiones contra nuestros países.
Digámoslo
con todas sus letras: no existe hoy el derecho a la paz
para los pequeños.
Los cubanos
lo comprendemos bien y contamos con la solidaridad de
los pueblos y con nuestros pechos unidos y nuestros
fusiles, que no han sido empleados jamás sino para
defender causas justas. Nuestros hermanos de África lo
saben bien.
No somos
pesimistas. Somos revolucionarios. No nos rendimos ni
nos conformamos. Y lo decimos hoy, más seguros que
nunca antes: "nosotros, los pueblos",
venceremos.
Muchas
gracias.
(Granma)20 de septiembre de 2005
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