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La
madre de René lo resumió en una palabra: ética. El
fallo de los tres jueces de la Corte de Atlanta que
revoca las condenas de los Cinco y ordena un nuevo
juicio fuera del ambiente hostil y prejuiciado que
deshonró a la Corte de Miami, es ni más ni menos que
una expresión de ética profesional.
La
espera fue larga, larguísima podría decirse. Y no solo
para los Cinco, víctimas de las arbitrariedades y
trampas que derivaron en sus desproporcionadas e
injustas condenas. También para sus seres queridos:
madres, padres, esposas, hijos e hijas que pasan el año
esperando la concesión de visas que deberían ser
automáticas o, como es el caso de Olga y Adriana, son
humilladas con denegaciones insultantes que las privan
del derecho humano elemental de visitar a sus
compañeros.
También
ha sido larga para nosotros, sus compatriotas, que nos
sentimos deudores de su generoso sacrificio y por eso
hoy nos abrazamos y felicitamos, muchos incluso sin
conocernos, con la misma emoción con que lo hicimos
cuando esa propia Corte actuó con similar sentido de lo
justo a favor del reencuentro de Elián y su padre.
Como se
abrazaron a través de correos conmovedores miles de
personas de todas las latitudes que apenas saben unas
de las otras que son compañeros de lucha por la
libertad de Cinco antiterroristas cubanos. De alguna
manera, mientras más se ha alargado la espera, más ha
crecido la solidaridad con ellos. Y mucho, muchísimo
más crecerá cuanto más demore el otorgamiento de la
libertad merecida.
La
espera ha sido larga, es cierto, pero 93 páginas de
consideraciones no se arman en horas. Atlanta no podía
repetir el error del jurado de Miami, que los declaró
culpables hasta de cargos que la Fiscalía había pedido
cambiar, jurado que no tuvo siquiera valor para
permitirse la duda razonable de una sola pregunta, al
terminar uno de los procesos más complejos y largos de
la historia judicial norteamericana.
La sola
mención de un nuevo juicio hace pensar en nuevas
esperas que nos resultarán igualmente largas,
infinitas, después de estos siete años de
encarcelamiento y de los 17 meses que ha demorado el
fallo de la apelación. Pero ahora hay una ventaja: ya
no es posible silenciar el caso para el resto de
Estados Unidos o del mundo, ni condenarlo al monopolio
de la manipulación de la prensa miamense.
Y
difícilmente podrá evitarse, como tan arbitrariamente
prohibió antes la jueza Lenard, que los defensores
aborden la razón principal de sus defendidos: el estado
de necesidad que los llevó hasta aquella ciudad de los
Estados Unidos, justamente porque allí habita —y no en
otra— la más antigua e impune fuente de financiamiento
del terrorismo en este hemisferio: la Fundación
Nacional Cubano Americana. La misma que ha envenenado
el ambiente de la Florida y pagó tantos crímenes sin
castigo de terroristas como Orlando Bosch y Luis Posada
Carriles.
¿Quién
podrá esconder ahora la verdad de que eran esos
terroristas y sus financiadores los objetivos de
observación de los héroes injustamente presos? ¿Quién
va a evitar que con un nuevo debate en Cortes salga a
la luz la tan ocultada como escandalosa protección de
que han gozado los grupos extremistas de Miami? ¿Quién
podrá impedir que, al abordarse a profundidad el caso,
se recuente la historia de terrorismo que no han
querido ver, leer, ni escuchar y que implica
directamente, entre muchos, al señor terrorista que
ahora goza de un status especial como detenido de
Inmigración en El Paso? Ese nuevo juicio podrá ser
formalmente a los Cinco, pero de allí deben emerger
verdades que podrían convertirse en el proceso jamás
hecho al terrorismo más público y permitido de este
hemisferio.
Ha sido
larga la espera, pero la ética y esperanzadora decisión
de Atlanta tiene bien tomado el tiempo. Haber apelado a
esa instancia y esperar con serenidad su fallo, es
también una prueba del respeto que los Cinco y sus
defensores sienten por las instituciones jurídicas y
las personas honradas de Norteamérica.
Libre de
las presiones y los chantajes de un medio contaminado
por el odio furibundo de una minoría extremista, el
proceso puede transitar ahora con mejor suerte, si
quienes tienen la obligación de hacerlas cumplir,
sienten igual respeto por las leyes, que quienes
esperan en sus celdas que la justicia llegue.
Y no hay
dudas de que la espera seguirá siendo larga, al menos
mientras sobrevivan los obstáculos para que la verdad
se explique abiertamente. No es fácil derribar una
muralla de prejuicios y blasfemias que lleva 45 años
levantándose. Mientras sus piedras terminan por caer,
muchos podemos decir como Adriana o Rosa Aurora, que el
9 de agosto ha sido el primer día feliz en los largos
años que dura esta espera. Y para hacerlo posible ha
bastado una decisión tan esperanzadora como ética.
(Granma
10 de agosto de 2005)
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