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Entrevista con Giustino Di Celmo
Este 4 de
septiembre se cumplen 10 años del acto terrorista
por Rayma
Elena Hernández
Reimprimado de
Periódico Vanguardia, Santa Clara
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Giustino sigue luchando por su hijo Fabio y
por todas las víctimas del terrorismo. |
¿Qué pregunta puede hacérsele a un anciano al que,
de un bombazo, le borraron el orgullo de decir:
«Mire, este es mi hijo más pequeño»?
Sería falta grave un toque de balón en la nostalgia.
¡Fabio era el gran futbolista de la familia! De los
Di Celmo, que ahora son dos: la hermana mayor,
Tiziana, y el hermano del medio, Livio. Desde el 4
de septiembre de 1997, hace ya casi diez años, no
hay hermano menor en el hogar que fundaron Giustino
Di Celmo y Ora Bassi.
Tampoco al empresario podría hablarle de negocios.
¡En estas cuestiones Fabio era su mejor alumno! Por
eso, le acompañaba en el lobby del hotel Cohíba, el
12 de abril de 1997. Estaban «hablando de negocios
con una persona, cuando me avisaron de que había
explotado una bomba en el baño» —me contó hace dos
años.
Era aquella la primera explosión de una cadena de
muerte. Y, «como buen padre que tiene que abrir
siempre los ojos a su hijo para evitarle peligro»,
le sugirió: «“(…) cualquier cosa o sospecha, llama a
la recepción, avisa”.» Era el primer aviso, el
primer consejo, ¿el… último?
¿Por qué no poder hablar de fútbol, de negocios, de
amigos, de barrios habaneros desandados una y otra
vez desde 1993, cuando en su primera vista a esta
Isla, el joven genovés ingresó al equipo de amigos
de Cuba?
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Aquí murió Fabio
alcanzando por la esquirla del cenicero bajo
el cual se colocó la bomba. |
Pero hubo una segunda explosión; esa vez,
definitiva. El aviso llegado de la recepción del
hotel Copacabana, hizo añicos la paz en la
habitación de Giustino. Los mensajes de muerte —no
como posibilidad, sino como sangrante hecho cierto—
no dejan tiempo para el consejo. Es como si cada
segundo, cada minuto, cada hora, cada día… quedara
reservado solo para el dolor perenne.
¿Qué podría preguntársele a un padre con diez años
de dolor golpeados por diez años de injusticia?
De volvernos a encontrar, ahora me atrevería a menos
interrogantes que en julio del 2005, cuando estuvo
en Santa Clara y en el Memorial Ernesto Guevara,
lugares en los que —aseguró— experimentaría el mismo
sentimiento aun cuando volviera 3 millones de veces.
En la computadora tecleo algunas ideas, con temor de
malograr cada finta hecha para no lastimar aún más
su sufrimiento:
—Usted envío una misiva al Fiscal General de los
Estados Unidos, Alberto Gonzales, para denunciar la
impunidad de que goza en esa nación el terrorista
Luis Posada Carriles, el autor intelectual de los
atentados que costaron la vida a su hijo. ¿Ha
recibido respuesta de las autoridades de ese país?
Es difícil dar el clic que enviará un cuestionario
al correo, cuando se sabe que la Justicia americana
tiene un tradicional acuse de recibo: el silencio.
La callada por respuesta, que silencia aquella
declaración del mercenario salvadoreño Raúl Ernesto
Cruz León, hecha ante el tribunal que lo juzgó en la
Causa 1 de 1999:
«No estoy aquí para justificar nada sino para
responder por mis actos, asumo la responsabilidad de
ellos y la vergüenza con que me tildan de
terrorista; pero esta totalmente alejado de la
verdad las sugerencias de algunos medios de prensa
que tratan de involucrarme a una inexistente banda
de malhechores de mi pais colocandome como un vulgar
delincuente o que fui pagado por el Sr. Posada
Carriles o la llamada Fundacion Nacional Cubano
Americana; si detrás de Chavez Abarca se esconde la
ultraderecha cubana en el exilio, lo desconocia; mas
tarde durante el periodo de instrucción supe por
algunas notas de prensa que llegaron a mi poder, que
el Sr. Posada Carriles, se atribuyó públicamente la
direccion y financiamiento de estos hechos, pero si
es así, no me considero una víctima, pero si un
medio que se manipulo para lograr un objetivo.»
(La transcripción hecha pública respeta la ortografía
original)
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El autor
intelectual del asesinato de Fabio, y de 73
personas en el avión de Barbados, goza de
libertad en Miami. |
Lo que supo este mercenario por las notas de prensa,
también lo conoció el mundo entero a través de los
artículos publicados por el periódico norteamericano
The New York Times los días 12 y 13 de julio de
1998, y que reproducían fragmentos de la entrevista
concedida por Posada Carriles.
«Ese italiano estaba sentado en el lugar equivocado
en el momento equivocado.» «Tengo la conciencia
tranquila» y «duermo como un bebé.»
Dos años más leyendo tanto cinismo, me hacen repetir
la misma interrogante de aquella entrevista:
—¿Cómo un dolor tan hondo no se ha convertido en
odio y deseo de venganza?
La venganza es «una cadena al infinito que lleva a
la destrucción de la dignidad humana», resumo de sus
respuestas de en tonces, y en la propia carta al
Fiscal General, Giustino reafirma que solo quiere
Justicia.
—¿Cuál sería el máximo acto de Justicia al que
podríamos aspirar usted y todos los cubanos?
¿La condena a una bestia que anda tan libre y tan
suelta que no es noticia en Miami, mientras se
escuchan reclamos como este?: «El Comité de Madrid
por la Liberación de los Cinco antiterroristas
cubanos presos en Estados Unidos propuso la
celebración de juicios populares en España al
terrorista Luis Posada Carriles y al gobierno
norteamericano por sus crímenes.» (Prensa Latina, 24
de agosto).
«Justicia es mucho más…» —presiento que me diría.
Puede entenderlo no solo quien haya tenido el
privilegio de hablar con Giustino, sino quien lo vea
aquí, en Cuba; porque «[…] un buen padre nunca
abandona a su hijo», tal como proclamó en la Plaza
de la Revolución José Martí, el Primero de Mayo de
2005.
Porque el mundo necesita conocer «lo que le han
hecho a Cuba a lo largo de casi medio siglo, porque
en el 2010 ya se habrán cumplido 50 años de estar
bloqueada, amenazada y provocada todos los días».
Porque solo la solidaridad va a liberar a los Cinco
luchadores antiterroristas que desde los Estados
Unidos trataban de evitar que un día, en el lobby
del Cohíba, llegara el primer aviso, y otro, el 4 de
septiembre de 1997, la explosión terminara con una
llamada de muerte.
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Por su
solidaridad con Cuba, Giustino recibió las
llaves de la ciudad de Santa Clara, en julio
de 2005. |
«Luchar,
luchar, luchar, luchar» —me confesó que era su
misión—. Cuatro veces repitió la misma palabra, como
se lo había dicho Fidel Castro Ruz aquel Primero de
Mayo.
Entonces,
en un nuevo cuestionario, ya me doy cuenta de que
sobraría esta pregunta:
—¿Sigue siendo luchar la razón de su vida?
Mejor,
entonces, habría que preguntarles a los callados
protectores del asesino: ¿Cuántos años más tardará
la Justicia para un padre al que, de un bombazo, le
sembraron el grandísimo dolor de no tener más a su
hijo más pequeño?
(freethefive.org) 03-09-2007
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