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El desnudo en el salón
 

EL DESNUDO EN EL SALÓN ¹


Texto inglés


Escrito por José Marti

     El desnudo es la piedra de toque de los pintores. Cuando se puede colorear sin monotonía y sin dureza un trozo de carne humana, y hacerla surgir riente y perfumada de la tela plana, tierra como la Cloe de Leferbvre, voluptuosa como la Bañista de Perrault; mórbidas, redondas, brillantes como las mujeres de Gérome, se puede uno considerar pintor. La carne no tiene más que un tono: hay que extenderlo, plegarlo, diversificarlo, diluirlo en sus propios matices, no cansar la vista con las viejas y rojas carnes flamencas, ni con caras blanqueadas con lechada matizadas de color fresa que tanto encantaban a los pintores ingleses del siglo pasado, Es preciso que esas mujeres desnudas puedan tentar como la de Camilo de Beaumont provoca a San Antonio; es preciso que quemen y maten de una mirada como la Maja de Goya, uno de los cuadros más maravillosos que haya-cualquiera que sea la época que se busque salido de las manos humanas.

     No ha habido ninguna obra de Gérome en el último salón,--ni de Beaumont,--ni de Perrault,--ni de Voillemot, ni de A. Lefèvre, el autor de esa "Hija del Océano", que hace algunos años, cual una nueva estatua de Galatea, excitó los deseos de muchos Pigmaliones; pero sí, las hay de Lefebvre, y de Henner y de Gustavo Moreau,--y de algunos otros, cuyos cuadros acabados o agraciados, no desdicen de sus autores. El modelo, ese rayo de sol de los estudios, esa golondrina encantadora que, en París como en cualquier otra parte, muere por la vida o por el honor a la llegada del terrible invierno de la miseria, ha dado a los pintores de este año, telas muy celebradas.

     M. Eduardo Dantan ha tenido el acierto de colocar en el rincón de un estudio a una linda mujercita, completamente desnuda, con dos diminutas zapatillas rosadas junto a ella, y dos vasos, vacíos desde luego, sobre una mesa, cual dos testigos acusadores. Es el joven escultor a quien se ve aferrado a su estatua, recuperando de prisa el tiempo perdido en libar el último vasito; él es quien ha comprado esos dos zapaicos rosados de esa graciosa golondrina que no parece por cierto dispuesta a Ilorar por la pérdida de sus alas.

     M.Bartlett, un inglés medio parisino--¿quién no lo es algo hoy en día?-ha hecho también-con el asunto del "Descanso de la modelo"-un bonito cuadro. Pero se ha excedido, pues nos parece que hay demasiadas figuras en su cuadro;--aunque todo ese movimiento es en extremo alegre. ¡ No son pintores que compran zapatos esos estudiantes de pintura! Cada cual está allí trabajando; uno hace un fondo, otro prepara su paleta; hay quien charla, quien camina, quien enciende su pipa, y hasta quien lee el periódico. Y la pobre modelo desnuda se calienta junto a la estufa, con el busto envuelto en su linda y larga cabellera,--sin hablar, sola en su aparte. En ese rasgo se reconoce al pintor inglés.

     ¡Otro modelo más! Un pintor estimado, M.Bompland, ha hecho algo serio: ha colocado a una bella mujer, escrupulosamente copiada, ligeramente coloreada, iluminada con verdadera ciencia,--grave, sola, abandonada en medio de un fantástico estudio ileno de esas deliciosas pequeñeces, raras y curiosas, que los artistas amontonan en sus talleres. Hay lo moderno en ese apartamento amueblado de pintor mundano, y hay toque antiquo en esa mujer perfectament captada del naturel, como las de Heilbuth, el original acuarelista.

     Nos quedan los cuadros mayores: la Galatea, resplandeciente obra de Moreau; y un medio cuerpo modesto fino y delicioso pintado por Julio Lefebvre; la joven mujer de Hnenner, casta, iluminada por un claro de luna y muy agraciada. Es de Henner, ese pintor tan admirado de Julieta Lambert,--una admirable mujer-quien pinta con respetuosa mano, con una devoción recatada y pura, a una mujer desnuda, o medio desnuda, que-siendo siempre la misma-encanta siempre por igual cuando vuelve, cada año, representando una nueva idea. La belleza de la mujer es para Henner un sagrado ideal; no la mancha con el soplo del deseo, y no la lanzaría al dulce abismo, ni siquiera por el placer de caer en él con ella. La salvaría para copiarla. Por eso sus mujeres tendrán en el futuro, lo cual confirma la fama de aquello que no debe perecer,-- el encanto, inalcanzable para nuestros pintores irreverentes, de las Vírgences de los pintores creyentes del Renacimiento.

     Hay que creer en lo que se pinta. Este año, la mujer de Henner personifica a La Fuente. Inclinada sobre el manantial, ella ve desaparecer su blanca forma. Es también una reminiscencia de Biblis, ese mito que inspiró su bella estatua al escultor Suchetez.

     Pero Henner exhibió también en el Salón una cabeza de mujer que valía tanto como su otro gran cuadro,--una muchacha dormida, de piel voluptuosamente húmeda, de mejillas encarnadas, vivas, que incitaban a rogarle que se despertase. Diríase que era la Danae del Ticiano.

     Ese retrato de mujer, de medio cuerpo, es una página deliciosa en la obra de Julio Lefebvre. Es la mujer cisne que él pinta siempre, y cuyo más brillante ejemplar, que se ha hecho célebre, pertenece a Alejandro Dumas; es esa criatura primaverla, dócil e inocente, temblorosa en su desnudez infantil ante el primer beso ardiente de la vida. Está recostada sobre una piel de león, rodeada de perfumes, con el abanico en la mano, las caderas salientes, la nuca desnuda, y se llama Fátima.

     En medio de los bosques, extraviada, atemorizada,-- es la Cigarra, la menos espontánea de sus obras. Y si se levanta, pura y severa, haciendo perdonar la dureza del lado derecho del cuerpo por la redondez y los sabios matices del lado izquierdo; iluminando al mundo con una antorcha y el fulgor de dos grandes ojos romanos, de la Roma de Lucrecia, esa mujer cisne se llama la Vardad. Y tiene siempreel hechizo indefinible, la carne maciza, la piel rosada de la doncella a los dieciséis años. Las mujeres de Lefebvre parecen siempre dispuestas a tomar vuelo como las aves, en el espacio azul, su natural vivienda.

     Hay otra mujer, toda idea a pesar de su hermoso cuerpo, todo símbolo a pesar de su forma humana---la Galatea de Gustavo Moreau. De nada sirve negar a dicho pintor esa fama que con gusto se concede a los vulgares lacayos de las costumbres ligeras y de los caprichos mezquinos y enfermizos de hoy en día. Los ojos, dotados de ese marvilloso poder de verlo bello, no pueden hallar esa belleza tranquila e inmóvil que ansían, en reproducciones sin grandeza y sin alcance, tipos movibles y accidentales que van y vienen cual imágenes; y despreocupándose, a pesar del dinero que han de perder, de las minucias fáciles y de las monstruosidades cómodas de la pintura hoy de moda,--se van con las alas abiertas, por el viejo mundo, buscando héroes de quienes la distancia no deje ver el lado vulgar; y donde las alas se desplegaban por esos cielos impenetrables, espirituales, bajo formas de símbolos eternos, de bellezas ideales. Es una señal de superioridad artística-ese desdén por las cosas de hoy que caracteriza al talento (²)
e independiente de Gustave Moreau. El verdadero genio generaliza siempre. Si él compadece a esos héroes de alma que perecea incomprendidos; esas virutdes fecundad cuya inquietdu febril atormoenta y hace morir a tantos nobles corazones, sin que una piadosa mano vaya a echar una paletada de tierra sobre el pobre muerto,--Moreau pinta de manera ardiente, en la que el exceso de imaginación no perjudica al arte. La doncella de Tracia, la verdad bella, encontrando la cabeza y la lira de Orfeo,--el gran corazón ahogado. Si su amigo Chassériau muere joven y fuerte aún, él pinta, con un colorido triste, al joven y a la muerte. Si la sed de belleza seca sus ardientes labios y el amor del ideal lo estremece, pinta a Galatea,-- la belleza serena, coqueta, perezosa, la doncella resplandeciente. El se entrega gustoso a esos placeres deliciosos de la imaginación creadora; decora con detalles múltiple, rodea de concepciones atrevidas y numerosas al simbolo escogido, pero tiene conciencia de la imaginación,--y en esas carreras a lomo de Pegaso nunca pierde el estribo. Conserva esa logica difficil que siempre debe existir en todas las abstracciones brillantes de la fantasía. Es por eso que tras de un inicio famoso, dando pruebas de ese talento de la modestia, que es el mejor de todos los talentos, como él sentía que su genio lo arrastaba hacia donde su mano de principiante no podría seguirle todavía, fue a ocultarse a la sombra del cementerio de Pisa, repleto aún de esas figuras de Giotto, de pies como raíces de árboles seculares; estudió las líneas curvas y fogosas de Aníbal Carracci, aprendió a dibujar, copiando sin descanso las obras decisivas y solemnes de Vinci. Se fue poeta y volvió pintor. Esa Galatea que acaba de hacer, aunque tiene la más suave forma femenina, no es una mujer. Ella surge rodeada de cprichosas vegetaciones que semejan los desvaríos del fecundo pensamiento poético. Se acusa a Moreau de ser un pintor algo escenográfico en sus decorados y de alcanzar lo brillante por lo falso; es un poco cierto que ama apasionadamente el resplandor de una luz muy suya, clara y argentína sobre las piedras preciosas con que hace el cinturón de Elena, sobre la espuma blanca de sus olas revueltas; sobre los puntos rojos de sus islas de coral, de sus nidos de perlas.

     Es así como el fuego del alma matiza de oro nuestros alados pensamientos, como la llama azul dora, haciéndola hervir, la amarillenta espuma del generoso café. Este pintor pasará a la posteridad,--al igual que Henner, el pintor de la belleza pura; como Laurent, el pintor de la monarquía imbécil; como Fromentin, el artista del carácter, como Doré, ese hombre a quien temen demasiado porque él no tem a nada. Ellos han sido siempre fieles enamorados de Galatea.



Escrito por José Marti      Escrito por José Marti

(¹) Este es el borrador de un trabajo que, con el título de "The Nude in the Salon", Martí publicó en la revista The Hour, de Nueva York.
(²) Palabra ininteligible.

 

 
 

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