|
Eusebio Leal Spengler
Venerada por todo cubano que se precie de serlo, la figura
de José Martí es recordada hoy —28 de enero— en el
aniversario 155 de su natalicio.
A lo
largo del siglo, los historiadores y maestros de esta isla
han cultivado con intensidad eso que, sin vergüenza ni
sonrojo, podemos llamar «el culto a Martí». No mediaba en
ello el deseo egoísta de llamar la atención hacia lo nuestro
como algo diferente, único, pero lo cierto es que nuestro
Apóstol tenía cualidades excepcionales dentro del grupo de
hombres de pensamiento en el continente americano.
Si
intentáramos un breve recuento de esa pléyade de
libertadores, repararíamos inmediatamente en José de San
Martín (1778-1850). El prócer argentino termina su carrera
política en lo que se ha llamado «el abrazo de Guayaquil».
Justo allá, en la mitad del mundo, se percata de que Simón
Bolívar (1783-1830) había llegado primero, no solo con su
accionar militar y político, sino también con las ideas.
Como escribe Martí en Tres Héroes: «Pero en el Perú
estaba Bolívar, y San Martín le cede la gloria».
Junto a
las semblanzas de Bolívar y San Martín, ese precioso texto,
publicado en el primer número de La Edad de Oro,
incluye el panegírico del sacerdote mexicano Miguel Hidalgo
(1753-1811), sobre quien el Maestro escribe: «Él les
avisaba a los jefes españoles que si los vencía en la
batalla que iba a darles los recibiría en su casa como
amigos. ¡Eso es ser grande! Se atrevió a ser magnánimo, sin
miedo a que lo abandonase la soldadesca, que quería que
fuese cruel».
¡Cuba,
qué sería de ti si hubieras dejado morir a tu Apóstol!
Fidel Castro. La Historia me absolverá
Fueron
apenas cuatro números de dicha revista que, transformada en
un libro clásico, nos sobrecoge en su afán de transmitir al
lector infantil la necesidad de cultivar los valores humanos:
«El niño, desde que puede pensar, debe pensar en todo lo que
ve, debe padecer por todos los que no pueden vivir con
honradez, debe trabajar porque puedan ser honrados todos los
hombres, y debe ser un hombre honrado».
Las
semblanzas martianas de los grandes hombres recuerdan
aquellas magistralmente relatadas por el griego Plutarco en
Vidas paralelas. Así, cuando Martí describe a fray
Bartolomé de las Casas (1484-1566), se lo imagina
transfigurado y lívido para exaltarlo como símbolo de la
clemencia y la compasión: «No se puede ver un lirio sin
pensar en el Padre Las Casas, porque con la bondad se le fue
poniendo de lirio el color, y dicen que era hermoso verlo
escribir, con su túnica blanca, sentado en su sillón de
tachuelas, peleando con la pluma de ave porque no escribía
de prisa. Y otras veces se levantaba del sillón, como si le
quemase: se apretaba las sienes con las dos manos, andaba a
pasos grandes por la celda, y parecía como si tuviera un
gran dolor. Era que estaba escribiendo, en su libro famoso
de la Destrucción de las indias, los horrores que vio
en las Américas cuando vino de España la gente a la
conquista. Se le encendían los ojos, y se volvía a sentar,
de codos en la mesa, con la cara llena de lágrimas. Así pasó
la vida, defendiendo a los indios».
Un
indio sabio era Benito Juárez (1806-1872), continuador de
los ideales del Padre Hidalgo. Siendo presidente de México,
debió peregrinar a bordo de una caravana para evitar caer en
manos de las huestes francesas. De sus múltiples frases
célebres, recordamos el último de los postulados del
Manifiesto a la Nación, del 15 de julio de 1867, con
motivo del triunfo de la República sobre el invasor
extranjero: «Que el pueblo y el gobierno respeten los
derechos de todos. Entre los individuos, como entre las
naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz».
Cada
uno de los próceres reconocidos tiene su título propio: El
Libertador (Bolívar), el Benemérito de las Américas (Juárez),
el Protector de los Pueblos Libres... Con este último
sobrenombre pasó a la historia el uruguayo José Gervasio
Artigas (1764-1850). La marcha que realizara en 1812 desde
el sur hasta el norte, conocida como el «Éxodo del pueblo
oriental», es solo comparable a la del pueblo hebreo guiado
por Moisés.
De esta
forma, llegamos hasta el propio José Martí... Cuando hablo
sobre él, me refiero al hombre, porque siempre le veré así.
Gran error sería empezar a reunir oro y a tallar cornucopias
para, una vez más, con una aureola de santo colocarle en el
altar. Sus virtudes serían entonces inimitables.
«Era
grande y vario su talento», escribió Enrique Collazo, quien
durante un tiempo no le quiso mucho. Y es que Martí
asombraba. Durante la primera juventud había alcanzado un
dominio sorprendente de la realidad mundial: viajaba por los
clásicos del pensamiento desde Grecia y Roma hasta hurgar en
los pueblos más antiguos, cultos y ancestrales de los países
del Oriente. Tenía el don de expresarse en la lengua materna
y en otras. Es decir, habló y se preparó para interpretar
los idiomas determinantes en el mundo de su tiempo.
El
conocimiento del alemán le permitió sostener un diálogo con
el capitán del «Nordland» y tocar el corazón de aquel duro
marino germano... Lo revela la página escrita ante las
costas orientales de Cuba en el diario De Cabo Haitiano a
Dos Ríos, correspondiente a la noche del 11 de abril de
1895: «Salimos a las 11. Pasamos rozando a Maisí, y vemos la
farola. Yo en el puente. A las 7 y media, oscuridad.
Movimiento a bordo. Capitán conmovido. Bajan el bote...»
Al
dominar varios idiomas, también pudo hablar con el francés
que él y los cubanos de su tiempo consideraron el genio
supremo de los derechos civiles: Víctor Hugo. Le impresiona
sobremanera el poderoso cronista de los acontecimientos
acaecidos en la Francia posterior a la gran revolución de
1789 y su eco en 1848.
Martí
resumiría, en sí, el espíritu y la obra de aquellos cubanos
como el presbítero José Agustín Caballero, José Antonio
Saco, Domingo del Monte... y el Padre Varela, cuyos restos
reposan en el cenotafio de mármol en el Aula Magna de la
Universidad de La Habana, fundada hace exactamente 280 años.
Cuba ha
sido pródiga en mujeres y hombres de talento, dotados del
don de la elocuencia. Un país donde la palabra viva ha
tenido un significado preponderante, esencial e
insustituible. Podemos editar centenares de libros y
periódicos, pero es necesaria la palabra para llegar al
corazón del pueblo cubano. Pero además de ser orador y un
lector insaciable, Martí era un artista, que, además, sabía
reconocer el talento de los otros.
Quiso
colocar en su sitio a Gertrudis Gómez de Avellaneda, a quien
la vorágine del nacimiento de la nación había sorprendido
lejos de Cuba. Reconoció los méritos del soneto lírico Al
partir, escrito por esa poeta camagüeyana en el instante
doloroso de su partida, y que niños y niñas debieran recitar
en las escuelas.
Y ante
la incomprensión de muchos de sus contemporáneos por la
figura de José María Heredia, nos dice que supo sembrar en
nuestra alma la pasión patria y el amor infinito a la
solitaria y peregrina estrella de Cuba. De vida breve, murió
el «Cantor del Niágara» en México, donde no solo se le
recuerda como hombre de letras e insigne poeta, sino también
como legislador del Estado, juez de la Corte, fundador del
Colegio Superior Universitario.
No nos
asombra que Martí, quien también apenas vivió unos pocos
años en su Patria, incomprendido y desolado refiriera —aludiéndose
así mismo— que los padres de Heredia habían alentado la
vocación del joven por la poesía, mientras que a otros los
colmaron de regaños.
¡Cuántas
veces le habrán halado la oreja en el patio de la casa!
Cuánto le habrán dolido a Martí en el corazón aquellas
tantas veces repetidas palabras en las cartas de su madre
admirable: «mientras tú no puedas alejarte de todo lo que
sea política y periodismo, no tendrás un día de tranquilidad
(...)» o «yo creo, hijo, que mientras tú no sueltes los
papeles de los periódicos, tu suerte no variará (...)».
Pero
tales cosas debió soportarlas desde el amor que siempre
profesó a sus buenos y generosos progenitores, quienes le
amaban infinitamente.
Fechada
en Montecristi, el 25 de marzo de 1895, a doña Leonor estuvo
dirigida esta misiva, la mayor que ha inspirado el amor
filial:
«Madre mía:
»Hoy, 25 de marzo, en vísperas de un largo viaje, estoy
pensando en Ud. Yo sin cesar pienso en Ud., Ud. se duele, en
la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida; y ¿por qué
nací de Ud. con una vida que ama el sacrificio? Palabras, no
puedo. El deber de un hombre está allí donde es más útil.
Pero conmigo va siempre, en mi creciente y necesaria agonía,
el recuerdo de mi madre (...)»
Él
sabía lo que significaría ese viaje. Son evidentes ciertas
intuiciones que percibimos en sus cartas y documentos, así
como su infinita preocupación sobre lo que iba a encontrar
aquí, luego del comienzo de la lucha, dado que el país
estaba en ebullición. Tenía un tiempo limitado para hacer su
aporte fundamental: si salía bien, se coronaría toda una
vida.
Aborda
Martí el drama fundamental del proceso revolucionario cubano,
y enfrenta con franqueza, grandeza moral y humildad de
espíritu aquella disputa pueril que lo amenaza. No entra a
la historia con un dedo levantado, lo cual es pecado mortal
para los que no han vivido un determinado momento. Pone en
su lugar a Céspedes y a Agramonte, y los abraza para siempre,
pero no vacila en elogiar la Asamblea Constituyente de
Guáimaro y de considerarla el nacimiento de la utopía
democrática del pueblo cubano. Y cuando decimos utopía, nos
referimos a un proyecto grandioso. ¡Pobre del que no la
tenga!
Los
patriotas debieron optar entre una Cuba próspera, rica en
apariencias, o una empobrecida, pero que alcanzase el
privilegio extraordinario de la libertad. Martí creyó que el
pueblo cubano estaba preparado para alcanzarla y sostenerla.
La vida lo ha demostrado.
Hay una
escuela de miserables y pequeños corifeos de la antigua Cuba
que dicen que esta nación, con ilusiones y sueños superiores
a sus posibilidades, es inviable. Ellos han sido privados de
la virilidad de nacimiento y perdieron lo más importante
para vivir en las circunstancias difíciles en que la
naturaleza, el destino o la providencia divina... situaron a
este pueblo en el centro del Mediterráneo americano.
Hay que
entender que Martí no era una mansa paloma, ni andaba
desvanecido por las esquinas, oliendo flores... Era de ideas
fijas, obsesivo en lo que debía buscar, persistente...
Sufría decepciones porque quería conquistar espíritus y todo
el mundo no es conquistable.
Amando
la belleza, renunció a ella... Queriendo los libros hermosos
—y no los más baratos, que se deshojan tras dejar el
conocimiento en el corazón y la memoria—, solamente pudo
tener aquellos cuyas páginas llenó de notas escritas
apresuradas en los márgenes... Amando a las mujeres —como
ellas deben amar a los hombres: con pasión—, y siendo él
mismo un gran amador, debió renunciar dolorosamente y
casarse con la novia etérea y distante... Por eso, el anillo
de hierro, con el nombre de Cuba, es el símbolo de su
extraño y excepcional matrimonio.
Se
equivocan los que tratan de irrumpir en su vida privada.
Para comprender la intensidad de esta tragedia bastaría
hojear el Cuaderno de bodas. Para mí, después de
haberlo leído, la mujer que le arrancó el alma fue aquella
junto a la cual no pudo permanecer definitivamente. A ella
escribió el poema «Carmen»:
El infeliz que la manera ignore
De alzarse bien y caminar con brío,
De una virgen celeste se enamore
Y
arda en su pecho el esplendor del mío.
Beso, trabajo, entre sus brazos sueño
Su hogar alzado por mi mano; envidio
Su fuerza a Dios, y, vivo en él, desdeño
El torpe amor de Tíbulo y de Ovidio.
Es tan bella mi Carmen, es tan bella,
Que si el cielo la atmósfera vacía
Dejase de su luz, dice una estrella
Que en el alma de Carmen la hallaría.
Y
se acerca lo humano a lo divino
Con semejanza tal cuando me besa,
Que en brazos de un espacio me reclino
Que en los confines de otro mundo cesa...
Años
después, la viuda pondría el hijo al cuidado del General en
Jefe, Máximo Gómez. El joven no fue ni un miserable ni un
cobarde, y aquellos que lo han acusado de tal, han ofendido
gravemente a Martí, ultrajando la memoria de Ismaelillo e
introduciéndose en una vida que no les pertenece.
Es
difícil también hablar del padre de Martí, de don Mariano.
Cuántas veces en las barriadas de La Habana Vieja, sus
amigos le habrán dicho: «¿Por qué no estás con nosotros? Tú,
que tienes experiencia militar, que has sido sargento y
artillero, que estuviste en las fortalezas de La Habana, que
te desempeñas como celador¼ ¿Por qué no eres voluntario?
¿Por
qué no te alistas en los batallones de don Julián de Zulueta
o de don Ramón Herrera? Pero don Mariano no perteneció al
cuerpo de voluntarios. Prefirió la pobreza, la humildad de
la existencia precaria.
Martí
piensa en él, rememorando la conversación sostenida en un
sitio solitario del hogar. Por eso, está seguro de que al
padre no le extrañaría verle luchar por su patria. Y lo
quiso con locura y con ternura, tanto como a sus hermanas, a
pesar de quebrantos o incomprensiones.
Libros
como Ese sol del mundo moral de Cintio Vitier,
esencial para el conocimiento de la obra martiana y de la
génesis de la Revolución; Destinatario: José Martí,
las cartas reunidas con paciencia y amor por Luis García
Pascual, nos permiten acercarnos al Martí Hombre, el mismo
que perfiló en su obra homónima Gonzalo de Quesada y
Miranda.
Este
último contribuyó a la exégesis martiana que —desde
diferentes perspectivas— abordaron Emilio Roig de
Leuchsenring, Juan Marinello, Jorge Mañach, Pedro Henríquez
Ureña, Ezequiel Martínez Estrada, Rafael Esténger¼ por citar
algunos nombres, a los que se unirían después Cintio Vitier,
Fina García Marruz, Rafael Cepeda, Hortensia Pichardo y
Roberto Fernández Retamar, entre otros.
El
legado infinito de Martí yace en su copiosa correspondencia,
en su oratoria, en su obra periodística, en su labor como
conspirador revolucionario... Todo ello revela su capacidad
para convencer, para persuadir, para unir..., sobreviviendo
a las flechas envenenadas de los envidiosos y mediocres,
porque hay quienes admiran, pero con rabia.
Él
logró hacer un periódico de un sinnúmero de periódicos; un
partido, de otras tantas facciones y banderas; una voz, de
incontables voces... para convertirse en el líder
indiscutible de la nación cubana. De ahí que un obrero y un
maestro de los pobres le llamasen Apóstol; se lo decían con
la misma humildad y reconocimiento con que —años atrás—
otros habían identificado a El Libertador.
Cuba ha
tenido muchos héroes a lo largo de la historia. Cinco están
presos en Estados Unidos, y su austeridad, así como la
elocuencia y el rigor de sus alegatos, se constituyen en
documento político con que se nutre el acervo de este nuevo
siglo que comienza para los revolucionarios del mundo.
Pero
Cuba tiene un solo Apóstol. Aquí no hay doce, ni cuatro ni
seis; hay uno. Porque él no vivió en francachelas ni en
disipaciones, sino con la sobriedad de los apóstoles. Porque
tenía ese carisma que, según los griegos, era capaz de
encender un fuego inextinguible en los corazones y en la
conciencia de los demás.
Si hubo
un regreso a la guerra en 1895 fue por él, porque logró
pasar por encima de las diferencias, de las pequeñeces, y
—aun— sobre las irreconciliables barreras que se habían
levantado entre los más grandes y entrañables compañeros,
luego de ocurrir la dispersión sin alcanzar la victoria.
Al
llegar a Cuba encontró la amarga realidad que aparece
retratada en el Diario durante la conversación nocturna
sostenida en el campamento, pues, en el ejército que debían
fundar, no se habían enraizado ni acatado del todo las
necesarias jerarquías. Aquella noche se percató, con
amargura, de dicha situación, y trató de apaciguar y de
poner las cosas en su lugar.
A su
muerte, a la que asistió como a nupcias indispensables,
acude con el dolor y el sentimiento de que los compañeros
pudiesen considerar que ese no era su lugar. El destino lo
colocó en el camino: ante un barranco, el cañón del río...
Cuando contemplamos la llanura en que se consumió su
calvario, parados en la orilla y ante el tropel de las aguas
crecidas de mayo, imaginamos el vado...
Mi
verso crecerá: bajo la yerba, / yo también creceré (...),
dijo una vez. Y creció el verso porque la poesía no era
solamente la rima mecánica, sino el soplo vital que la anima
y la inspiración que la promueve.
Es por
eso que, al pensar en las cuartillas y cuadernos dejados por
él en manos de Gonzalo de Quesada y Aróstegui, pidiéndole
que depurase lo que pudiese ser hojarasca de aquello que
tenía mérito real, me esté yo refiriendo a su poesía que
alienta y sostiene, que levanta y da coraje, que hace mirar
al futuro, que nos obliga a dejar a un lado todo lo que nos
aparta... y nos coloca allí donde el deber nos llama.
Cuando
un agnóstico me pregunta: « ¿Es que Martí habló o profetizó
de todo?» Le digo que desconocen la integridad e inmensidad
de su obra moral. Y cuando hacemos de lo histórico una
reducción mecánica, omitimos el logro principal, el mayor,
el más relevante de la Revolución cubana: su obra moral.
Como ha
afirmado Cintio Vitier, Martí no ha dejado ni un solo cabo
suelto en la historia de Cuba. Trató de dar solución a
grandes enigmas y complejidades de su tiempo y del futuro.
Su pensamiento nos ha llevado a perseguir como ideal la
unidad continental, proyecto que se mantiene latente en
nuestros días.
El
pensamiento martiano es el sustento de la profecía y del
triunfo de la Revolución cubana. Si nosotros estamos hoy
aquí es porque Fidel, con su generosidad y sentido
abarcador, se dio cuenta de que el Apóstol encarnaba el
sentido intelectual y el valor ético de la cultura y nación
cubanas.
Esa es
la fuerza salvadora, de ahí que en el alma de los cubanos
encuentre cobijo ese culto legítimo a un hombre que no solo
fue de su tiempo, sino de todos los tiempos; no solo de
Cuba, sino del mundo entero: José Martí.
Granma
28-01-2008 |